“Hay que ser siempre absolutamente moderno”
Rimbaud
Jorge Luis Gómez Rodríguez
( Coordinador de Filosofía
Universidad San Francisco de Quito.)
Junto al anhelo emancipatorio de la Modernidad tardía, la sed de identidad viene a sumarse a un discurso contradictorio el que no deja por ello de constituir un rico horizonte para la explotación artística y creativa en un amplio sentido.
El vacío normativo y valórico que ataca como epidemia a la institucionalidad moderna, ofrece un contexto en litigio, una pugna fundamental, en donde no solo los discursos tradicionales ya no tienen lugar, sino donde se abre un clima de incertidumbre que impulsa la creatividad y la crítica.
Observar este semillero de emancipación y sed de identidad, como lo hace Alain Touraine, nos permitiría prestar atención a aquello que pocas veces parece observarse como verdadero motor no solo de las revoluciones científicas y sociales, sino también como eje de las revoluciones artísticas. En cierta medida, la incertidumbre y contradicción en una época de la historia, al parecer, constituye el motor de la construcción de nuevos significados. Sin embargo, no siempre la decadencia conceptual e institucional de la Modernidad, garantiza, si pudiéramos decir así, la voluntad de crear lo nuevo.
Según la opinión de Alain Touraine, la llamada contradicción interna del discurso de la Modernidad puede observarse en las vías y los impulsos que comprometen los propósitos sociales y artísticos de nuestro tiempo. Junto a la exigencia de un distanciamiento de la tradición y de todo aquello que se identifique con ella, no se deja esperar una sed de ser distintos en abierto combate al mundo en que vivimos. Pero, como ya dijimos, junto a la sed de emancipación, como si fuera poco, se manifiesta una pasión por la identidad que vive y se alimenta de los vacíos y crisis que la propia modernidad no acepta de sí misma, como esa voluntad de hartazgo y acedía que caracterizó a los monjes medievales disidentes. Sin embargo, esta misma pasión por la identidad no siempre es capaz de distanciarse de las estructuras y modelos vigentes, de las propuestas de identidad caídas en el descrédito y la secularización de la razón moderna.
Frente a esta atormentadora visión de la modernidad y sus contradicciones, el rol de los movimientos sociales y el arte parecen estar condenados a deambular como ciegos ante el inevitable cerco. No obstante esta aporía que la crítica filosófica de la modernidad a sabido poner con relativo éxito en el escenario de los cuestionamientos, son pocos los intentos de concebir el drama de la modernidad tardía ( de la que somos espectadores y actores al mismo tiempo) como vías de teatralización de sí misma .
Al menos Peter Sloterdijk en su libro sobre Nietzsche, que lleva el sugestivo título de “El pensador en el escenario”, intenta comprender el problema de lo contemporáneo desde una puesta en escena de lo que él llama “la estructura dramática” de nuestro tiempo. En su libro, Sloterdijk nos hace ver que la posibilidad de asumir la contradicción de la Modernidad no podría estar lejos de un evento entre teatral y representativo , entre judicial y forense del sujeto que se interroga a sí mismo y es capaz de observarse como en un espejo, mediante un “dramático auto esclarecimiento de la existencia”.
Indudablemente que en la propuesta de Sloterdijk hay un duro revés al romanticismo y la ilustración por su incapacidad de auto referencia o mejor, de “auto esclarecimiento”.Tener la valentía de “desnudarse a sí mismo” en la escena del pensamiento y del arte no solo es una tarea perentoria, sino, más aún, es una necesidad interna de un proceso cultural y social que exige, al menos como Modernidad, una síntesis entre voluntad de emancipación y construcción de identidad. Ciertamente que la neurosis resultante de este largo período transicional ( el que bien podríamos llamar “modernidad neurótica”) empuja al arte y a los movimientos sociales a crear de un modo inusual una capacidad de auto afirmación que por un lado, transforme el concepto tradicional y las antiguas y legendarias formas de pensar , como postule, por otro, una identidad asentada en el anverso de la razón instrumental.
La escenificación de sí en los límites de la representación tradicional no deja de ser un proyecto propio de la Modernidad, tanto en la filosofía como en el arte. Los héroes modernos, como el Quijote , Hamlet o Zaratustra, asentados en el modelo de una razón distinta, corresponden como fenómeno transicional a un proyecto emancipatorio e identitario al mismo tiempo, el que conlleva en sí mismo el estigma de lo otro , del otro, como tragedia y desgracia, del otro como enano y superhombre, burgués y proletariado, etc . La voluntad de emancipación se viste de loco o superhombre, se disfraza de aquello que es un postulado de trascendencia, que acrecienta la imagen caduca de una sociedad cansada de sí misma como de sus valores. La ironía y el cinismo, el sarcasmo son instrumentos que la voluntad de identidad, como la fuerza emancipatoria producen en su intento de hacer manifiesta la otra orilla y lo imposible.
Como decíamos, lo medular de la puesta en escena de la Modernidad es esa voluntad de transgresión de lo vigente, mediante eso que Sloterdijk llama el “dramático auto esclarecimiento de la existencia”.Sabias y proféticas parecen ser, a esta luz, las palabras de Schakespeare en su Hamlet, cuando nos propone nada menos que el verdadero manifiesto del arte moderno. El destino del arte moderno no puede ser otro que “la representación de una representación” o la teatralización de la vida moderna como denuncia de sus contenidos, auto referencia de la existencia moderna como espejo de sus contradicciones fundamentales, contradicción de los individuos y de la identidad individual como substratum de la realidad o como garantía de la verdad. Sin duda que todo lo que ocurre en el escenario artístico y dramático de la Modernidad es la introducción del conflicto interior que sufre el sujeto que se busca a sí mismo, pues , al parecer, mientras más se busca a sí mismo, más tiene que luchar contra todas aquellas fuerzas que al interior como al exterior de sí mismo y en la cultura de su tiempo, lo impulsan y amenazan con perder su verdadero camino. Pérdida y reencuentro, emancipación e identidad, huida y retorno parecen enmarcar la tragedia de este héroe transicional como un espejo en el que tarde o temprano se reflejan las luchas sociales y existenciales de autores y de lectores, de actores y espectadores, de escenario y de observador del mismo.
Pero en las palabras de Touraine, éste afirma que junto a la sed de emancipación y distanciamiento de lo tradicional y vigente de la Modernidad, la pulsión del yo como búsqueda no puede evitar al desencuentro , a la pérdida y al fracaso. En cierta medida, la voluntad de emancipación al no tener un norte que la guíe, corre el riego de perderse en la construcción de la identidad. Pero en este dramático itinerario de nuestro tiempo, el héroe no solo alcanza a ser conciente de los impedimentos que dificultan la tarea que se propone. Al mismo tiempo que adquiere cierto grado de maestría con respecto a su capacidad de sobrellevar la búsqueda, se educa inconcientemente en una astucia e inteligencia del error. En este caso, el fenómeno del arte en tanto representa, según Nietzsche, la actividad despierta de la energía mentirosa, creadora, fingidora y mítica, ofrece una posibilidad atrayente a la auto objetivación de una vida que permanece bajo la tragedia de la búsqueda . En este sentido, las palabras de Sloterdijk son elocuentes:
…”aunque para los individuos con profundas heridas y de gran vehemencia no haya posibilidades de aceptarse en una definida figura del ensimismamiento y de tranquilizarse con una máscara determinada, ellos serán, al menos, siempre libres de hacer el esfuerzo de una experiencia estética consigo mismos y decirse: en la medida que pueda expresarme como artista, puedo hacerla pasar por mi verdad----- por mucho que ella también pueda pronto ser olvidada y superada; ya no necesito dudar de aquello que ,al menos, ha surgido del tempestuoso curso tomado por mi auto producción; incluso si fuera verdad que yo, como toda vida individualizada, no soy más que la caída de lo insoportable a lo insoportable------ aquí, en este momento de la caída, yo me soporto a mí mismo lo mejor que puedo, estoy cerca de mí y no tengo que seguir socavando con dudas mi ser real como máscara despierta: FINGO ERGO SUM “.
Como podemos apreciar en esta larga cita que tomamos del texto de Sloterdijk, la propensión a solventar la mascarada de sí mismo al interior de la búsqueda de una identidad definitiva no es ajena a la teatralización del sujeto moderno .El héroe moderno conoce de la mascarada en tanto conoce de la insolvencia de la búsqueda, en el contexto de una razón que, en abierta polémica con las aparentes conquistas instrumentales y tecnológicas de la Modernidad, llega a comprenderse como incapaz de eliminar el error, como lucha y seducción de las apariencias, como aproximación y lujuria de una alteridad tanto más necesaria cuanto más acentuada sea la capacidad de aquello que se resiste al nacimiento del verdadero y definitivo yo. Es claro, por lo que venimos diciendo, que la puesta en escena de la Modernidad nos impulsa a la creación y recreación de nosotros mismos para, en el aparente encuentro definitivo, capacitarnos a una representación siempre distinta como atormentadora .
En este sentido, se trata de poner en el tapete la voluntad de autoafirmación de la razón triunfante a través del arte como intento de solventar la contradicción de la modernidad, pero no como justificación de la razón, sino como justificación del error y el fingimiento.
lunes, 19 de marzo de 2007
MUERTE DEL ENTUSIASMO
Siempre me ha llamado la atención esa particular actitud humana por tomar las cosas que conforman la realidad del momento presente como inmutables o indignas de preocupación; esto quiere decir que la gran mayoría de nosotros aceptamos a las instituciones, actitudes o costumbres, así como a la moral y la cultura sin habernos detenido a pensar un momento sobre sus porqués y sus cuándos, si son en realidad útiles u obsoletas, si la “verdad” no es tan sólo un invento del lenguaje que nos enfrasca dentro de un juego de roles al que no hemos sido invitados a participar pero forzosamente debemos jugar.
Uno, de los tantos, de estos temas en apariencia sencillos y que no necesitan ser muy pensados es el arte. Hace poco no pude evitar preguntarme porque esa caterva de locos (de la cual orgullosamente formo parte) dedican sus vidas, sus esfuerzos y pasiones, en suma: su Voluntad, a una actividad que ante la mirada inquisidora del “mundo real” no aporta en nada al desarrollo y progreso de la colectividad. Somos todos en cierta manera algo así como cartas sin destinatario, como jugar a perder, a perdernos.
Genealogía de “lo artístico”:
Pero ¿de dónde nació esto?, ¿es acaso todo una crisis evidente o tan sólo un discurso sin sentido, de un alma que tiene dificultad para calzar en el molde?, ¿es lo que todos creen ser real y concreto en verdad así?
Partamos de un punto; para esto es necesario hallar un principio, diríase establecer una “genealogía de lo artístico.
El arte al que somos lanzados ahora es, como todo, una construcción mental de grandes proporciones, que como todo sistema ha necesitado evolucionar en pos de una adaptación al marco de las circunstancias.
Para hallar este principio debemos remitirnos obligatoriamente a los griegos: nuestros padres como “civilización”.
Pido a los presentes en este punto usar su imaginación y ubicarse, digamos unos 400 años antes de Cristo, en Grecia: estamos todos vestidos con túnicas y calzado rudimentario, en medio de un tumulto cargado anécdotas que después serán consideradas historia, de personajes y olor a mar. De pronto todos nos exaltamos, tenemos delante a un loco al cual por su condición de locura envidiamos; de pronto dicho personaje “sale de sí” y actúa, literalmente, como poseído. De todo su ser se desprende una habilidad poco común en el resto de mortales, por ello es fácil considerar lo que hace como divino. No es de humanos poder realizar algo así; el sujeto ante nosotros: sea rápsoda, sátiro, músico, poeta o escultor tiene en sí el poder de un Dios: él es la encarnación en dicho momento de un Dios.
Ahora situémonos en un viernes rutinario de mi Quito: la pareja, Él y Ella, deciden ir a un conocido bar /espacio cultural /sala de conciertos y restaurante. Ésa noche en particular el concierto es muy bueno: el ostinato propuesto por el pianista es hábilmente contrapuesto rítmicamente por las líneas de guitarra y el patrón de batería, el saxofonista acaba de tocar con suma habilidad (fruto de unas cuantas muchas horas en un cuarto de ensayo) una frase en tresillos que resalta el paso de la tercera mayor a una novena bemol sobre el acorde Mayor Siete propuesto por la armonía, su dominio del uso de tensiones es extraordinario; en cristiano esto implica que se las supo arreglar para hacer oír a los comensales (de sushi, si es posible, por supuesto…) una serie de disonancias pavorosas pero manejadas con clase. El mismo recinto reúne también a muchos artistas aspirantes, críticos y empresarios; quienes podrán, si así lo quieren, jactarse de cultos ante la masa que no suele asistir a tal sitio a darse su “bañito de cultura”, probablemente desconozcan quien fue Andy Warhol, Jorge Luis Borges o John Coltrane aunque sus imágenes adornen las paredes que los acogen pero eso carece de importancia, a la salida se les dará una factura, avalúo indiscutible de su condición de cultos. Después del concierto Él invitará a Ella a una de las únicas discotecas que valen la pena en el momento, según lo decidido por ese tácito acuerdo entre toda la “gente bien” que la visita asiduamente cada fin de semana; no sólo porque se supone que éste sea su rol como macho alfa sino porque la invitación es el preludio ideal que facilitará la posterior cópula de turno. Los que no aguantan la música de fondo o quieren ampliar su necesario círculo social se ven casi obligados a consumir algo, justificando los ingresos de los dueños del local donde supuestamente se va a bailar cuando el negocio es vender licores con sobreprecio; no olvidemos para esto que el ambiente está infestado con los sonidos del bajo y bombo debidamente ecualizados en la canción para incitar al baile y bloquear los intentos de conversación que puedan obstruir su ansia de consumo. Mientras tanto Ella danza bastante bien según la norma que ha impuesto el ritmo: le da la espalda a Él y se agacha hasta lograr ese ángulo preciso en el cual sus nalgas logran el grado exacto de fricción sobre sus testículos, obediente siempre al coro que se canta el fondo: “Hasta abajo, muévete cabrona hasta abajo”. Loado sea el reggaeton.
En este punto no estaría de más recordarme la pregunta de fondo: ¿qué pasó?, ¿cuándo y porqué el arte dio ese brinco de ser un regalo de los dioses a convertirse en un producto más, asequible por un precio al igual que el papel higiénico?.
Enthusiasmos
Como con casi todas las cosas, el origen del valor metafísico o filosófico del arte lo encontramos en los griegos. Nietzsche lo sentenció desde hace rato, en “el nacimiento de la tragedia” para ser preciso: “cada uno de los pueblos que se creen grandes deberán en algún momento someterse a la inevitable labor de verse postrados y empequeñecidos ante semejante civilización, tan grande que para ellos era bárbaro todo aquello concebido fuera de sus límites”.
Los griegos son lo máximo, no fueron, son; aún los llevamos presentes en todo lado, empezando por las paredes de este edificio, que son construidas gracias al teorema de Pitágoras; el nacimiento de la medicina y sus implicaciones morales que nos legó Hipócrates; por ejemplo el realismo de los efectos especiales de las películas también tiene su origen en los griegos: en el naturalismo en la escultura, recordemos a Praxiteles y Fidias; los guiones de las películas o las obras de teatro fueron planteados en forma muy parecida desde Safo, Aristófanes, Sófocles y Eurípides; A Pitágoras le debemos también el estudio de los números y las formas (sin ello chao tecnología…); Demócrito predijo que existían los átomos (se imaginan un mundo sin Física ni Química???); y por supuesto el nacimiento de la filosofía en manos de Tales, Anaximandro, Heráclito, los Sofistas, Sócrates y todo el club de fans… En serio, fíjense en cualquier cosa que vean a su alrededor y lo más probable es que, con un pequeño análisis, ésta le deba algo a los griegos para existir.
La mejor muestra del rol del arte en el mundo antiguo la tenemos en Ión de Platón: allí en el diálogo entre Sócrates e Ión queda claro que el arte no es una capacidad sino mas bien un don divino, dado por seres intermedios o mensajeros entre los dioses y los hombres, llamados daimons, para que puedan comunicarse estas dos dimensiones. Si han oído hablar de musas, éstas son un tipo de Daimons.
Dicho de otra forma: el arte es un acto divino y el verdadero artista actúa como “poseído” por una fuerza exógena que lo incentiva a crear. A este estado se le llama entusiasmo o enthusiasmos. Un artista, por más virtuoso que sea, por más técnica o techné que posea (OJO con este término, que los trataremos más adelante) no es absolutamente nadie, así como sus obras, si no es debidamente “enthusiasmado”.
