
El Uno es una concepción perversa, concebida por humanos para pervertir humanos; para matarlos, para enloquecerlos, para apaciguarlos, para esclavizarlos. Defino como una idea perversa a aquel fruto del pensamiento, que en su acto de deliberación, no intenta acercarse a la realidad para interactuar con ella: para transformarla y dejarse transformar; sino que le produce tanto miedo el mundo, la realidad y la vida, que se concibe a sí misma como una esfera aislada, perfecta, completa y eternamente separada de cualquier posibilidad de cambio; la idea perversa es la verdad irrefutable: la unidad. La unidad no existe, con esto no quiero decir que no pueda ser pensada; no existe pues es, desde mi punto de vista, un infantilismo de la filosofía de principios de siglo XIX, un proyecto que empezaba a desgarrar al pensamiento con sus dioses imposibles y sus democracias imaginarias. Escribir libros para decir “la verdad” y no solo decirla, sino hacerla cumplir a cabalidad: políticamente, con instrumentos “legales”, exportarla e imponerla, hacerla ciencia y universidad, hacerla universal y norma, hacerla arte y filosofía, hacerla cierta por la violencia de la aniquilación, de la eliminación de cualquier otra posibilidad de idea.
La idea del Uno es la idea del Rey; del que puede escribir las leyes tomando su desayuno, o masturbándose en el balcón de su castillo, observando al pueblo mientras emite sonidos de su pobre satisfacción. Lo único que hace El Uno es encubrir la verdadera ignorancia, la de la verdad que pretende ser cierta a la fuerza y la de la razón del “más fuerte”, pero este “fuerte” no es más que una piltrafa debilucha, vaga y embustera. Un Rey remordido por el miedo de ser atacado por su pueblo, un rey que se levanta temblando por su vida, que ve a la vida como una persecución, perseguido por su conciencia de pecador y comulgando en sus antros de perdón para evitar la inevitable venganza de los que oprime.
En el Uno proliferan todas las enfermedades, pues al pretender ser un ambiente antiséptico y homogéneo, los virus, las bacterias, y los cuerpos que usualmente viven con nosotros, se convierten en enemigos voraces. El Uno habla de la igualdad, de la unificación, de la paz, del consenso y del diálogo. El Uno, en su potente cóctel de vacunas, no permite que ningún otro cuerpo viva en él, ni una sola ameba podrá hablar de otra cosa que no sea lo que es del gusto del Uno. El Uno es el “niño burbuja” de Baudrillard, el pequeño que vive preso de su ambiente y de su sanidad, encerrado en una esfera tan limpia como su deseo y su conciencia; el niño burbuja no sabe dibujar, pues no puede rayar ninguna pared de su cristalina cárcel, tampoco sabe imaginar, pues cree que lo poco que le rodea es el mundo entero; el niño burbuja no quiere vivir, cada cosa que ingresa a su cápsula le parece extraña y peligrosa, el niño burbuja es pura angustia y puro miedo, todo lo que toca lo convierte en suyo para no temerle, todo lo que representa se vuelve una imagen segura de su YO. Todo lo que le rodea es una extensión de su temor, de su malestar de estar vivo, de su intensa confusión sobre estar en el mundo y de su ansiosa necesidad de sentirse seguro.
El Uno crea el área y el margen. Ya que tiene el poder, opera como un segmentador de la tierra y de las ideas; al mismo tiempo que unifica, divide. Deja de lado a todo lo que no se le parezca, para estar sano, para que continúe su reinado. El uno es la intolerancia de lo externo: él crea el adentro y el afuera; Él hace del lenguaje un instrumento de segregación, un agente contratado para vigilar, un látigo que golpea en cada frase a los que él odia, y él odia a todos. El Uno crea y se alimenta de la paranoia, cree que todos van a entrar a su territorio para infectarlo, para quitarle el trono. El Uno alza muros en sus fronteras para que no pasen todas las cosas que no conoce y no quiere conocer, le pone una aduana al misterio y a la duda, a la incertidumbre y al desorden. El Uno, en su sagrado interior: ordena, sistematiza, categoriza, designa funciones, crea estructuras, resume procesos, informatiza espacios, contrata y admite a los que están dispuestos a ser su alfombra: para caminar en un territorio de cuerpos torturados y eternamente silenciados.
La idea que El Uno anda vendiendo por los pueblos es inadaptable. Vende un espejo para que cada uno se vaya a su casa y lo cuelgue en el baño de cada cuarto. En él, vemos un reflejo maravilloso y siniestro, es la imagen de lo imposible; un individuo que parece ser nosotros, pero a la vez no está a nuestro alcance y lo peor, no tiene porqué estarlo, pero desde ahora, lo deseamos. El Uno, en su completa mentalidad cancerosa, nos hace desarrollar una lógica del deseo estúpida y perversa. Deseamos adaptar lo intraducible, deseamos traducir lo inalcanzable. “Lo inalcanzable” se vuelve para nosotros, la vida; vivimos en el oscuro intento de alcanzar un fruto envenenado y cuando finalmente logramos atravesar el espejo y lo apretamos, morimos. El uno crea un alimento diario para nuestra muerte, para atontarnos y para vendernos la “sin salida”. Somos un deseo infinito por atrapar una imagen que no nos pertenece, y no nos pertenece, porque ni siquiera nos es útil para nuestra vida. No nos es útil para responder las complicadas preguntas de la existencia, de la política, de las relaciones humanas; no nos es útil ni siquiera para nuestra inutilidad y nuestro ocio. El Uno a vendido a todo el mundo su propia desgracia, y nos la riega como un pensamiento venéreo y mortal, con el cuál no podremos nunca más, conocer otra cosa que no esté dentro del espejo. Del espejo de El Uno.
Así pues, crear, para El Uno, es engendrar la violencia. La violencia que se siembra como un mono-cultivo sobre las epistemologías mundiales; se las anula, se las desprecia, se las dinamita. Y ahora con muchos y mejores medios que en años anteriores, ni siquiera tienen que venir a fumigar, nosotros nos encargamos de controlar nuestras propias “plagas”, nos suicidamos en un acto tan premeditado, que ni siquiera hace falta entierro para nuestros cuerpos, pues vivimos en ciudades réplicas donde los habitantes deambulan en su elaborado cementerio. Somos los muertos que laboran para El Uno, somos los súbditos y artesanos que elaboramos productos para que él los celebre y los premie, para que nos de pequeñas dosis de goce y de poder. Un poder que ni siquiera haría remover su contundente área, su perversa creación. El Uno es el Dios del bien absoluto; ese bien que penetra en todas las cosas para hacerlas a semejanza de su Dios, para erradicar todo rostro que no sea de su descendencia y para esparcir su semen sobre las configuraciones que atenten contra su reinado.
Para que la creación del Uno pueda ser legitimada es necesario que se elimine toda posibilidad legítima del Otro. El Otro no puede vivir en el Uno, mas el Uno puede vivir en el Otro. Para eliminar al Otro, el Uno