A su vez este entusiasmo tiene la particularidad de darle al poseído por él una concepción pura; sin ningún concepto, juicio o prejuicio antepuesto sobre lo que es en verdad la realidad (Husserl llamará a esto después epojé o hacer epojé). Es sumamente interesante comparar esta visión de ver las cosas tal cual son con los pensamientos de artistas y filósofos como Van Gogh, Hegel, Kant, el movimiento cubista (Picasso y Cezanne) o con comentarios como “Velázquez es el pintor de la realidad” (Picasso). Esta es una forma de ver el mundo que ha permanecido presente en forma muy sutil pero constante a través del tiempo.
Saliéndome un poco del tema quiero recalcar que nosotros, en nuestra condición de primates, somos los únicos monos que juegan a la religión y crean cosas porque sí. Digo esto porque de manera coincidencial el arte y la religión nacieron casi simultáneamente en la historia humana, es como si el hombre empieza a hacer arte al tomar una conciencia de un Dios y de un alma. ¿será por tanto que el arte es tan sólo una nimiedad típica de un caso atípico de monos sin pelo?
A partir de los griegos el arte tuvo siempre como objeto algo más, era una especie de esclavo al servicio del poder, es decir de la religión del gobierno de turno. La música en especial era usada como un instrumento poderoso de llegar a las masas y calmar los ánimos, de allí los cánticos de guerra y todas las alabanzas en forma de música presentes a lo largo del antiguo testamento; para nosotros no es raro entrar por ejemplo a una iglesia y verla plagada de obras de arte de distintos tamaños, es parte del paquete de las cosas grandes que ha hecho el hombre. Pero así mismo ahora no es raro ver a la gente absorta en música que no dura en sus mentes sino un par de semanas y comprobar cómo se suceden los “artistas” como fichas de dominó en un juego implacable de gustos impuestos (ya hablaré sobre esto).
Estamos inundados hasta las narices en un maldito negocio.
El arte ahora:
El rol del arte hoy en día es diferente: los artistas son bichos raros que gozan de una extremada fama o tratan de sobrevivir en su medio por medio de la imitación de los grandes íconos; para aquellos que no tienen acceso a las obras originales hay siempre un mercado muy bien estructurado de copias fieles, pirateadas, para que todos tengan un pedazo de cielo en sus casas. En los estratos cultos el arte es un juego cerebral (gracias a Duchamp) al que pocos tienen acceso y donde para poder a entender aquello que se piensa bonito es necesaria cierta investigación o estudio. Para acceder a una obra de arte se hace preciso invertir una suma de dinero.
De aquí que los artistas vivan sometidos ya no a sus musas sino a las reglas de mercado: si eres un pintor es preferible hacer un cuadrito de 30cm x 50cm a la imagen que impactó tu sueño el otro día (como de dos metros de largo…) porque ése cuadrito lo venden más rápido en la galería; como músico si tienes una idea para una canción debes asegurarte de que ésta dure menos de 3 min y de llegar a el coro antes de 59 segundos para que las radios te regalen su beneplácito, sino no nadie irá a tus conciertos…; si lo tuyo es escribir mejor no pongas palabras rebuscadas, evita al máximo un tema que les haga pensar a tus lectores un poco más de lo normal y ponle un final como para que pueda eventualmente tu libro hacerse película... ahhhh, si logras convencer a tus lectores de que los reyes de Francia son emparentados en forma directa con los hijos de Jesucristo te apuntas unos ceros extra al saldo de tu Mastercard; los poetas prudentes no escriben sobre el dolor de la existencia como Hölderlin, sino que apuntan versos llenos de inconformidad o en su defecto escriben rimas de amor con las que puedan identificarse las quinceañeras que juegan al amor; como arquitecto si planeas construir una casa por favor asegúrate de que tenga un porsche ostentoso porque así tu cliente vivirá en un sitio más parecido a la casa de su amigo el de la linda familia o a la del catálogo que miró de reojo, esa casita con patio grande, perro en la puerta y gente sonriente, con la estupenda familia feliz y socialmente envidiada.
Les pregunto ahora: ¿creen uds. que con estas condiciones Wagner tendría trabajo hoy?, ¿que se deben demoler las casas de Gaudí porque no hay como poner ni un cuadro adentro?, ¿Que ya no vale la pena leer “el Conde de Montecristi” porque te viste la película (que por cierto se inventa casi toda la trama…)?, ¿Que mejor es comprarse nomás el nuevo de Coelho para poder hablar con los conocidos, antes que la comedia humana de Balzac (total, quién también será ese man si o nooooo?)?, o que el torero alucinógeno de Dalí no es tan bonito ¿pues no cabría sobre la cabecera de tu cama?
También se puede tomar otra actitud respecto a la cultura y el arte en estos días: coleccionar discos que no te gustan pero que son interpretados por “los duros”, hablar de Existencialismo con soltura pues te leíste ya el “Sartre para Principiantes”; colarte en todo concierto y manifestación de arte importante que venga a la ciudad no por gusto propio sino para poder ser visto en dichos círculos (nada mejor que dormir con la Sinfónica Nacional de fondo); criticar a Niemeyer con saña después del episodio que viste sobre él el Discovery Channel; considerar tu casa como superior a la de aquellos desafortunados quienes no pueden tener los típicos cuadros de la puerta de iglesia quiteña y las flores que Van Gogh no quiso incluir en sus estudios sobre Margaritas colgados en sus paredes, no importa que te guste realmente el cuadro, lo que vale (literalmente) es la firma de Almeida y de Katasse en la esquina inferior izquierda. Hacer lo que sea por llevar encima el rótulo de intelectual que tanto ansías. Los “sabios” posmodernos que nos describía Lyotard no están únicamente en el lejano Tokio sino aquí entre nosotros.
Definitivamente todo este negocio no nació gratis, fue necesaria una propuesta que legitime o le dé validez a todo este asunto. Tras nuestro nuevo Mozart: Ricardo Arjona debe haber necesariamente un cerebro que apadrine sus esfuerzos y se los lance en paquetitos bien decorados al mundo.
Sobre la exquisita razón:
Todo aquello que llamamos “nuestro mundo” es tan sólo un juego de palabras que nos han creado una idea y que la hemos adoptado como nuestra (aquellos que estén interesados pueden consultar el trabajo de Saussure, Levi Strauss, Wittgenstein, Husserl, Lacan, Lyotard, Foucault o Derrida, entre otros), el gran músico y guitarrista Steve Vai diría que “vivimos dentro de una ilusión; pero en una ilusión muy, muy real”. Y si tenemos que dividir nuestra historia entre el salvajismo de antaño y el presente tan políticamente correcto en que nos toca vivir, es imperativo nombrar al racionalismo: el período consentido de antaño, la razón para el hombre, la razón como el centro del mundo.
Este nuevo período, modernidad para algunos, es patrocinado por Descartes como su mentor y tutor principal. Nos embutió de un raciocinio tan poderoso que se creía capaz de abarcar todo, a él le debemos mucho del sistema en que vivimos, desde los satélites… hasta el reggaeton.
Cogito ergo sum, pienso luego existo, dividir todo en sus partes minúsculas, para cualquier cosa se necesita un método, se debe desechar lo que no es claro y preciso, hay que ordenar las cosas por secuencias: de lo más sencillo a lo más complejo, surgen las taxonomías y en consecuencia la segregación, se facilitan las dicotomizaciones para sentar bases sólidas a la existencia racional. La sociedad vigila y castiga, el erudito se regocija y el progreso avanza con fervor. Si alguien tiene dudas al respecto pueden discutírselo a Michel Foucault (Vigilar y Castigar).
No mucho después Comte en su “Curso de Filosofía Positivista” corregirá la propuesta racionalista cartesiana al extremo al introducir el pragmatismo por sobre todo, es decir darle una utilidad tangible a toda acción y toda obra, lo que no se puede justificar es rotulado automáticamente como absurdo. Muere el enthusiasmos y se llena de flores a la ciencia. El arte se convierte en vasallo del absurdo.
…
Una maravilla la razón. Que lindo!!!
Pero ¿será en realidad la razón un monstruo tan terriblemente eficaz y asfixiante que no pueda dejar fuera de sus tentáculos absolutamente nada?. ¿Hay acaso otro tipo de realidad que exista fuera de los límites de la razón?
Siguiendo la misma línea, “deconstruyendo” esta aparente verdad, ¿no es acaso la existencia misma algo tan complejo que la racionalidad sólo ahonda su dificultad, cavando aún más profundo el hueco aquél en que nos enterró Descartes?, ¿los sistemas, pensamientos y corrientes bajo los cuales nos cobijamos (del neoliberalismo al Feng Shui, de Bush a Chávez, del jazz al punk, de Buda al Marxismo), son en realidad una voz de esa verdad que tanto nos impera la razón?, ¿el pensamiento mismo, supuestamente la célula del racionalismo, no es acaso un títere de esta misma razón?
El sistema educativo que nos ampara
Como hemos visto la nueva concepción de la realidad vino de la mano del racionalismo y la consecuencia del silogismo fue que el concepto de arte también se coló en esta vorágine, se salpicó de racionalidad.
En efecto es a partir del humanismo (siglo XVII) que el arte empieza a desarrollarse “porque sí”, o al menos no necesariamente bajo el amparo de la iglesia. La pasión según San Mateo de Bach tendría su equivalente en las Bodas de Fígaro de Mozart, Rafael ocupó mucho tiempo pintando los frescos de las grandes catedrales (la escuela de Atenas) mientras Velásquez si tuvo tiempo para pintar a una vieja cociendo huevos e insertar más de un significado a sus obras, el elogio de la locura o el príncipe de Erasmo y Maquiavelo, respectivamente, difieren mucho del Discurso del Método de Descartes o el Tractatus Políticus de Spinoza.
Pero lo grave no está allí, pues con esta revolución también vino una reforma al sistema educativo; si bien el humanismo contribuyó notablemente al desarrollo de la educación para todos, fue precisamente el método cartesiano el impulsor de la nueva ola de “los cultos”, cadena que sólo se amplió después con el positivismo maduro de Comte y su consecuencia: el Pragmatismo de Pierce y James.
El aparato educativo, del kinder a la universidad, genera gente útil y comprometida a su rol, mata los mitos y cucos de los niños con el pesticida cartesiano, le quita a cualquiera sus dudas con una secuencia lógica de eventos y consecuencias, los teoremas y reglas de la naturaleza son verdades a medias que están destinadas a caducar hasta la llegada del siguiente gran genio (sino pensemos un momento la opinión que tendría Newton de Einstein). Todo funciona aparentemente bien.
¿O no?
Los tontos útiles
En “la Condición Posmoderna”, Jean Francois Lyotard nos explica con claridad magistral que nuestra condición actual, posterior al modernismo, se caracteriza por un problema de legitimación; es decir que lo que se acepta como verdad, cualquier cosa, no es sino un discurso dentro de un juego generalizado de lenguaje. Las palabras construyen nuestra realidad y detrás de todas estas grandes tesis: Neoliberalismo, Democracia, Falocracia, Psicoanálisis, Anarquía, Positivismo, y la favorita del momento: Partidocracia etc, etc. se esconde siempre un gran discurso o relato, un Metarrelato, que le da un valor de auténtica a esta realidad y sirve a su vez de garante ante los achaques por parte de grupos no conformes.
Es decir que todos esos “ismos”, vivos o enterrados, son sólo juegos de palabras, de sentidos e interpretaciones que nos pusieron con un rótulo de “ésta es la realidad”. Si bien Lyotard encierra en éste, su discurso, a grandes ideas, vox populi, los metarrelatos no son en mi opinión necesariamente conocidos por todos. Sino pregúntenle a cualquier niño sobre esto y les responderá con su bendita simpleza tautológica que sólo prefiere jugar.
Por ello para mí estamos envueltos en un saber incompleto, tibio e insolente, pues está legitimizado como verdadero, con el aval del sistema racionalista.
Pero ¿cómo?, supongo que se dirán “este muchacho debe estar medio zafado… ¿no se supone que la razón es lo que le hace a la gente inteligenteeeee?”
Y es allí precisamente donde me baso, esa es la conclusión de mi epojé (ver las cosas sin prejuicio, tal cual son, ¿se acuerdan?).
Así como “las prisiones funcionan precisamente porque no funcionan, porque generan al delincuente” (Michel Foucault en “Vigilar y Castigar”); la razón funciona precisamente porque no funciona (en apariencia), o porque no está al alcance de todos. El sistema es eficaz precisamente porque genera con gran regularidad un número suficiente de idiotas. El racionalismo funciona correctamente en manera directamente proporcional a la cantidad de gente que nubla en un saber aparente. El saber necesita que nadie, o muy pocos, realmente estén en capacidad de pensar para poder existir. Se alimenta de lo la estupidez.
Detrás de esto no hay que olvidar un término clave: El Poder; pues es en verdad éste y no la razón el motor del mundo, desde siempre. Un poder que se extiende en forma brutal sobre todo, un poder generalizado sobre las masas y que actúa como víctima y verdugo de todo individuo, toda idea y toda institución, un poder que mueve como peones a todos sobre quienes actúa: las personas y las cosas, las ideas y los metarrelatos, los ismos y la razón.
La dicotomía estupidez-razón (implicando con esto que ambas cosas son en realidad dos caras de lo mismo), debe ser entonces útil a este sistema. No olvidemos que el pragmatismo, como corriente no sólo filosófica sino de vida, es también otro metarrelato… esto sucede así de las siguientes formas:
1. La estupidez instaurada como mal genérico de la especie humana asegura una globalización eficaz de productos e ideas, o ideas vendidas como productos (el saber es ahora un material de consumo, como la Coca-Cola, una cena que garantiza la calidad y refinamiento de su sabor laboral según la tarifa que pagaste por ella en un “templo del saber”).
2. Una caterva de tontos es en realidad una manada de individuos dóciles al consumismo, si no lo quieren creer les invito tan sólo un momento a analizar el verdadero mensaje tras el bombardeo de propagandas, cuidadosamente estudiadas, que abundan en los “medios” de comunicación.
3. La facilidad para insertar un nuevo relato en el aparato social es directamente proporcional al grado de estupidez de sus habitantes.
4. De la misma manera a un individuo le será más difícil cuestionar al sistema en la medida en que su imbecilidad sea progresivamente crónica (no olvidemos que la imbecilidad es un falso saber, más adelante ahondaré en el tema de nuevo).
5. La estupidez es progresiva, mientras más estúpido es el individuo, más fácil es aumentar en él esa condición y por ende más vulnerable será a las consecuencias pragmáticas del poder.
6. El tonto bien entrenado parirá una hueste de tontos igualmente aptos de continuar con la tradición, encerrados en sus cárceles de pensamiento racional, felices por lo que pueden seguir consumiendo o etiquetar como bien de consumo.
7. Pero esta estupidez es necesaria sobre todo porque ayuda a mantener el equilibrio. Para aquellos que pueden ver un poco más allá del velo de las apariencias les es necesaria también la idiotez como el camino a no seguir, como el otro lado de la alteridad cuya simple existencia les garantiza no estar “del otro lado”. Los tontos son como el fondo negro necesario para poder ver las estrellas.
El rol del Loco y del olvido como requisitos para saber
Si considero que tantas quimeras y falencias han sido creadas por el racionalismo; me veo en la urgencia de buscar el valor de su antítesis, hallar el valor de la sinrazón. Fundamentar mi razón en la ausencia de la razón, paradójico juego de palabras iguales con significados varios.
Siempre al margen, viviendo lejos la razón, se han hallado los locos. Individuos en un principio admirados pero considerados ahora un mal social: la espinilla en el bello rostro esculpido por la razón y la moral de la modernidad.
Gente que existe libre del apego al qué dirán, consecuentes sólo a su voluntad y sus dictados, grandes ignorantes de la voluntad general. Distintos y por tanto juzgados, castigados en público y temidos en secreto por el inconsciente popular. En lo personal considero que una de las mejores formas de conocerme y juzgar mi relación con el mundo es mi imagen personal de los locos.
En su diálogo citado anteriormente, Ión, Platón sentencia por boca de Sócrates que “la locura ha derramado los mayores beneficios sobre Grecia”. El enthusiasmos se presenta exclusivamente a los locos, quienes sólo así pueden desarrollar su arte a plenitud, me imagino a los locos como un grupo extenso de antenas parabólicas esperando a ser tocadas por un Dios. En la antigüedad no fue la razón y su desarrollo el sinónimo de progreso y triunfo, mas bien todo lo contrario: era la carencia de razón el requisito sine qua non para superarse.
En su búsqueda de una moral y de individuos superiores, Nietzsche nos dice en su libro Aurora que “casi siempre ha sido la locura quine ha abierto el camino a las nuevas ideas, quien ha roto el cerco de una costumbre o de una superstición venerada”. Al analizar esto más a fondo surge para mí no sólo un elogio a la “condición loca” sino también una necesidad de entregarse al olvido como condición para saber y para poder crear, ambos bloques de pensamiento tan presentes a lo largo de toda su obra.
Zaratustra, que no fue sino el otro nombre que se dio a si mismo don Nietzsche, al ser un convaleciente que estaba cerca de su “gran victoria” (de las tablas viejas y nuevas, Así Habló Zaratustra tercera parte), nos grita a todos y a sí mismo “¡borra de tus ojos el sueño y toda imbecilidad, toda ceguera! Óyeme también con tus ojos: mi voz es una medicina incluso para ciegos de nacimiento” (el Convaleciente, Así Habló Zaratustra tercera parte), está implícito que considera a la razón como un mal a ser superado, para entender esto tengamos presente que por definición de diccionario la imbecilidad es la ausencia de razón y el sueño es el dominio del inconciente, irracional, que duerme durante el día en nosotros.
Ese borrar que nos recomienda Zaratustra es una invitación al olvido, Nietzsche es EL pensador del olvido; el patrón filósofo de los estudiantes aquí presentes: Jorge Luis Gómez nos la puso clara en su “Modernidad y Nostalgia”: sin olvido NO hay creación.
A grandes rasgos, desde Schopenhauer al existencialismo, pasando una vez más por Nietzsche y Wagner; se puede dividir a la historia del mundo y la historia de sus cosas en un antes y después de ciertos individuos (la lista aquí se puede llenar a discreción de cada uno con Einstein, Shakespeare, Freud, Buda, Bach, Darwin, Picasso, Artaud, Kant, Fidias, Da Vinci y el largo etcétera de puntos de quiebre y referencia necesarios en cada rama del saber). Todos ellos llevan como patrón común su descaro ante el mundo por haberse atrevido a ver las cosas de un modo distinto y actuar consecuentemente con esto, por lo general en contra de la sociedad o mejor dicho “lo social”; son todos en su manera artistas, creadores compulsivos de una verdad: Su verdad que será después derramada ante los muchos para ser imitada, seguida y provocar ser refutada. Voluntad creadora de poder.
Para poder crear algo verdaderamente, para poder realizar lo genuinamente nuevo, es necesario olvidar; borrar de nuestros ojos el patrón conocido como realidad y enfrentarnos a nosotros mismos. Ignorar para crear, regalarse el título de ignorante, el que ignora, con dignidad.
Ser por esto locos, locos lúcidos de su locura, ignorantes a voluntad del saber.
Los templos del saber
Aparentemente hay una contradicción en este punto: por un lado mi charla suena a odio fundamentalista, dogmático, contra la racionalidad y su consecuente estupidez; contra el saber tibio e insolente que es legitimizado a diario por un título académico. Mientras por otro lado también he propuesto la ignorancia como camino a seguir, ignorar como el camino a un saber honesto, el antídoto contra esa tibieza. Ser ignorante pero no tonto, ignorar a voluntad.
Pero no olvidemos que he planteado la ignorancia como olvido, no como estupidez.
Me explico: si el saber racional es transmitido a través de un sistema educativo basado en métodos y técnicas en esencia cartesianas, abanderado por el positivismo; decir que la estupidez es el saber tibio e insolente implica directamente a todo el sistema educativo: a cada escuelita y universidad, implica incluso a los hogares, laboratorios y medios de comunicación.
¿Suena a un complot gigantesco? Pues quizá no me he explicado aún del todo bien.
Por saber tibio me refiero a una pretensión de saber, a aceptar como verdad absoluta una cosa si ésta es demostrada con fundamentos racionales suficientes. Es un saber tibio por cuanto al llegar a este punto de aceptación se queda allí inmóvil y “se enfría” hasta solidificarse en la concepción racional.
Es un saber insolente en la medida que una vez amparado por la razón, legitimizado; se torna como verdad superior por sobre las demás; aplastando bajo su falso trono a cualquier otra idea diferente si es que ésta no lleva impresa en su formulación una buena cantidad de pruebas y demostraciones.
Es un saber incompleto pues no tolera con tanta facilidad el cambio si éste es radical, incluso si eso es necesario.
Lo grave es que ésta es la actitud que mata al arte, que asesina al mito y aniquila al enthusiasmos. Como estudiante de arte puedo dar fe de ello.
Para toda esta revolución racional no existen herramientas más eficaces que los medios globalizados de comunicación, pues ellos tienen la facultad de manipular a su gusto y discreción lo que es moral y verdadero, lo que es bueno o no (y por tanto que valga la pena consumir o hacer o no…); por ello no extraña que el poder invierta tanto en mantenernos cada vez más “informados” y que las maravillas modernas de comunicación se tornen en bienes muy preciados a poseer.
El sistema educativo actual, en cualquier institución, se basa generalmente en números: desde el código de estudiante a las notas y promedios, muere el sujeto; por tanto debe hallar en su crecimiento constante una forma de impartir por lo menos un nivel mínimo tolerable de conocimientos en sus clientes o educandos, así como una forma de poder medir esto para llevar el control.
De ahí que esa apatía tan actual ante aprender e investigar no sea sino un añadido del sistema, que a su vez trata en vano exorcizar los demonios que él mismo invocó. Los profesionales serán en su mayoría nuevos números que engrosen las listas de puestos dentro de la industria. Son como el alimento de las estadísticas, así no lo quieran.
Nunca voy a hablar mal de mi universidad, pues de pocas cosas le estoy tan agradecido a Dios, pero incluso dentro de las artes liberales se ha insertado esta actitud.
La institución educativa, en un afán pragmático, no puede perder el tiempo en incentivar a la creación y la propuesta, en cultivar la imaginación y la creatividad, es más práctico a la carrera que brinda a sus pupilos que éstos aprendan principios y leyes fundamentales que ya han sido probadas y utilizadas, el razonamiento es casi nulo en este sentido. Incluso en las artes. Todo se basa en una técnica, techné ¿recuerdan?, la conciencia crítica es asfixiada por el sistema. En mi caso por ejemplo, no importa tanto que la composición que se nos envió nos suene bien, pues el profesor que recibe su sueldo de nuestras pensiones es pagado justamente para enseñarnos que una oncena natural sobre un acorde de séptima mayor es disonante y que esto incluso puede crear problemas al producir un disco porque hay un cruce de frecuencias… la idea originalmente “bonita” de nuestra cabeza se comprobó como inválida y aprender eso nos es necesario. Hasta ahora me hallo en una contradicción interna impresionante al respecto, pues lo que se debe aprender no necesariamente es lo más válido y al mismo tiempo necesito saber de esos errores para evitar equivocaciones fatales en “el mundo real”.
La educación no tiene la culpa tampoco por esto, si pensamos desde su ángulo no puede hacer más de lo que ya está haciendo (según este punto de vista); de todas formas está aportando al mundo su número requerido de profesionales, que tontos o no tendrán un título.
En mi opinión personal es preocupante, por ejemplo, que el futuro médico que vele por la vida de los seres queridos por mí, sea el compañero sumamente popular que pasó tanto tiempo de su educación universitaria jugando ping pong o tomando cerveza con ahínco cada viernes en la tienda de al frente… así como de igual manera me preocuparía si veo que la gente que ahora posee una mente que sirve en forma casi exclusiva a dedicar todos sus mejores esfuerzos en decorar un auto o combinar la ropa según la nueva tendencia ocupe los nuevos puestos de abogados, cocineros, directores de empresas, políticos, cineastas y arquitectos.
Lo grave es que incluso no habrá como quejarse, pues el ministerio les pondrá un sello sobre un cartón que los certifica como “profesionales”.
Me pregunto ahora ¿Será que el mundo puede progresar con tanta gente así?
Entre un Sócrates mejorado y un superhombre….
Por supuesto que sí !!!
Fito Paez nos diría que “es sólo una cuestión de actitud”, lo importante no es la realidad que se vive sino cómo decidimos afrontar esa realidad. Toda esta propuesta, esta diatriba, tiene como único objeto “picar” un poco la conciencia de ustedes y proponerles una alternativa.
Si estamos en un mar de idiotas será necesario aprender a nadar y rápido. La cuestión es como hacerlo.
Así como me he dedicado a criticar al pobre Descartes, quien muy probablemente no tenía ni idea de todas las consecuencias de su pensamiento, porque apadrinó un nuevo concepto de razón (el otro gran racionalista es Sócrates, pero a él le vamos a dar un trato distinto…), fue entonces lógico en mí buscar refugio en el otro lado: en la sinrazón, el irracionalismo.
Adecuadamente Friedrich Nietzsche anticipó todo esto: el ocaso de los ídolos (las ideas, en este caso el racionalismo) y la consecuente búsqueda en el pasado por un futuro mejor (el enthusiasmos griego); así como hallar una genealogía de lo que en apariencia ha funcionado bien desde siempre.
Con seguridad la máquina de tontos útiles, y profesionales, esta fábrica de hamburguesas cerebrales ofrece cierto amparo a quienes se cobijan en su seno. Ante la brutalidad de una existencia conciente sólo se presenta un subterfugio de la voluntad de vivir, la apariencia (llámese falso saber, moda, banalidad, imbecilidad) es el techo de amparo ante el miedo.
Vivir es sufrir, eso parece estar claro para el antiguo mundo griego, para los budistas y para los seguidores de Schopenhauer (como Wagner, Borges y el Nietzsche temprano).
Plantearse la existencia como un eterno sinsentido donde sólo cobra sentido el sufrimiento no es una actitud pesimista, eso es para los débiles, sino una forma de aceptar la vida con coraje y enthusiasmos.
Ama tu destino, ésa es la nueva gran máxima de vida, el impulso vital que repele la apariencia, minimiza las flaquezas y fortalece el espíritu. “La Filosofía hace más fuertes a los fuertes y más débiles a los débiles” dice Nietzsche.
En lo muy personal considero que vivir en el dolor, aceptándolo, es la única manera de conocer la verdadera felicidad, de trasgredir el miedo que no puede esconder más su fetidez por más religión, baratijas, ropajes y libros de autoayuda cortesía de Cuauhtémoc Sánchez. Sólo entendiendo el dolor y el miedo se puede comprar el boleto de salida de la rueda, del Samsára.
Pero ¿por qué el miedo?
Hay dos actitudes que podemos tomar frente al miedo: mentirnos o ser valientes. Vivir con el miedo a nuestro lado, ya no como la peste a evitar sino como la gasolina misma de la existencia.
Se puede intentar vivir así bajo una concepción dionisíaca del mundo, no la del dios de las orgías sino como el dios de la pérdida de individuación, de la represión olvidada, el dios más allá de la razón y que nos regala el sueño y embriaguez como única alternativa para reafirmar la existencia.
Pero ese camino es sólo eso, sueño y embriaguez, no toma cartas concientes en el asunto, es un olvido tibio, digno de débiles.
Por ello ahora me permito invitarles a tomar a la ignorancia, a ese mismo miedo que nos aqueja, como el anticuerpo necesario ante la condición idiota, ante el reinado del horror.
Aquí necesito volver a otro de los padres de la razón, tradicionalmente interpretado como aquél que empezó todo: Sócrates. Pero no voy a hacerlo desde el marco antiguo de un Sócrates serio que tuvo un alumnito por ahí que se llamó Platón. Vamos más bien a centrarnos en el Sócrates maduro, el que se suicidó con dignidad, el Sócrates cultivador de la música, el Sócrates enviado por Apolo pero que terminó viviendo bajo el amparo de Dionisio.
Así como Jesús, el personaje más parecido de la historia por toda su vida y obra a Sócrates, nos resumió todo su mensaje en “Ama al prójimo como a ti mismo”; Socratito nos dijo “sólo sé que no sé nada”, era totalmente conciente de que era el más ignorante, porque estaba lúcido. Y el oráculo de Delfos en su ignorancia lo confirmó como el más sabio.
Detrás de un olvido conciente, de un ignorar; no saber nada, vivir en la incertidumbre y la locura, se esconde una eterna fuente de conocimiento. Es como subir una montaña, mientras más alto escalamos más paisaje se nos asoma por ver y el verdadero explorador encuentra en esta inmensidad un recurso de exploración infinita.
Abrazar al miedo con valentía, saberme ignorante, ése es mi camino para ser menos idiota cada día. Es cuestión de opciones: se puede ser un borrego o un pastor; los borregos tienen todo arreglado, sólo pastan y son sacrificados mientras el pastor vela en medio de los campos de la nada por sus ovejas y es dueño de sus vidas, y de la suya.
No planteo aquí el ideal de un superhombre, planteo la necesidad humana por la locura y la ignorancia. Aquél que nunca lleva un saber tibio, necesita que su búsqueda sea constante, que sea un saber “caliente”.
El saber racionalista es un saber insolente, que tras una aparente calma y pretensión esconde su verdadero testaferro. Aquél que sabe que no sabe adopta con esto una bandera más sublime, la humildad real y pura, el alma desnuda ante el mundo y ante sí mismo. Su sapiencia preponte se trasmutó en aceptación de un destino, en sencillez y nulidad de la soberbia; en locura lúcida. Se replantea un nuevo código moral ajeno a los estatutos de la manada, se goza de la extrema libertad, la verdadera paz de vivir honestamente con uno mismo.
Si bien ahora el arte viene con código de barras, los cds traen tácitamente fecha de caducidad y las instituciones de educación educan a medias; ésto no quiere decir que el arte ha muerto, que ya no hay gente enferma de curiosidad y que el enthusiasmos apesta a cadáver.
En su Hiperión, Hölderlin dice “el arte existe para ayudar a la gente a vivir”, a pesar de todo el racionalismo que le salpique el arte es necesario, la locura, como entusiasmo, es necesaria. No sólo por su aporte estético sino porque el arte es tan vital para existir como el aire.
Busquemos entonces hacer de nuestras vidas una obra de arte, vivir con ese ímpetu tan exquisito de los niños cuando encuentran algo nuevo, olvidar para poder encontrar siempre algo nuevo.
Mientras haya gente dispuesta a vivir con arrojo ante el sufrimiento, locos concientes, locos que ven, discípulos de Hamlet, el arte no morirá. La estupidez se esquiva por quienes saben por donde pisar.
Si el concepto griego del mundo, aparentemente tan sublime y perfecto sucedió en los albores de la humanidad, y la modernidad, posmodernidad y racionalismo son el símbolo inequívoco del ahora. Creo yo que es hora ya de asumir un rol activo, militante ante la estulticia, no es matar al tonto sino tolerarlo en el marco de nuestra empatía ignorante para con su estado.
“La madurez del hombre consiste en volver hallar la seriedad con la que jugaba cuando era un niño”
- Nietzsche -.
Muchas Gracias
David Villarreal
Uno, de los tantos, de estos temas en apariencia sencillos y que no necesitan ser muy pensados es el arte. Hace poco no pude evitar preguntarme porque esa caterva de locos (de la cual orgullosamente formo parte) dedican sus vidas, sus esfuerzos y pasiones, en suma: su Voluntad, a una actividad que ante la mirada inquisidora del “mundo real” no aporta en nada al desarrollo y progreso de la colectividad. Somos todos en cierta manera algo así como cartas sin destinatario, como jugar a perder, a perdernos.
Genealogía de “lo artístico”:
Pero ¿de dónde nació esto?, ¿es acaso todo una crisis evidente o tan sólo un discurso sin sentido, de un alma que tiene dificultad para calzar en el molde?, ¿es lo que todos creen ser real y concreto en verdad así?
Partamos de un punto; para esto es necesario hallar un principio, diríase establecer una “genealogía de lo artístico.
El arte al que somos lanzados ahora es, como todo, una construcción mental de grandes proporciones, que como todo sistema ha necesitado evolucionar en pos de una adaptación al marco de las circunstancias.
Para hallar este principio debemos remitirnos obligatoriamente a los griegos: nuestros padres como “civilización”.
Pido a los presentes en este punto usar su imaginación y ubicarse, digamos unos 400 años antes de Cristo, en Grecia: estamos todos vestidos con túnicas y calzado rudimentario, en medio de un tumulto cargado anécdotas que después serán consideradas historia, de personajes y olor a mar. De pronto todos nos exaltamos, tenemos delante a un loco al cual por su condición de locura envidiamos; de pronto dicho personaje “sale de sí” y actúa, literalmente, como poseído. De todo su ser se desprende una habilidad poco común en el resto de mortales, por ello es fácil considerar lo que hace como divino. No es de humanos poder realizar algo así; el sujeto ante nosotros: sea rápsoda, sátiro, músico, poeta o escultor tiene en sí el poder de un Dios: él es la encarnación en dicho momento de un Dios.
Ahora situémonos en un viernes rutinario de mi Quito: la pareja, Él y Ella, deciden ir a un conocido bar /espacio cultural /sala de conciertos y restaurante. Ésa noche en particular el concierto es muy bueno: el ostinato propuesto por el pianista es hábilmente contrapuesto rítmicamente por las líneas de guitarra y el patrón de batería, el saxofonista acaba de tocar con suma habilidad (fruto de unas cuantas muchas horas en un cuarto de ensayo) una frase en tresillos que resalta el paso de la tercera mayor a una novena bemol sobre el acorde Mayor Siete propuesto por la armonía, su dominio del uso de tensiones es extraordinario; en cristiano esto implica que se las supo arreglar para hacer oír a los comensales (de sushi, si es posible, por supuesto…) una serie de disonancias pavorosas pero manejadas con clase. El mismo recinto reúne también a muchos artistas aspirantes, críticos y empresarios; quienes podrán, si así lo quieren, jactarse de cultos ante la masa que no suele asistir a tal sitio a darse su “bañito de cultura”, probablemente desconozcan quien fue Andy Warhol, Jorge Luis Borges o John Coltrane aunque sus imágenes adornen las paredes que los acogen pero eso carece de importancia, a la salida se les dará una factura, avalúo indiscutible de su condición de cultos. Después del concierto Él invitará a Ella a una de las únicas discotecas que valen la pena en el momento, según lo decidido por ese tácito acuerdo entre toda la “gente bien” que la visita asiduamente cada fin de semana; no sólo porque se supone que éste sea su rol como macho alfa sino porque la invitación es el preludio ideal que facilitará la posterior cópula de turno. Los que no aguantan la música de fondo o quieren ampliar su necesario círculo social se ven casi obligados a consumir algo, justificando los ingresos de los dueños del local donde supuestamente se va a bailar cuando el negocio es vender licores con sobreprecio; no olvidemos para esto que el ambiente está infestado con los sonidos del bajo y bombo debidamente ecualizados en la canción para incitar al baile y bloquear los intentos de conversación que puedan obstruir su ansia de consumo. Mientras tanto Ella danza bastante bien según la norma que ha impuesto el ritmo: le da la espalda a Él y se agacha hasta lograr ese ángulo preciso en el cual sus nalgas logran el grado exacto de fricción sobre sus testículos, obediente siempre al coro que se canta el fondo: “Hasta abajo, muévete cabrona hasta abajo”. Loado sea el reggaeton.
En este punto no estaría de más recordarme la pregunta de fondo: ¿qué pasó?, ¿cuándo y porqué el arte dio ese brinco de ser un regalo de los dioses a convertirse en un producto más, asequible por un precio al igual que el papel higiénico?.
Enthusiasmos
Como con casi todas las cosas, el origen del valor metafísico o filosófico del arte lo encontramos en los griegos. Nietzsche lo sentenció desde hace rato, en “el nacimiento de la tragedia” para ser preciso: “cada uno de los pueblos que se creen grandes deberán en algún momento someterse a la inevitable labor de verse postrados y empequeñecidos ante semejante civilización, tan grande que para ellos era bárbaro todo aquello concebido fuera de sus límites”.
Los griegos son lo máximo, no fueron, son; aún los llevamos presentes en todo lado, empezando por las paredes de este edificio, que son construidas gracias al teorema de Pitágoras; el nacimiento de la medicina y sus implicaciones morales que nos legó Hipócrates; por ejemplo el realismo de los efectos especiales de las películas también tiene su origen en los griegos: en el naturalismo en la escultura, recordemos a Praxiteles y Fidias; los guiones de las películas o las obras de teatro fueron planteados en forma muy parecida desde Safo, Aristófanes, Sófocles y Eurípides; A Pitágoras le debemos también el estudio de los números y las formas (sin ello chao tecnología…); Demócrito predijo que existían los átomos (se imaginan un mundo sin Física ni Química???); y por supuesto el nacimiento de la filosofía en manos de Tales, Anaximandro, Heráclito, los Sofistas, Sócrates y todo el club de fans… En serio, fíjense en cualquier cosa que vean a su alrededor y lo más probable es que, con un pequeño análisis, ésta le deba algo a los griegos para existir.
La mejor muestra del rol del arte en el mundo antiguo la tenemos en Ión de Platón: allí en el diálogo entre Sócrates e Ión queda claro que el arte no es una capacidad sino mas bien un don divino, dado por seres intermedios o mensajeros entre los dioses y los hombres, llamados daimons, para que puedan comunicarse estas dos dimensiones. Si han oído hablar de musas, éstas son un tipo de Daimons.
Dicho de otra forma: el arte es un acto divino y el verdadero artista actúa como “poseído” por una fuerza exógena que lo incentiva a crear. A este estado se le llama entusiasmo o enthusiasmos. Un artista, por más virtuoso que sea, por más técnica o techné que posea (OJO con este término, que los trataremos más adelante) no es absolutamente nadie, así como sus obras, si no es debidamente “enthusiasmado”.
A su vez este entusiasmo tiene la particularidad de darle al poseído por él una concepción pura; sin ningún concepto, juicio o prejuicio antepuesto sobre lo que es en verdad la realidad (Husserl llamará a esto después epojé o hacer epojé). Es sumamente interesante comparar esta visión de ver las cosas tal cual son con los pensamientos de artistas y filósofos como Van Gogh, Hegel, Kant, el movimiento cubista (Picasso y Cezanne) o con comentarios como “Velázquez es el pintor de la realidad” (Picasso). Esta es una forma de ver el mundo que ha permanecido presente en forma muy sutil pero constante a través del tiempo.
Saliéndome un poco del tema quiero recalcar que nosotros, en nuestra condición de primates, somos los únicos monos que juegan a la religión y crean cosas porque sí. Digo esto porque de manera coincidencial el arte y la religión nacieron casi simultáneamente en la historia humana, es como si el hombre empieza a hacer arte al tomar una conciencia de un Dios y de un alma. ¿será por tanto que el arte es tan sólo una nimiedad típica de un caso atípico de monos sin pelo?
A partir de los griegos el arte tuvo siempre como objeto algo más, era una especie de esclavo al servicio del poder, es decir de la religión del gobierno de turno. La música en especial era usada como un instrumento poderoso de llegar a las masas y calmar los ánimos, de allí los cánticos de guerra y todas las alabanzas en forma de música presentes a lo largo del antiguo testamento; para nosotros no es raro entrar por ejemplo a una iglesia y verla plagada de obras de arte de distintos tamaños, es parte del paquete de las cosas grandes que ha hecho el hombre. Pero así mismo ahora no es raro ver a la gente absorta en música que no dura en sus mentes sino un par de semanas y comprobar cómo se suceden los “artistas” como fichas de dominó en un juego implacable de gustos impuestos (ya hablaré sobre esto).
Estamos inundados hasta las narices en un maldito negocio.
El arte ahora:
El rol del arte hoy en día es diferente: los artistas son bichos raros que gozan de una extremada fama o tratan de sobrevivir en su medio por medio de la imitación de los grandes íconos; para aquellos que no tienen acceso a las obras originales hay siempre un mercado muy bien estructurado de copias fieles, pirateadas, para que todos tengan un pedazo de cielo en sus casas. En los estratos cultos el arte es un juego cerebral (gracias a Duchamp) al que pocos tienen acceso y donde para poder a entender aquello que se piensa bonito es necesaria cierta investigación o estudio. Para acceder a una obra de arte se hace preciso invertir una suma de dinero.
De aquí que los artistas vivan sometidos ya no a sus musas sino a las reglas de mercado: si eres un pintor es preferible hacer un cuadrito de 30cm x 50cm a la imagen que impactó tu sueño el otro día (como de dos metros de largo…) porque ése cuadrito lo venden más rápido en la galería; como músico si tienes una idea para una canción debes asegurarte de que ésta dure menos de 3 min y de llegar a el coro antes de 59 segundos para que las radios te regalen su beneplácito, sino no nadie irá a tus conciertos…; si lo tuyo es escribir mejor no pongas palabras rebuscadas, evita al máximo un tema que les haga pensar a tus lectores un poco más de lo normal y ponle un final como para que pueda eventualmente tu libro hacerse película... ahhhh, si logras convencer a tus lectores de que los reyes de Francia son emparentados en forma directa con los hijos de Jesucristo te apuntas unos ceros extra al saldo de tu Mastercard; los poetas prudentes no escriben sobre el dolor de la existencia como Hölderlin, sino que apuntan versos llenos de inconformidad o en su defecto escriben rimas de amor con las que puedan identificarse las quinceañeras que juegan al amor; como arquitecto si planeas construir una casa por favor asegúrate de que tenga un porsche ostentoso porque así tu cliente vivirá en un sitio más parecido a la casa de su amigo el de la linda familia o a la del catálogo que miró de reojo, esa casita con patio grande, perro en la puerta y gente sonriente, con la estupenda familia feliz y socialmente envidiada.
Les pregunto ahora: ¿creen uds. que con estas condiciones Wagner tendría trabajo hoy?, ¿que se deben demoler las casas de Gaudí porque no hay como poner ni un cuadro adentro?, ¿Que ya no vale la pena leer “el Conde de Montecristi” porque te viste la película (que por cierto se inventa casi toda la trama…)?, ¿Que mejor es comprarse nomás el nuevo de Coelho para poder hablar con los conocidos, antes que la comedia humana de Balzac (total, quién también será ese man si o nooooo?)?, o que el torero alucinógeno de Dalí no es tan bonito ¿pues no cabría sobre la cabecera de tu cama?
También se puede tomar otra actitud respecto a la cultura y el arte en estos días: coleccionar discos que no te gustan pero que son interpretados por “los duros”, hablar de Existencialismo con soltura pues te leíste ya el “Sartre para Principiantes”; colarte en todo concierto y manifestación de arte importante que venga a la ciudad no por gusto propio sino para poder ser visto en dichos círculos (nada mejor que dormir con la Sinfónica Nacional de fondo); criticar a Niemeyer con saña después del episodio que viste sobre él el Discovery Channel; considerar tu casa como superior a la de aquellos desafortunados quienes no pueden tener los típicos cuadros de la puerta de iglesia quiteña y las flores que Van Gogh no quiso incluir en sus estudios sobre Margaritas colgados en sus paredes, no importa que te guste realmente el cuadro, lo que vale (literalmente) es la firma de Almeida y de Katasse en la esquina inferior izquierda. Hacer lo que sea por llevar encima el rótulo de intelectual que tanto ansías. Los “sabios” posmodernos que nos describía Lyotard no están únicamente en el lejano Tokio sino aquí entre nosotros.
Definitivamente todo este negocio no nació gratis, fue necesaria una propuesta que legitime o le dé validez a todo este asunto. Tras nuestro nuevo Mozart: Ricardo Arjona debe haber necesariamente un cerebro que apadrine sus esfuerzos y se los lance en paquetitos bien decorados al mundo.
Sobre la exquisita razón:
Todo aquello que llamamos “nuestro mundo” es tan sólo un juego de palabras que nos han creado una idea y que la hemos adoptado como nuestra (aquellos que estén interesados pueden consultar el trabajo de Saussure, Levi Strauss, Wittgenstein, Husserl, Lacan, Lyotard, Foucault o Derrida, entre otros), el gran músico y guitarrista Steve Vai diría que “vivimos dentro de una ilusión; pero en una ilusión muy, muy real”. Y si tenemos que dividir nuestra historia entre el salvajismo de antaño y el presente tan políticamente correcto en que nos toca vivir, es imperativo nombrar al racionalismo: el período consentido de antaño, la razón para el hombre, la razón como el centro del mundo.
Este nuevo período, modernidad para algunos, es patrocinado por Descartes como su mentor y tutor principal. Nos embutió de un raciocinio tan poderoso que se creía capaz de abarcar todo, a él le debemos mucho del sistema en que vivimos, desde los satélites… hasta el reggaeton.
Cogito ergo sum, pienso luego existo, dividir todo en sus partes minúsculas, para cualquier cosa se necesita un método, se debe desechar lo que no es claro y preciso, hay que ordenar las cosas por secuencias: de lo más sencillo a lo más complejo, surgen las taxonomías y en consecuencia la segregación, se facilitan las dicotomizaciones para sentar bases sólidas a la existencia racional. La sociedad vigila y castiga, el erudito se regocija y el progreso avanza con fervor. Si alguien tiene dudas al respecto pueden discutírselo a Michel Foucault (Vigilar y Castigar).
No mucho después Comte en su “Curso de Filosofía Positivista” corregirá la propuesta racionalista cartesiana al extremo al introducir el pragmatismo por sobre todo, es decir darle una utilidad tangible a toda acción y toda obra, lo que no se puede justificar es rotulado automáticamente como absurdo. Muere el enthusiasmos y se llena de flores a la ciencia. El arte se convierte en vasallo del absurdo.
…
Una maravilla la razón. Que lindo!!!
Pero ¿será en realidad la razón un monstruo tan terriblemente eficaz y asfixiante que no pueda dejar fuera de sus tentáculos absolutamente nada?. ¿Hay acaso otro tipo de realidad que exista fuera de los límites de la razón?
Siguiendo la misma línea, “deconstruyendo” esta aparente verdad, ¿no es acaso la existencia misma algo tan complejo que la racionalidad sólo ahonda su dificultad, cavando aún más profundo el hueco aquél en que nos enterró Descartes?, ¿los sistemas, pensamientos y corrientes bajo los cuales nos cobijamos (del neoliberalismo al Feng Shui, de Bush a Chávez, del jazz al punk, de Buda al Marxismo), son en realidad una voz de esa verdad que tanto nos impera la razón?, ¿el pensamiento mismo, supuestamente la célula del racionalismo, no es acaso un títere de esta misma razón?
El sistema educativo que nos ampara
Como hemos visto la nueva concepción de la realidad vino de la mano del racionalismo y la consecuencia del silogismo fue que el concepto de arte también se coló en esta vorágine, se salpicó de racionalidad.
En efecto es a partir del humanismo (siglo XVII) que el arte empieza a desarrollarse “porque sí”, o al menos no necesariamente bajo el amparo de la iglesia. La pasión según San Mateo de Bach tendría su equivalente en las Bodas de Fígaro de Mozart, Rafael ocupó mucho tiempo pintando los frescos de las grandes catedrales (la escuela de Atenas) mientras Velásquez si tuvo tiempo para pintar a una vieja cociendo huevos e insertar más de un significado a sus obras, el elogio de la locura o el príncipe de Erasmo y Maquiavelo, respectivamente, difieren mucho del Discurso del Método de Descartes o el Tractatus Políticus de Spinoza.
Pero lo grave no está allí, pues con esta revolución también vino una reforma al sistema educativo; si bien el humanismo contribuyó notablemente al desarrollo de la educación para todos, fue precisamente el método cartesiano el impulsor de la nueva ola de “los cultos”, cadena que sólo se amplió después con el positivismo maduro de Comte y su consecuencia: el Pragmatismo de Pierce y James.
El aparato educativo, del kinder a la universidad, genera gente útil y comprometida a su rol, mata los mitos y cucos de los niños con el pesticida cartesiano, le quita a cualquiera sus dudas con una secuencia lógica de eventos y consecuencias, los teoremas y reglas de la naturaleza son verdades a medias que están destinadas a caducar hasta la llegada del siguiente gran genio (sino pensemos un momento la opinión que tendría Newton de Einstein). Todo funciona aparentemente bien.
¿O no?
Los tontos útiles
En “la Condición Posmoderna”, Jean Francois Lyotard nos explica con claridad magistral que nuestra condición actual, posterior al modernismo, se caracteriza por un problema de legitimación; es decir que lo que se acepta como verdad, cualquier cosa, no es sino un discurso dentro de un juego generalizado de lenguaje. Las palabras construyen nuestra realidad y detrás de todas estas grandes tesis: Neoliberalismo, Democracia, Falocracia, Psicoanálisis, Anarquía, Positivismo, y la favorita del momento: Partidocracia etc, etc. se esconde siempre un gran discurso o relato, un Metarrelato, que le da un valor de auténtica a esta realidad y sirve a su vez de garante ante los achaques por parte de grupos no conformes.
Es decir que todos esos “ismos”, vivos o enterrados, son sólo juegos de palabras, de sentidos e interpretaciones que nos pusieron con un rótulo de “ésta es la realidad”. Si bien Lyotard encierra en éste, su discurso, a grandes ideas, vox populi, los metarrelatos no son en mi opinión necesariamente conocidos por todos. Sino pregúntenle a cualquier niño sobre esto y les responderá con su bendita simpleza tautológica que sólo prefiere jugar.
Por ello para mí estamos envueltos en un saber incompleto, tibio e insolente, pues está legitimizado como verdadero, con el aval del sistema racionalista.
Pero ¿cómo?, supongo que se dirán “este muchacho debe estar medio zafado… ¿no se supone que la razón es lo que le hace a la gente inteligenteeeee?”
Y es allí precisamente donde me baso, esa es la conclusión de mi epojé (ver las cosas sin prejuicio, tal cual son, ¿se acuerdan?).
Así como “las prisiones funcionan precisamente porque no funcionan, porque generan al delincuente” (Michel Foucault en “Vigilar y Castigar”); la razón funciona precisamente porque no funciona (en apariencia), o porque no está al alcance de todos. El sistema es eficaz precisamente porque genera con gran regularidad un número suficiente de idiotas. El racionalismo funciona correctamente en manera directamente proporcional a la cantidad de gente que nubla en un saber aparente. El saber necesita que nadie, o muy pocos, realmente estén en capacidad de pensar para poder existir. Se alimenta de lo la estupidez.
Detrás de esto no hay que olvidar un término clave: El Poder; pues es en verdad éste y no la razón el motor del mundo, desde siempre. Un poder que se extiende en forma brutal sobre todo, un poder generalizado sobre las masas y que actúa como víctima y verdugo de todo individuo, toda idea y toda institución, un poder que mueve como peones a todos sobre quienes actúa: las personas y las cosas, las ideas y los metarrelatos, los ismos y la razón.
La dicotomía estupidez-razón (implicando con esto que ambas cosas son en realidad dos caras de lo mismo), debe ser entonces útil a este sistema. No olvidemos que el pragmatismo, como corriente no sólo filosófica sino de vida, es también otro metarrelato… esto sucede así de las siguientes formas:
1. La estupidez instaurada como mal genérico de la especie humana asegura una globalización eficaz de productos e ideas, o ideas vendidas como productos (el saber es ahora un material de consumo, como la Coca-Cola, una cena que garantiza la calidad y refinamiento de su sabor laboral según la tarifa que pagaste por ella en un “templo del saber”).
2. Una caterva de tontos es en realidad una manada de individuos dóciles al consumismo, si no lo quieren creer les invito tan sólo un momento a analizar el verdadero mensaje tras el bombardeo de propagandas, cuidadosamente estudiadas, que abundan en los “medios” de comunicación.
3. La facilidad para insertar un nuevo relato en el aparato social es directamente proporcional al grado de estupidez de sus habitantes.
4. De la misma manera a un individuo le será más difícil cuestionar al sistema en la medida en que su imbecilidad sea progresivamente crónica (no olvidemos que la imbecilidad es un falso saber, más adelante ahondaré en el tema de nuevo).
5. La estupidez es progresiva, mientras más estúpido es el individuo, más fácil es aumentar en él esa condición y por ende más vulnerable será a las consecuencias pragmáticas del poder.
6. El tonto bien entrenado parirá una hueste de tontos igualmente aptos de continuar con la tradición, encerrados en sus cárceles de pensamiento racional, felices por lo que pueden seguir consumiendo o etiquetar como bien de consumo.
7. Pero esta estupidez es necesaria sobre todo porque ayuda a mantener el equilibrio. Para aquellos que pueden ver un poco más allá del velo de las apariencias les es necesaria también la idiotez como el camino a no seguir, como el otro lado de la alteridad cuya simple existencia les garantiza no estar “del otro lado”. Los tontos son como el fondo negro necesario para poder ver las estrellas.
El rol del Loco y del olvido como requisitos para saber
Si considero que tantas quimeras y falencias han sido creadas por el racionalismo; me veo en la urgencia de buscar el valor de su antítesis, hallar el valor de la sinrazón. Fundamentar mi razón en la ausencia de la razón, paradójico juego de palabras iguales con significados varios.
Siempre al margen, viviendo lejos la razón, se han hallado los locos. Individuos en un principio admirados pero considerados ahora un mal social: la espinilla en el bello rostro esculpido por la razón y la moral de la modernidad.
Gente que existe libre del apego al qué dirán, consecuentes sólo a su voluntad y sus dictados, grandes ignorantes de la voluntad general. Distintos y por tanto juzgados, castigados en público y temidos en secreto por el inconsciente popular. En lo personal considero que una de las mejores formas de conocerme y juzgar mi relación con el mundo es mi imagen personal de los locos.
En su diálogo citado anteriormente, Ión, Platón sentencia por boca de Sócrates que “la locura ha derramado los mayores beneficios sobre Grecia”. El enthusiasmos se presenta exclusivamente a los locos, quienes sólo así pueden desarrollar su arte a plenitud, me imagino a los locos como un grupo extenso de antenas parabólicas esperando a ser tocadas por un Dios. En la antigüedad no fue la razón y su desarrollo el sinónimo de progreso y triunfo, mas bien todo lo contrario: era la carencia de razón el requisito sine qua non para superarse.
En su búsqueda de una moral y de individuos superiores, Nietzsche nos dice en su libro Aurora que “casi siempre ha sido la locura quine ha abierto el camino a las nuevas ideas, quien ha roto el cerco de una costumbre o de una superstición venerada”. Al analizar esto más a fondo surge para mí no sólo un elogio a la “condición loca” sino también una necesidad de entregarse al olvido como condición para saber y para poder crear, ambos bloques de pensamiento tan presentes a lo largo de toda su obra.
Zaratustra, que no fue sino el otro nombre que se dio a si mismo don Nietzsche, al ser un convaleciente que estaba cerca de su “gran victoria” (de las tablas viejas y nuevas, Así Habló Zaratustra tercera parte), nos grita a todos y a sí mismo “¡borra de tus ojos el sueño y toda imbecilidad, toda ceguera! Óyeme también con tus ojos: mi voz es una medicina incluso para ciegos de nacimiento” (el Convaleciente, Así Habló Zaratustra tercera parte), está implícito que considera a la razón como un mal a ser superado, para entender esto tengamos presente que por definición de diccionario la imbecilidad es la ausencia de razón y el sueño es el dominio del inconciente, irracional, que duerme durante el día en nosotros.
Ese borrar que nos recomienda Zaratustra es una invitación al olvido, Nietzsche es EL pensador del olvido; el patrón filósofo de los estudiantes aquí presentes: Jorge Luis Gómez nos la puso clara en su “Modernidad y Nostalgia”: sin olvido NO hay creación.
A grandes rasgos, desde Schopenhauer al existencialismo, pasando una vez más por Nietzsche y Wagner; se puede dividir a la historia del mundo y la historia de sus cosas en un antes y después de ciertos individuos (la lista aquí se puede llenar a discreción de cada uno con Einstein, Shakespeare, Freud, Buda, Bach, Darwin, Picasso, Artaud, Kant, Fidias, Da Vinci y el largo etcétera de puntos de quiebre y referencia necesarios en cada rama del saber). Todos ellos llevan como patrón común su descaro ante el mundo por haberse atrevido a ver las cosas de un modo distinto y actuar consecuentemente con esto, por lo general en contra de la sociedad o mejor dicho “lo social”; son todos en su manera artistas, creadores compulsivos de una verdad: Su verdad que será después derramada ante los muchos para ser imitada, seguida y provocar ser refutada. Voluntad creadora de poder.
Para poder crear algo verdaderamente, para poder realizar lo genuinamente nuevo, es necesario olvidar; borrar de nuestros ojos el patrón conocido como realidad y enfrentarnos a nosotros mismos. Ignorar para crear, regalarse el título de ignorante, el que ignora, con dignidad.
Ser por esto locos, locos lúcidos de su locura, ignorantes a voluntad del saber.
Los templos del saber
Aparentemente hay una contradicción en este punto: por un lado mi charla suena a odio fundamentalista, dogmático, contra la racionalidad y su consecuente estupidez; contra el saber tibio e insolente que es legitimizado a diario por un título académico. Mientras por otro lado también he propuesto la ignorancia como camino a seguir, ignorar como el camino a un saber honesto, el antídoto contra esa tibieza. Ser ignorante pero no tonto, ignorar a voluntad.
Pero no olvidemos que he planteado la ignorancia como olvido, no como estupidez.
Me explico: si el saber racional es transmitido a través de un sistema educativo basado en métodos y técnicas en esencia cartesianas, abanderado por el positivismo; decir que la estupidez es el saber tibio e insolente implica directamente a todo el sistema educativo: a cada escuelita y universidad, implica incluso a los hogares, laboratorios y medios de comunicación.
¿Suena a un complot gigantesco? Pues quizá no me he explicado aún del todo bien.
Por saber tibio me refiero a una pretensión de saber, a aceptar como verdad absoluta una cosa si ésta es demostrada con fundamentos racionales suficientes. Es un saber tibio por cuanto al llegar a este punto de aceptación se queda allí inmóvil y “se enfría” hasta solidificarse en la concepción racional.
Es un saber insolente en la medida que una vez amparado por la razón, legitimizado; se torna como verdad superior por sobre las demás; aplastando bajo su falso trono a cualquier otra idea diferente si es que ésta no lleva impresa en su formulación una buena cantidad de pruebas y demostraciones.
Es un saber incompleto pues no tolera con tanta facilidad el cambio si éste es radical, incluso si eso es necesario.
Lo grave es que ésta es la actitud que mata al arte, que asesina al mito y aniquila al enthusiasmos. Como estudiante de arte puedo dar fe de ello.
Para toda esta revolución racional no existen herramientas más eficaces que los medios globalizados de comunicación, pues ellos tienen la facultad de manipular a su gusto y discreción lo que es moral y verdadero, lo que es bueno o no (y por tanto que valga la pena consumir o hacer o no…); por ello no extraña que el poder invierta tanto en mantenernos cada vez más “informados” y que las maravillas modernas de comunicación se tornen en bienes muy preciados a poseer.
El sistema educativo actual, en cualquier institución, se basa generalmente en números: desde el código de estudiante a las notas y promedios, muere el sujeto; por tanto debe hallar en su crecimiento constante una forma de impartir por lo menos un nivel mínimo tolerable de conocimientos en sus clientes o educandos, así como una forma de poder medir esto para llevar el control.
De ahí que esa apatía tan actual ante aprender e investigar no sea sino un añadido del sistema, que a su vez trata en vano exorcizar los demonios que él mismo invocó. Los profesionales serán en su mayoría nuevos números que engrosen las listas de puestos dentro de la industria. Son como el alimento de las estadísticas, así no lo quieran.
Nunca voy a hablar mal de mi universidad, pues de pocas cosas le estoy tan agradecido a Dios, pero incluso dentro de las artes liberales se ha insertado esta actitud.
La institución educativa, en un afán pragmático, no puede perder el tiempo en incentivar a la creación y la propuesta, en cultivar la imaginación y la creatividad, es más práctico a la carrera que brinda a sus pupilos que éstos aprendan principios y leyes fundamentales que ya han sido probadas y utilizadas, el razonamiento es casi nulo en este sentido. Incluso en las artes. Todo se basa en una técnica, techné ¿recuerdan?, la conciencia crítica es asfixiada por el sistema. En mi caso por ejemplo, no importa tanto que la composición que se nos envió nos suene bien, pues el profesor que recibe su sueldo de nuestras pensiones es pagado justamente para enseñarnos que una oncena natural sobre un acorde de séptima mayor es disonante y que esto incluso puede crear problemas al producir un disco porque hay un cruce de frecuencias… la idea originalmente “bonita” de nuestra cabeza se comprobó como inválida y aprender eso nos es necesario. Hasta ahora me hallo en una contradicción interna impresionante al respecto, pues lo que se debe aprender no necesariamente es lo más válido y al mismo tiempo necesito saber de esos errores para evitar equivocaciones fatales en “el mundo real”.
La educación no tiene la culpa tampoco por esto, si pensamos desde su ángulo no puede hacer más de lo que ya está haciendo (según este punto de vista); de todas formas está aportando al mundo su número requerido de profesionales, que tontos o no tendrán un título.
En mi opinión personal es preocupante, por ejemplo, que el futuro médico que vele por la vida de los seres queridos por mí, sea el compañero sumamente popular que pasó tanto tiempo de su educación universitaria jugando ping pong o tomando cerveza con ahínco cada viernes en la tienda de al frente… así como de igual manera me preocuparía si veo que la gente que ahora posee una mente que sirve en forma casi exclusiva a dedicar todos sus mejores esfuerzos en decorar un auto o combinar la ropa según la nueva tendencia ocupe los nuevos puestos de abogados, cocineros, directores de empresas, políticos, cineastas y arquitectos.
Lo grave es que incluso no habrá como quejarse, pues el ministerio les pondrá un sello sobre un cartón que los certifica como “profesionales”.
Me pregunto ahora ¿Será que el mundo puede progresar con tanta gente así?
Entre un Sócrates mejorado y un superhombre….
Por supuesto que sí !!!
Fito Paez nos diría que “es sólo una cuestión de actitud”, lo importante no es la realidad que se vive sino cómo decidimos afrontar esa realidad. Toda esta propuesta, esta diatriba, tiene como único objeto “picar” un poco la conciencia de ustedes y proponerles una alternativa.
Si estamos en un mar de idiotas será necesario aprender a nadar y rápido. La cuestión es como hacerlo.
Así como me he dedicado a criticar al pobre Descartes, quien muy probablemente no tenía ni idea de todas las consecuencias de su pensamiento, porque apadrinó un nuevo concepto de razón (el otro gran racionalista es Sócrates, pero a él le vamos a dar un trato distinto…), fue entonces lógico en mí buscar refugio en el otro lado: en la sinrazón, el irracionalismo.
Adecuadamente Friedrich Nietzsche anticipó todo esto: el ocaso de los ídolos (las ideas, en este caso el racionalismo) y la consecuente búsqueda en el pasado por un futuro mejor (el enthusiasmos griego); así como hallar una genealogía de lo que en apariencia ha funcionado bien desde siempre.
Con seguridad la máquina de tontos útiles, y profesionales, esta fábrica de hamburguesas cerebrales ofrece cierto amparo a quienes se cobijan en su seno. Ante la brutalidad de una existencia conciente sólo se presenta un subterfugio de la voluntad de vivir, la apariencia (llámese falso saber, moda, banalidad, imbecilidad) es el techo de amparo ante el miedo.
Vivir es sufrir, eso parece estar claro para el antiguo mundo griego, para los budistas y para los seguidores de Schopenhauer (como Wagner, Borges y el Nietzsche temprano).
Plantearse la existencia como un eterno sinsentido donde sólo cobra sentido el sufrimiento no es una actitud pesimista, eso es para los débiles, sino una forma de aceptar la vida con coraje y enthusiasmos.
Ama tu destino, ésa es la nueva gran máxima de vida, el impulso vital que repele la apariencia, minimiza las flaquezas y fortalece el espíritu. “La Filosofía hace más fuertes a los fuertes y más débiles a los débiles” dice Nietzsche.
En lo muy personal considero que vivir en el dolor, aceptándolo, es la única manera de conocer la verdadera felicidad, de trasgredir el miedo que no puede esconder más su fetidez por más religión, baratijas, ropajes y libros de autoayuda cortesía de Cuauhtémoc Sánchez. Sólo entendiendo el dolor y el miedo se puede comprar el boleto de salida de la rueda, del Samsára.
Pero ¿por qué el miedo?
Hay dos actitudes que podemos tomar frente al miedo: mentirnos o ser valientes. Vivir con el miedo a nuestro lado, ya no como la peste a evitar sino como la gasolina misma de la existencia.
Se puede intentar vivir así bajo una concepción dionisíaca del mundo, no la del dios de las orgías sino como el dios de la pérdida de individuación, de la represión olvidada, el dios más allá de la razón y que nos regala el sueño y embriaguez como única alternativa para reafirmar la existencia.
Pero ese camino es sólo eso, sueño y embriaguez, no toma cartas concientes en el asunto, es un olvido tibio, digno de débiles.
Por ello ahora me permito invitarles a tomar a la ignorancia, a ese mismo miedo que nos aqueja, como el anticuerpo necesario ante la condición idiota, ante el reinado del horror.
Aquí necesito volver a otro de los padres de la razón, tradicionalmente interpretado como aquél que empezó todo: Sócrates. Pero no voy a hacerlo desde el marco antiguo de un Sócrates serio que tuvo un alumnito por ahí que se llamó Platón. Vamos más bien a centrarnos en el Sócrates maduro, el que se suicidó con dignidad, el Sócrates cultivador de la música, el Sócrates enviado por Apolo pero que terminó viviendo bajo el amparo de Dionisio.
Así como Jesús, el personaje más parecido de la historia por toda su vida y obra a Sócrates, nos resumió todo su mensaje en “Ama al prójimo como a ti mismo”; Socratito nos dijo “sólo sé que no sé nada”, era totalmente conciente de que era el más ignorante, porque estaba lúcido. Y el oráculo de Delfos en su ignorancia lo confirmó como el más sabio.
Detrás de un olvido conciente, de un ignorar; no saber nada, vivir en la incertidumbre y la locura, se esconde una eterna fuente de conocimiento. Es como subir una montaña, mientras más alto escalamos más paisaje se nos asoma por ver y el verdadero explorador encuentra en esta inmensidad un recurso de exploración infinita.
Abrazar al miedo con valentía, saberme ignorante, ése es mi camino para ser menos idiota cada día. Es cuestión de opciones: se puede ser un borrego o un pastor; los borregos tienen todo arreglado, sólo pastan y son sacrificados mientras el pastor vela en medio de los campos de la nada por sus ovejas y es dueño de sus vidas, y de la suya.
No planteo aquí el ideal de un superhombre, planteo la necesidad humana por la locura y la ignorancia. Aquél que nunca lleva un saber tibio, necesita que su búsqueda sea constante, que sea un saber “caliente”.
El saber racionalista es un saber insolente, que tras una aparente calma y pretensión esconde su verdadero testaferro. Aquél que sabe que no sabe adopta con esto una bandera más sublime, la humildad real y pura, el alma desnuda ante el mundo y ante sí mismo. Su sapiencia preponte se trasmutó en aceptación de un destino, en sencillez y nulidad de la soberbia; en locura lúcida. Se replantea un nuevo código moral ajeno a los estatutos de la manada, se goza de la extrema libertad, la verdadera paz de vivir honestamente con uno mismo.
Si bien ahora el arte viene con código de barras, los cds traen tácitamente fecha de caducidad y las instituciones de educación educan a medias; ésto no quiere decir que el arte ha muerto, que ya no hay gente enferma de curiosidad y que el enthusiasmos apesta a cadáver.
En su Hiperión, Hölderlin dice “el arte existe para ayudar a la gente a vivir”, a pesar de todo el racionalismo que le salpique el arte es necesario, la locura, como entusiasmo, es necesaria. No sólo por su aporte estético sino porque el arte es tan vital para existir como el aire.
Busquemos entonces hacer de nuestras vidas una obra de arte, vivir con ese ímpetu tan exquisito de los niños cuando encuentran algo nuevo, olvidar para poder encontrar siempre algo nuevo.
Mientras haya gente dispuesta a vivir con arrojo ante el sufrimiento, locos concientes, locos que ven, discípulos de Hamlet, el arte no morirá. La estupidez se esquiva por quienes saben por donde pisar.
Si el concepto griego del mundo, aparentemente tan sublime y perfecto sucedió en los albores de la humanidad, y la modernidad, posmodernidad y racionalismo son el símbolo inequívoco del ahora. Creo yo que es hora ya de asumir un rol activo, militante ante la estulticia, no es matar al tonto sino tolerarlo en el marco de nuestra empatía ignorante para con su estado.
“La madurez del hombre consiste en volver hallar la seriedad con la que jugaba cuando era un niño”
- Nietzsche -.
Muchas Gracias
David Villarreal
sábado, 17 de marzo de 2007
LA SOCIEDAD DE LOS ILEGALISMOS

Jorge Luis Gómez Rodríguez
Coordinador de Filosofía
Universidad San Francisco de Quito.
Sobre una mesa, casi una bandeja de depósito de cadáveres, el cuerpo inerte y sangrante del presidente yace mudo frente a la indiferencia de tres espectadores .Los tres sujetos muestran fastidio, indiferencia ,malestar, pero un extraño interés ,una extraña esperanza… La ansiedad de la espera se ve reflejada en la forma como los tres espectadores sostienen sus cabezas .Codos y manos empuñadas denotan un tiempo pasajero, una coyuntura ya conocida .Los tres espectadores son indiferentes al suceso .Su interés se concentra más allá de la escena .
De izquierda a derecha, el tercero de ellos, nos muestra hacia dónde apunta la espera .El mira de reojo al futuro, como haciéndonos ver que el cadáver no significa nada para él, que la institucionalidad que representa no es nada .El primero de ellos, observa al cadáver como quien observa una piedra, como quien observa algo que verdaderamente no le interesa.
La pintura “Forajidos”, de Carlos Echeverría Kossak , es desconcertante .Desconcierta por la frialdad de sus personajes, por su extrema indiferencia. Pero, más aún , desconcierta por el extraño interés que muestran en algo que no aparece inmediatamente en la pintura. Cómplices del desenvolvimiento futuro de la historia nacional, los personajes parecen esperar, sin remordimiento ni escrúpulo alguno, un lugar preciso en el próximo gobierno. Esta disposición de estar y no estar de los “forajidos” en la escena de la pintura es lo más desolador que hay en ella. La mirada de reojo del tercer personaje cala hondo en los observadores .Una extraña complicidad entre el ver interesado del tercer personaje de la pintura y nosotros los espectadores, se abre como un diálogo oculto, como un saber en el que estamos y no estamos , en el que vivimos y no queremos vivir.
Las imágenes que nos enseña la pintura, la crudeza que refleja, me recordó la fotografía que muestra al cadáver del presidente Gabriel García Moreno, postrado y sangrante frente a algunos soldados de la época, portando viejos uniformes y viejas bayonetas, con alpargatas de indígenas, indiferentes a la historia y a los acontecimientos, testigos mudos de una historia que, a pesar de las distancias y las diferencias de los sucesos, lamentablemente se repite .En ambas imágenes se refleja el resultado de un particular desarrollo social, de una lógica interna en la que es perentorio reflexionar .Quisiéramos desarrollar esa incomodidad, ese malestar de la cultura en la que vivimos, mediante una reflexión sobre el concepto de “ilegalismo” que Michel Foucault expone en “Vigilar Castigar .El nacimiento de la prisión”.Las conecciones entre el concepto mencionado y la realidad nacional son asuntos que , si bien obedecieron a los propósitos iniciales de esta investigación ,deberán ampliarse y profundizarse en futuros intentos.
I. El concepto del Ilegalismo en Foucault.
Por lo general, el sujeto ilegal y las prácticas ilegales se ven refutadas por la ley y lo jurídico .Lo ilegal siempre es comprendido desde su contrario. En el caso del uso del término “ilegalismo” en “Vigilar y Castigar “( 1975) de Michel Foucault, sucede lo contrario. Foucault borra los contornos de la pareja legal-ilegal, para darle con el “ismo” un contenido real y positivo en la dinámica del poder, una sustancia de hecho histórico que no responde a un sujeto determinado, sino a un hecho social anónimo pero constituyente de la sociedad como de la dinámica del poder. La pareja legal-ilegal queda superada con el término ilegalismo de Foucault, Con la creación de este “ismo” , el autor intenta darle no solo una elasticidad más amplia a la realidad social que designa, sino también elimina la relativización para sacar de él el contenido moral y el desprecio conceptual en el que el término vive.
Si creemos a Francois Boullant el término “ilegalisme” es “un neologismo inventado por Foucault” (“ M.Foucault y las prisiones” Ed. Nueva Visión.Buenos Aires 2004.pag 73 ).Toda sociedad es generadora de ilegalismos como conductas desviadas de las normas y al margen de la ley. Los ilegalismos son prácticas intersticiales que evitan el control y las normas de la ley y que son, en cierta medida, generadoras de utilidad como también son factores de la dinámica legislativa que intenta controlarlas o extirparlas. El problema surge cuando se intenta desde lo legal y el ejercicio de la ley, acabar con los ilegalismos. Trascendiendo esta contraposición, situándonos más allá de ella y dándole a los ilegalismos un contenido interticial positivo, el ilegalismo puede incluso ser factor de progreso y motor de la reforma. En sentido estricto, no se puede acabar con los ilegalismos, en la medida que ellos son factores determinantes de la dinámica del poder en la sociedad.
Como hecho positivo, el ilegalismo también puede crecer e instalarse de por vida en la sociedad. En cierta medida, los ilegalismos triunfan cuando la sociedad no puede controlarlos mediante la reforma. Por eso, el límite de los ilegalismos es la propia reforma .Sin embargo, la reforma no erradica a los ilegalismos, sino solo los controla.
Desde este peculiar punto de vista, el juego entre tolerancia e intolerancia de los ilegalismos constituye el motor de la legislación. Mediante los vacíos irracionales que se le escapan a la ley ,mediante los juegos del poder que siempre viven de los ilegalismos, el espacio intersticial construye sus posibilidades y desarrolla así un margen o umbral que le permite prolongar un beneficio que sobrevive, siempre y cuando la legislación no lo declare intolerable .El juego de la tolerancia –intolerancia de los ilegalismos, termina por controlarlos cuando los degrada en la ilegalidad frente a la ley.
La idea foucaultiana de una sociedad estructurada sobre la base de los ilegalismos, una sociedad y una ciudadanía que interpreta a su modo a la ley producto de la total desconfianza en el Estado y el gobierno, una sociedad en donde el paro y la rebelión popular no sean más que funciones útiles al secuestro del poder por vía ilegal, una sociedad en la que cambiar al presidente de la república una vez al año es una verdadera fiesta popular, el verdadero Inti Raymi del ilegalismo, en fin, una sociedad en la que el gobierno ilegal busca asentarse en el poder mediante la acusación pública de las ilegalidades cometidas por el gobierno anterior ( también ilegal), me llevaron a pensar en lo fructífero que sería esta vía en la que piensa el autor de “Vigilar y Castigar”, para reflexionar desde la filosofía en el proceso político y social del Ecuador en las dos últimas décadas.
Pero no solo bastaría con denunciar esta situación y los peligros evidentes que entraña. También sería necesario, en la medida de lo posible, intentar mostrar que a falta de poder y de gobierno, la constante teatralización de los ilegalismos no solo vuelve obsolescente a la ley ( y en última instancia a todo orden ), sino conlleva un ejercicio que concientemente beneficia a los grupos de poder y a la dinámica del poder que ellos promueven en la sociedad. De algún modo, la sociedad de los ilegalismos más que interesarse verdaderamente en transformar los ilegalismos mediante su degradación en lo ilegal y fuera de la ley, produce más ilegalismo a través de la punición generalizada con la que ,aparentemente, busca frenar la dinámica interna del poder y de los grupos de poder .En cierta medida, la teatralización de los ilegalismos como acusación y reacusación pública, con la que supuestamente se busca frenar la reproducción de los ilegalismos ,solo logra afianzar aún más el clima de inseguridad jurídica, tanto como compromete a la reforma política mediante su poder de transformar la misma legalidad en el más concreto y efectivo “más allá de la ley”.
La preocupación que nos amenaza se presenta hoy, como sugieren algunas opiniones, del lado de la refundación del Estado, de un Estado sobre el Estado o de un gobierno fuerte que le de al Estado Nacional ( o le devuelva ) el verdadero lugar que le corresponde. Tanto en el orden jurídico como en el orden económico, aumentan a diario las ideas del viejo Estado monopólico. Pero no importa esta amenaza por lo viejo de sus ideas, sino más bien, por la amenaza que representan a las libertades individuales.
Sin embargo, el fantasma del totalitarismo está a la vuelta de la esquina. Ya el gobierno recientemente expulsado, nos presentó un esquema “dictócrata” ( sic veniat verbo ¡) no por ello, ajeno en sus funciones al modelo de una refoma radical de los ilegalismos .El problema, en este caso, no reside en la capacidad del totalitarismo para erradicar los ilegalismos. Más bien , no se trata de radicalidad ninguna, ni de extremismo en el freno a la corrupción generalizada. La corrupción no se la puede erradicar por decreto, ni de un día para otro. Se trata del poder de controlar los ilegalismos . El juego entre ingenuidad y radicalidad frente a los ilegalismos hace las veces de catalizador de la futura reforma política. No solo sería ingenuo erradicar la corrupción en el Ecuador, sino también de nada serviría el traducirla en la utilidad de los intereses particulares .En ambos casos, el remedio siempre es peor que la enfermedad!
Algo de este paso infructuoso entre ilegalismos y reforma nos narra Foucault en el libro mencionado. La visión que nos presenta cuando describe el nacimiento de la prisión en el siglo XIX francés, nos muestra que la reforma no logra regular los ilegalismos, Si la reforma busca administrar el juego de la tolerancia-intolerancia de los ilegalismos, no logra más que imprimir un falso sello de diferenciación y administración, una economía general de los mismos pero no su control.
Sin duda que la formulación de Foucault es desconcertante a todas luces. La idea del filósofo es mostrarnos que la lógica interna del poder en la modernidad occidental, hace de la instrumentalización de los ilegalismos su principio de reproducción. A la falta de control de los instrumentos que utiliza el poder, debido a que éste hace uso de un horizonte que encubre con el juego de la legalidad-ilegalidad sus verdaderos propósitos, la reforma política solo puede ser concebida como “ cierto campo de libertad a algunos, haciendo presión a otros, excluyendo a una parte para hacer útil a la otra, neutralizando a éstos, para sacar provecho de aquellos” ( 277 ).Si la reforma política no es más que un sutil “control diferencial de los ilegalismos”( 288 ), no podremos esperar de ella más que un reformismo cosmético .
¿Quedará un resquicio de salvación de lo legal y la legalidad en el Ecuador? ¿Será posible reparar en la legalidad de los ilegalismos para allí, reconfigurar un proyecto de reordenación y readministración de los mismos?
Por lo pronto, nada sacaríamos con buscar el origen de los ilegalismos en el Ecuador .Sin embargo, la burguesía ecuatoriana es y será un factor detonante en la multiplicación de los mismos, pues, como dice Foucault, “la delincuencia propia de la riqueza se halla tolerada por las leyes y cuando cae bajo sus golpes está segura de la indulgencia de los tribunales y de la discreción de la prensa”. ( 294 )
Pero las vías de erradicación de los ilegalismos no deben ser en sí mismas productoras de su difusión en el cuerpo social. Este es el sentido oculto, como la mala comprensión, de la última arenga social que se hizo popular en el levantamiento de Quito: “Que se vayan todos’’! Con ella no se hace otra cosa que reproducir los ilegalismos, pues la sociedad sin sujeto representa, en toda la diversidad de sus querellas y conflictos, una vía radical que no expresa otra cosa que nuevos lenguajes y perspectivas, nuevas reconstrucciones coyunturales de las mismas estrategias del ilegalismo que intenta trascender.
A buen entendedor sobran las palabras: no se puede erradicar la corrupción. Sólo se necesita controlarla.
II La sociedad sin sujeto.
Con el crecimiento indiscriminado del umbral entre legalidad e ilegalidad nace la sociedad de los ilegalismos. En ella los instrumentos del poder, para poder vivir y sobrevivir, necesitan de un margen de tolerancia, una coherencia o lógica interna, como una economía propia. Frente al consentimiento inconciente, a la negligencia o a la imposibilidad efectiva de imponer la ley, el ilegalismo es capaz de generar su propia tolerancia. Esta tolerancia es de lo más singular.
Al buscar el beneficio en el umbral de la ley y de la ilegalidad, conquista mediante la imposición, la fuerza y la obstinación su espacio de desenvolvimiento. Este espacio vital es defendido con la misma obstinación con la que se luchó para conquistarlo. El ilegalismo vive de la obstinación-imposición como un recurso eficaz para prolongar su permanencia . En la medida que es capaz de imponerse en el tiempo, triunfa cuando distribuye la obstinación-imposición en todo el cuerpo social . Por eso acapara todo los rencores y venganzas, todas las insatisfacciones y marginalidades, todos los abandonos y delincuencias , toda la voluntad creadora degradada en el “quemeimportismo” social, hasta provocar la desaparición del sujeto social. Mientras más ilegalismo, más crece la obstinación-imposición en el cuerpo social ,tanto como más tiende a distribuirse la obsolescencia del sujeto social .El amparo de estas prácticas no solo se distribuye desde el gobierno nacional, sino de la Cámara de Diputados, de los partidos políticos que lucran con el descontento social, en los medios de comunicación, en la opinión ciudadana.
La multiplicación de la justicia, la diversidad hermenéutica de justicias que crecen como paliativo al descontento generalizado, nacen del seno mismo de la sociedad sin sujeto. La legislación parcializada le cierra el paso a la efectividad de la ley. Gran parte de las reformas a la ley se la obtiene mediante infracciones a la misma . Las 17 Constituciones del Ecuador no pueden ser pensadas como diversas formas de reformas a la ley, sino más bien, como 17 formas históricas de quebrantamiento de la legalidad . Los ocho meses sin Corte Suprema de Justicia, son tiempo suficiente para alimentar el proceso de obstinación-imposición en toda la república.
Como decimos, el ilegalismo se alimenta mediante la solidaridad de la obstinación-imposición en todos los órdenes . El juego recíproco de los ilegalismos mantiene el apoyo, distribuyendo su fuerza para vivir en cada individuo como en cada organización social . El umbral entre legalidad e ilegalidad se transforma en el modus vivendi de la sociedad.
Pero la solidaridad entre los ilegalismos no solo crece día a día en la sociedad sin sujeto, también es capaz de desvanecer toda pretensión de gobernabilidad y representatividad política . En cierta medida, todos los conceptos tradicionales, tales como democracia , Estado, política , familia, huelga etc, tienden a perder su estatuto y configuración clásica, para orientarse en el umbral de la legalidad-ilegalidad .El verdadero gobierno de la sociedad de los ilegalismos es la obstinación-imposición con la que las prácticas del ilegalismo, en la distribución solidaria de sus conductas cotidianas, es capaz de producir en el cuerpo social.
En la sociedad sin sujeto, el ilegalismo consigue reemplazar a la ley. La transforma en una fría e inútil formulación decantada en mera positividad . Sin relación alguna a los sujetos y sus conductas diarias, independientes de nuestro juicio y de nuestra razón . La ley se presenta como una muerta objetividad, al igual que los animales disecados de los gabinetes de historia natural .Por un lado está la actividad autónoma del sujeto social y, por otro, la muerta objetividad y positividad de la ley. Esta disolución de la ley en mera positividad, representa no solo la total enajenación y extrañamiento del sujeto social y su libertad, sino también , como dice Hegel, “la subjetividad absorvida por la sustancia”.
Pero no sería suficiente observar este tipo de prácticas en las conductas familiares, en las formas y estilos argumentales de las reuniones políticas y barriales, en el periodismo nacional, en el tránsito vehicular, en el diálogo con los vecinos, en las relaciones profesor-alumno , en las relaciones de pareja, en el libre opinar de la calle .Bastaría con señalar los niveles de complejidad en los que se distribuye el ilegalismo, para abandonar de inmediato el intento de atrapar su racionalidad omniabarcadora.
Por lo pronto, el ejemplo que nos ofreció Octavio Paz en su “Laberinto de la soledad”, con el “valemadrismo” mexicano, nos debería servir para considerar al “valeverguismo” ecuatoriano ( sic veniat verbo ¡) como uno más de los canales de distribución del ilegalismo en las prácticas y conductas diarias de la sociedad.
III Del espectáculo al espectador de los ilegalismos.
El espectáculo público de la corrupción, su articulación mediática, su representación como triunfo de la denuncia y la “justicia”, su manipulación desde el gobierno, expresa también una glorificación y una enseñanza de la viabilidad astuta de la corrupción y de la injusticia : “La proclamación póstuma de los crímenes justifica la justicia, pero glorifica también al criminal”( 81 )
La mejor forma de evitar esta publicidad de la corrupción, como paliativo a la reproducción de los ilegalismos , sería suprimiendo la expresión pública de la denuncia, canalizarla por las vías de la expresión del derecho, como asunto judicial y administrativo, más como pudor administrativo que como publicidad y acicate de los derechos ciudadanos. Si bien el derecho y la ley necesitan de esta expresión pública, al mismo tiempo que son capaces de proclamar la necesidad de la ley y su cumplimiento, producen el descontento popular como la fuerza desarticuladora de los ilegalismos .
En cierta medida, en la sociedad sin sujeto, la ineficacia de la ley, su obsolescencia, conduce a la justicia al sitio del espectáculo público. Esta teatralización constante de las conductas del ilegalismo, del juicio y del aparente ejercicio de la justicia, sobre todo en manos de los medios de comunicación, no representan un remedio a la crisis, sino son una expresión más de la verdadera enfermedad que aqueja al paciente. Mientras más publicidad se hace a las instituciones que resguardan el orden público, más aumenta y se despierta el descontento popular frente a su pretendida eficacia.
En este tipo de sociedad, el ciudadano es llevado al rango de espectador y de testigo, degradado en el personaje que no logra satisfacer su sed de justicia más que como espectáculo punitivo. En él no triunfa el verdadero ejercicio de la ley, sino, por el contrario, el resplandor de la ley queda degradado solo en el goce del descuartizamiento público del condenado, en la intriga familiar y en la deshonra pública de la acusación.
Pero la acusación y recriminación pública del delito no elimina el delito, sino lo promueve indiscriminadamente . Al salir la ley del Palacio de Justicia y prostituirse en la acusación pública , se degrada en una constante teatralización . Por un lado, sirve para justificar a la ley, pero, por otro, invita a transgredirla.
El motor de la rebelión popular en la sociedad de los ilegalismos es esta teatralización de la acusación pública . Cada cierto tiempo, las alforjas de la tolerancia ciudadana se llenan de actos luctuosos, de conductas delincuenciales, de acusaciones y reacusaciones, de malas administraciones y administradores, de transgresiones flagrantes a la ley . Condenados por la misma sociedad a ser espectadores de este teatro de la ambigüedad, soportan este proceso acumulativo hasta explotar en la rebelión popular.
Pero la rebelión popular no expresa en la sociedad de los ilegalismos una verdadera reivindicación de las libertades individuales y grupales. Ni siquiera es capaz de ser una expresión mitológica del descontento generalizado .Más bien, la rebelión popular en la sociedad de los ilegalismos al no estar sustentada en la libre disposición del sujeto del descontento social, solo sirve para que los espectadores se vuelvan parte del espectáculo. Como actores que reconocen su actuación en la misma pantalla de la impunidad de la ley, no son capaces de reconocer su actuación en la gran telenovela de los ilegalismos.
El pueblo levantado en armas, en la extrema venganza contra el poder y contra todos, no hace otra cosa que satisfacer su sed de ilegalismos cuando intenta erradicarlos . Como coejecutores del ilegalismo, la gran masa que practica la estampida popular buscando ingresar en la ley por la puerta de la rebelión, no consigue más que refundar y ampliar en múltiples brazos al ilegalismo. Cuando el poder se vuelve cómplice y acicateador del espectáculo punitivo, no queda otro camino que responderle con otro espectáculo.
Al esclavizar al ciudadano como espectador de los ilegalismos, la sociedad sin sujeto priva al ciudadano de una libre relación con su mundo externo .Al transformarlo no en testigo eficaz de los ilegalismos, sino en generador de los mismos, desvía y prostituye sus intenciones reformistas en más ilegalismo del que necesita. No le ofrece la posibilidad de ser el motor de una reforma, sino solo le ofrece el espectáculo como paliativo a su descontento.
El papel de espectador del ciudadano en la sociedad de los ilegalismos, queda retratado plenamente en esta imagen que Foucault nos comunica del suplicio público en el siglo XVIII:
“( al pueblo)…se le convoca para que asista a las exposiciones, a las retracciones públicas; las picotas, las horcas y los patíbulos se elevan en las plazas públicas y al borde de los caminos; se deposita en ocasiones durante varios días los cadáveres de los supliciados bien en evidencia cerca de los lugares de sus crímenes .Es preciso no sólo que la gente sepa, sino que vea por sus propios ojos. Porque es preciso que se atemorice; pero también porque el pueblo debe ser testigo, como el fiador del castigo, y porque debe hasta cierto punto tomar parte en él .Ser testigo es un derecho que el pueblo reivindica; un suplicio oculto es un suplicio de privilegiado” ( 63 )
La sociedad de los ilegalismos desarticula la dinámica del poder y contrapoder, en el teatro del espectáculo punitivo. El juego del poder sucumbe en la venganza múltiple, en el rencor total .Al tomar parte en la venganza, ciudadano y poder se identifican con la realización del ritual punitivo .Mediante la teatralización de la punición , el pueblo entra a viva fuerza en el mecanismo punitivo, pero redistribuye sus efectos en otro sentido, para continuar impulsando “ la violencia de los rituales punitivos”(66 )
IV La reforma de los ilegalismos .
La justicia tradicional se ha desnaturalizado por los privilegios sociales que ampara, por la venta de la sentencia al mejor postor, por la confusión “entre dos tipos de poder : el que administra la justicia y formula una sentencia aplicando la ley y el que hace la ley misma” (82 ).
La justicia es irregular pues depende de una multiplicidad de estructuras encargadas de su cumplimiento .Hay diversidad de justicias en la sociedad de los ilegalismos, tantas como para desnaturalizarla por completo .Al existir esta multiplicidad , se multiplican las instancias que velan por su cumplimiento neutralizándose hasta volverse “incapaces de cubrir el cuerpo social en toda su extensión” ( 83 ).
La desorganización total de la sociedad de los ilegalismos, también se manifiesta como exceso de poder .Todos tienen poder .Miles de juridicciones inferiores, poder local, poder y arbitrio en cada segmento de la sociedad, barrio ,municipio , provincia, partido, familia, consejería, ventanilla .Se multiplica sin control la arbitrariedad, del mismo modo que se ejerce el poder con severidad cuando no se lo necesita o se es excesivamente indulgente .Cada ciudadano interpreta la ley a su antojo, cada barrio, cada familia toma resoluciones que no le competen .Se identifica el poder de castigar y los derechos particulares como poderes personales al infinito. El panorama lo define Foucault de la siguiente manera : “La parálisis de la justicia se debe menos a un debilitamiento que a una distribución mal ordenada del poder, a su concentración en cierto número de puntos, a los conflictos y a las discontinuidades resultantes” ( 84 ). Se trata más bien de “ asegurar una mejor distribución de este poder, hacer que no esté ni demasiado concentrado en algunos puntos privilegiados, ni demasiado dividido entre unas instancias que se oponen” ( 85 ).
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Como en la pintura de Carlos Echeverría, donde observamos y no observamos una indiferencia, una opción oculta, una vía desoladora y desconcertante de los personajes de la escena, nuestras reflexiones intentan, por su lado, el adentrarnos en esa conciencia cómplice que se replica misteriosamente en el espectador de la pintura. Estar implícitamente evocados en la pintura es ya una exhortación, un incentivo para intentar resolver la encrucijada en la que vivimos.
Cumbayá, 15 de Octubre del 2005.
jueves, 15 de marzo de 2007
EL UNO Y EL OTRO PARA EL NUEVO CINE ECUATORIANO

El Uno es una concepción perversa, concebida por humanos para pervertir humanos; para matarlos, para enloquecerlos, para apaciguarlos, para esclavizarlos. Defino como una idea perversa a aquel fruto del pensamiento, que en su acto de deliberación, no intenta acercarse a la realidad para interactuar con ella: para transformarla y dejarse transformar; sino que le produce tanto miedo el mundo, la realidad y la vida, que se concibe a sí misma como una esfera aislada, perfecta, completa y eternamente separada de cualquier posibilidad de cambio; la idea perversa es la verdad irrefutable: la unidad. La unidad no existe, con esto no quiero decir que no pueda ser pensada; no existe pues es, desde mi punto de vista, un infantilismo de la filosofía de principios de siglo XIX, un proyecto que empezaba a desgarrar al pensamiento con sus dioses imposibles y sus democracias imaginarias. Escribir libros para decir “la verdad” y no solo decirla, sino hacerla cumplir a cabalidad: políticamente, con instrumentos “legales”, exportarla e imponerla, hacerla ciencia y universidad, hacerla universal y norma, hacerla arte y filosofía, hacerla cierta por la violencia de la aniquilación, de la eliminación de cualquier otra posibilidad de idea.
La idea del Uno es la idea del Rey; del que puede escribir las leyes tomando su desayuno, o masturbándose en el balcón de su castillo, observando al pueblo mientras emite sonidos de su pobre satisfacción. Lo único que hace El Uno es encubrir la verdadera ignorancia, la de la verdad que pretende ser cierta a la fuerza y la de la razón del “más fuerte”, pero este “fuerte” no es más que una piltrafa debilucha, vaga y embustera. Un Rey remordido por el miedo de ser atacado por su pueblo, un rey que se levanta temblando por su vida, que ve a la vida como una persecución, perseguido por su conciencia de pecador y comulgando en sus antros de perdón para evitar la inevitable venganza de los que oprime.
En el Uno proliferan todas las enfermedades, pues al pretender ser un ambiente antiséptico y homogéneo, los virus, las bacterias, y los cuerpos que usualmente viven con nosotros, se convierten en enemigos voraces. El Uno habla de la igualdad, de la unificación, de la paz, del consenso y del diálogo. El Uno, en su potente cóctel de vacunas, no permite que ningún otro cuerpo viva en él, ni una sola ameba podrá hablar de otra cosa que no sea lo que es del gusto del Uno. El Uno es el “niño burbuja” de Baudrillard, el pequeño que vive preso de su ambiente y de su sanidad, encerrado en una esfera tan limpia como su deseo y su conciencia; el niño burbuja no sabe dibujar, pues no puede rayar ninguna pared de su cristalina cárcel, tampoco sabe imaginar, pues cree que lo poco que le rodea es el mundo entero; el niño burbuja no quiere vivir, cada cosa que ingresa a su cápsula le parece extraña y peligrosa, el niño burbuja es pura angustia y puro miedo, todo lo que toca lo convierte en suyo para no temerle, todo lo que representa se vuelve una imagen segura de su YO. Todo lo que le rodea es una extensión de su temor, de su malestar de estar vivo, de su intensa confusión sobre estar en el mundo y de su ansiosa necesidad de sentirse seguro.
El Uno crea el área y el margen. Ya que tiene el poder, opera como un segmentador de la tierra y de las ideas; al mismo tiempo que unifica, divide. Deja de lado a todo lo que no se le parezca, para estar sano, para que continúe su reinado. El uno es la intolerancia de lo externo: él crea el adentro y el afuera; Él hace del lenguaje un instrumento de segregación, un agente contratado para vigilar, un látigo que golpea en cada frase a los que él odia, y él odia a todos. El Uno crea y se alimenta de la paranoia, cree que todos van a entrar a su territorio para infectarlo, para quitarle el trono. El Uno alza muros en sus fronteras para que no pasen todas las cosas que no conoce y no quiere conocer, le pone una aduana al misterio y a la duda, a la incertidumbre y al desorden. El Uno, en su sagrado interior: ordena, sistematiza, categoriza, designa funciones, crea estructuras, resume procesos, informatiza espacios, contrata y admite a los que están dispuestos a ser su alfombra: para caminar en un territorio de cuerpos torturados y eternamente silenciados.
La idea que El Uno anda vendiendo por los pueblos es inadaptable. Vende un espejo para que cada uno se vaya a su casa y lo cuelgue en el baño de cada cuarto. En él, vemos un reflejo maravilloso y siniestro, es la imagen de lo imposible; un individuo que parece ser nosotros, pero a la vez no está a nuestro alcance y lo peor, no tiene porqué estarlo, pero desde ahora, lo deseamos. El Uno, en su completa mentalidad cancerosa, nos hace desarrollar una lógica del deseo estúpida y perversa. Deseamos adaptar lo intraducible, deseamos traducir lo inalcanzable. “Lo inalcanzable” se vuelve para nosotros, la vida; vivimos en el oscuro intento de alcanzar un fruto envenenado y cuando finalmente logramos atravesar el espejo y lo apretamos, morimos. El uno crea un alimento diario para nuestra muerte, para atontarnos y para vendernos la “sin salida”. Somos un deseo infinito por atrapar una imagen que no nos pertenece, y no nos pertenece, porque ni siquiera nos es útil para nuestra vida. No nos es útil para responder las complicadas preguntas de la existencia, de la política, de las relaciones humanas; no nos es útil ni siquiera para nuestra inutilidad y nuestro ocio. El Uno a vendido a todo el mundo su propia desgracia, y nos la riega como un pensamiento venéreo y mortal, con el cuál no podremos nunca más, conocer otra cosa que no esté dentro del espejo. Del espejo de El Uno.
Así pues, crear, para El Uno, es engendrar la violencia. La violencia que se siembra como un mono-cultivo sobre las epistemologías mundiales; se las anula, se las desprecia, se las dinamita. Y ahora con muchos y mejores medios que en años anteriores, ni siquiera tienen que venir a fumigar, nosotros nos encargamos de controlar nuestras propias “plagas”, nos suicidamos en un acto tan premeditado, que ni siquiera hace falta entierro para nuestros cuerpos, pues vivimos en ciudades réplicas donde los habitantes deambulan en su elaborado cementerio. Somos los muertos que laboran para El Uno, somos los súbditos y artesanos que elaboramos productos para que él los celebre y los premie, para que nos de pequeñas dosis de goce y de poder. Un poder que ni siquiera haría remover su contundente área, su perversa creación. El Uno es el Dios del bien absoluto; ese bien que penetra en todas las cosas para hacerlas a semejanza de su Dios, para erradicar todo rostro que no sea de su descendencia y para esparcir su semen sobre las configuraciones que atenten contra su reinado.
Para que la creación del Uno pueda ser legitimada es necesario que se elimine toda posibilidad legítima del Otro. El Otro no puede vivir en el Uno, mas el Uno puede vivir en el Otro. Para eliminar al Otro, el Uno lo legitima; el Otro solo puede existir dentro de la legalidad del Uno, de otra manera, es eliminado u olvidado. El Otro solo puede existir como esclavo, como base invisible del sistema que sustenta al Uno. La creación del Uno es un juego legal que solo se puede consumar a través de la explotación. El arte que nos propone el Uno, es un espacio obsceno y desvergonzado. Debemos ingresar al interior de su ley de representación, incluso a sus leyes de experimentación, para poder hablar, para que los códigos que generemos sean válidos. El Otro solo puede exponerse como un panfleto de sí mismo; el Otro tiene que gritar ¡Soy Otro! Para que pueda tener posibilidades. El Uno no tiene que gritar, solo habla de sí mismo como la realidad entera y los demás que busquen sus categorías especiales.
En el Uno habita solo el Uno, en el Otro, estamos todos. El Uno solo se ve a sí mismo, el Otro tiene el voluptuoso deseo de ver al Otro; El Uno cuando ve al panadero, se ve haciendo pan; cuando ve a su amante, se ve amándose; cuando opera el computador, se ve pensando; cuando observa las estrellas, mira su infinito territorio. En la habitación del Otro no hay espejos, hay Otras personas. El Otro no goza de hacer espejos, El Otro goza de encontrarse con Otras historias. Los Otros que se han liberado, viven en la deliciosa invisibilidad, en el olvido de la imagen, en el extenso campo de la Diferencia. El hogar del Otro es lo diferente, lo distinto, lo que a cada paso cambia y se transforma en Otro. El mirar del Otro es un acto astrológico, un proyectil y un tren que se adentra en el misterio sin miedo: aceptando su condición infinitamente válida como cualquier Otra. Fuera de El Uno no está la nada, está lo Otro; y es mucho más extenso y exquisito, lleno de colores, rostros, sabores, formas y voces, que el viajero que se adentró en lo Otro, no habría imaginado nunca.
En El Otro no hay Un esquema legal para la creación; El Otro es un festival de posibilidades legales. El Otro es sobre todo un explorador de procesos de creación, El Otro son exploradores que desgarran el lenguaje de El Uno y lo descuartizan en una fiesta pública; los lenguajes del Otro son el resultado de la masacre del Rey y de los Reyes, de las Monarquías, de los Feudos y de los Señores Propietarios de la ley y la verdad. La fiesta del Otro es una fiesta sobre ruinas, una orgía de pasiones que celebra sin tener que ser mediatizada, sin tener que estar al aire; la fiesta del Otro es un terremoto que lentamente va regenerándolo todo. Y que tiene una actividad, sostenida y continua.
La creación de El Otro no está en el ojo, la creación del Otro puede suceder sin ser vista; La pasión del Otro no es mostrarse a sí mismo, sino, CREAR CON EL OTRO. El Otro no trabaja para un producto, sino para un proceso; el proceso de crear rutas y senderos hacia los Otros. El Uno que vive en el Otro está harto de sí mismo y no quiere tener nombre, quiere olvidar su perversa patria y hace esfuerzos para destruirla. El Otro explora su hogar como un desesperado; mira las letras que van formando palabras desconocidas y sentidos que apenas se forman, desaparecen. Vive en el juego: semántico, filosófico, erótico y sobretodo poético.
Para ver el mundo, el mundo de Los Otros, es necesario abandonar la Razón del Uno. Eso equivale a cerrar los ojos, pues todo lo que vemos por ahora, funciona bajo la lógica perversa de la Unificación. Todas las cosas tienen que cantar el himno del Uno para estar bien echas, todo tiene que tener “unidad”. Todas las cosas suenan al unísono, todo suena igual. Y este no es un discurso que cree en la originalidad, solo cree que es posible adentrarse en las tenebrosas tierras de lo que nos genera molestia, asco, disgusto, miedo, exaltación, sobrecogimiento, temblor, ansiedad, angustia; porque solo de esta manera podremos ver, por ves primera, que lo que consideramos como cierto, y nuestra epistemología entera, no es más que una telaraña para alimentar a Una señora, viuda y triste; la filosofía idealista. La filosofía que nos hizo un Dios a palazos, la filosofía que desgarró la diversidad conceptual del mundo, la filosofía que nos hizo comer con los mismos cubiertos, todo. Que nos redujo el mundo a ideas, a impulsos racionales, donde lo real es simplemente un objeto representado por la subjetividad del que conoce. Donde lo real solo aparece como huella mental, más no como cicatriz. Absurdo e injusto.
No quiero crear bajo las Formas Significativas de Kant, porque no es mi deseo encontrarme con una estética-universal, quiero encontrarme con miles de estéticas, no quiero ser un buscador de semejanzas para leer a todo el arte por igual, quiero ser un exaltador de diferencias y disfrutar a cada experiencia artística desde su discurso ético. No quiero crear objetos materiales o inmateriales que apunten a conocer o a hablar de “el conocimiento real de lo que es en verdad” de Hegel. Quiero creer en la “verdad” y en la “realidad” como una manifestación posible que no ocurre frente a los ojos del artista, sino que ocurre con el artista. Que el artista es un personaje políticamente activo de la realidad que representa, donde juega el papel de participar con sus intervenciones, donde se hace responsable de lo que dice y de lo que propone. No quiero el artista inmaculado de Greenberg, que pretende que el arte es una esfera aislada de los procesos que afectan a un grupo o a una sociedad. Quiero un artista que remueva las instituciones; un artista que escuche a Zaratustra decir: ¡No-querer-ya y no-estimar-ya y no-crear-ya! ¡Ay, que ese gran cansancio permanezca siempre alejado de mí!. Pues el mundo está por reinventarse, y porqué no, por destruirse; porque la vida está ansiosa de volver a ser importante, está ansiosa de volver a ser la realidad y no, una simulación. Quiero crear sin confiar en el Uno y sus narrativas maestras, en sus ciencias de la destrucción, en sus humanidades siniestras, tristes y desgastadas. Quiero que los juegos del lenguaje de Lyotard nos sirvan para reformular esas narrativas, para apropiarnos de ellas, para cagarlas, para dejarlas tan deformes que sean irreconocibles; para jugar con ellas y dejar, entre y palabra y palabra, una bomba. Quiero recorrer narrativas que sean como los Caminos de Bosque de Heidegger, caminos que se adentran entre la maleza: unos llegan a algún lado, otros no llegan a ninguna parte, no importa; lo importante es recorrerlos. Quiero llegar a la creación del Otro con la Hospitalidad de Derrida; sin pedir ninguna credencial al extranjero para que entre en mi hogar y me cuente su historia, sin ningún papeleo para entenderlo, sin ningún castigo previo para amarlo. Quiero que lo extranjero venga y me cuestione todos los días, me recuerde que la verdad irrefutable es fascista, que la experiencia de dejar entrar a los Otros reformula siempre nuestras percepciones y nuestras decisiones de aprehender la realidad.
Dejemos entrar a Los Otros de nosotros mismos. Los Otros que viven callados en el Uno de nosotros mismos. En el Yo Rey, en el Yo soy, en el Yo pienso para luego ser. En el aula irritante del Ser, en las ontologías y las fenomenologías de mejillas rosadas y rizos de oro. En el Ser erguido por la voz del tiempo lineal, por la voz eyaculadora, por la voz que cuando habla, escupe. Dejemos entrar a las bacterias para hacer una fiesta, dejemos entrar a todos los gérmenes porque no nos harán daño; pues estamos bien alimentados, alimentados con la Diferencia y la comprensión múltiple del mundo.
Como dice Bataille: “En general, la sinrazón de la filosofía es su alejamiento de la vida”. Si el Uno nos ha heredado esa sexualidad creativa que solo engendra ideas nebulosas y células cancerosas, El Otro será el juego erótico que explore los abismos que hay entre ser y ser, que hable de la fascinación mutua de compartir el vértigo por la muerte. Que piense en la actividad creativa como una suerte de exaltación de esa distancia que hay entre creadores y creados, jugando el juego de la transgresión y de lo prohibido, del horror y de la desvergüenza.
De esta manera, un proyecto creativo que apunte a detonar la unidad e ingresar al ilimitado territorio de lo Otro, no puede dejarse llevar por la voz del Uno; debe ingresar en un estado de “duda absoluta”. Debe darle hospitalidad a esa duda, al estado de dudar. Convivir con la duda es vivir en la resistencia, resistir a la violación y al ultraje teórico, vivir en la criticidad; detonar continuamente con la duda, la ley de representación del Uno. Si el territorio del Uno es el control operativo del lenguaje, donde cada imagen que brota le es funcional y cada significado está autorizado a significar; el territorio del Otro solo podría ser representado a través de una entrada poética y desde la poesía tolerar el misterioso lenguaje que se va manifestando. ¿Qué quiero decir con esto?
Siguiendo con la duda, la poesía es el lugar donde todo significado nunca logra gobernar con su sentido; en la poesía, hablando del romanticismo en adelante, el lenguaje no está echo para decir, no está echo para describir, no es una manifestación idealista de la palabra, no es la apuesta naturalista de pretender nombrar la realidad, no se constituye como un medio para; la poesía hace del lenguaje un tapete para jugar, para agujerear, para perforar y para reír. La poesía hace de la representación una experiencia de la experiencia; abre la puerta de “el afuera”, deja que lo ilegal: lo Otro, sea nombrado como una palabra maravillosa y viva. La imagen poética es la imagen que no discrimina un significado cuando quiere decir algo; la imagen poética es la puesta en escena que deja manifestar la multiplicidad y las posibilidades de leerla; la imagen poética es un territorio de representación donde cada signo puede cantar el himno que le plazca: es un bullicio, una selva que no está echa de palabras ni de lenguajes, un lenguaje que se escribe y se borra, una imagen silenciosa, donde cada sonido cobra un valor infinito y único. La Poesía es el arte de desmenuzar al Uno; es el sátiro que se burla del Rey, el cínico que se burla del Sabio, el niño que se orina en la cama del Padre, el niño que sale a jugar con todos sus vecinos y juega sin un objetivo, no juega para imponer su juego, solo sale a jugar con los Otros.
El cine puede ser una manifestación poética. El cine no tiene que ser nada, no tiene el deber de ser, no tiene porque aprender el lenguaje del Uno para poder existir; el Cine, hijo favorito del Uno, no tiene porque cumplir los sueños que su padre tiene para él; el cine puede ser el Robot que se vuelve contra su creador; el Cine puede ser, una máquina en descontrol. Una máquina en descontrol es un organismo que no sigue las órdenes de sus estatutos; que juega con sus posibilidades en otro marco; en un espacio donde no tiene que responder a las ordenes de nadie. Una máquina poética y ante todo una máquina cínica. Un arma que opera con desobediencia y con malacrianza, que toma la “forma” y el “contenido” y los hace explotar en un estallido de partículas insignificantes. Hacer un cine que sea pura manifestación, manifestación de lo que nos concierne: en nuestras relaciones, en nuestros líos, en nuestra imaginación que se va desasiendo finalmente de tanto apaleamiento moral.
El cine, como un arte de los Otros, es un soporte fértil. La imagen en movimiento tiene posibilidades inherentes que pueden descontrolar muchos esquemas que parecen imperecederos. ¿En qué sentido entonces el cine puede ayudar a la separación definitiva de las identificaciones del YO es decir del UNO con el TODO? ¿En qué puede ayudar el cine para que nosotros, como sujetos, podamos abordar al Otro como tal, sin tener que buscar un lugar en nosotros para comprenderlo? Intento decir que el Cine puede, de alguna forma, romper la cadena de la identidad fantasmagórica, del reino amurallado del YO, del UNO. Quiero decir que la actividad de registrar sobre un soporte visual y sonoro, puede ser una experiencia que desgarre las fronteras demarcadas por el observador positivista; el que busca medir fenómenos en el objeto que puedan ser traducidos a su sistema de valores racionales. Desgarrar mediante la mirada silenciosa, del que logra ver sin aniquilar, del que permite al Otro ser visto y ser admitido por esa mirada. Del que logra captar, en esa sucesión violenta de imágenes, la crisis y el dolor que representa vivir en la ilusión del que cree conocer a otra persona. El registro se vuelve una lucha autodestructiva por salir de ese velo, de ese sistema simbólico patético que se llama “personalidad”, “yo”, o cualquier cosa de esas. El Uno hastiado de sí mismo, busca dinamitarse en su mirada, quiere ver sin ver, quiere escuchar sin percibir nada, quiere dejar que el Otro llegue y lo embargue con su tacto. Quiere colocar “la linterna mágica” y darse cuenta que lo único que puede animar, son sus colecciones de objetos muertos; son sus muertos con arneses y clavos, para que puedan moverse a su disposición, a su tiempo y a su orden. El Otro que hace cine, no tiene una linterna que proyecta, sino, que retrae. Separa lo que registra de sí. Conoce sin traducir, entiende. Retrocede, se retira del Otro, lo deja a su suerte, o simplemente, lo deja ser. El Otro mira de frente hacia la linterna y no se queda ciego, es una linterna sin luz, sin ilustración, sin fuente. Es una linterna que permite que el Uno, sea Otro, y que el Otro, vea al Otro. Esta linterna, esta cámara mágica, misteriosa, permite tejer un puente entre dos entes que quieren y sienten el deseo de encontrarse, de contarse algo.
Y, claro, si tomamos un punto de partida cínico, poético, donde cada cosa que decimos es un circo de payasos que siempre están hablando en falso, que siempre realizan actividades sin un fin práctico para uno de ellos, que siempre están buscando el juego y la emboscada para reír. Esa es la mirada que no ostenta gobernar y que no ostenta buscar al Amo en la imagen, al Amo en la relación que se crea cuando se hace Cine. Que sabe que cada proceso de creación está infinitamente filtrado por fugas de autoría, y que el autor, El Uno, no es más que una piltrafa, vaga y asquerosa que pretende retener en su castillo, lo poco que le queda de propiedad.
Muchos procesos filosóficos ya nos han advertido sobre la peligrosidad del idealismo en la vida y en las instituciones; parece que olvidamos como hablaba Nietzsche de ellos y los llamaba ¡filósofos con sotana! Parece que después de casi siglo y medio de crítica y de lucha se ha logrado poco; pues como asegura Slavoj Zizek en la introducción de su libro: “¡Goza tu Síntoma!” mucho se dice y se critica en público y en discursos, incluso, se nos invita y estamos autorizados a hacerlo; pero en el territorio de lo privado: en tu sitio, en tu familia, es decir, como una pieza de la máquina social; obedece a la autoridad. Para nosotros, ¡obedece al Uno!
No pensemos en el cine como un territorio sagrado, entremos a su historia para hacer de él, lo que nos de la gana.
Juan Carlos Donoso Gómez
13-03-07
martes, 13 de marzo de 2007
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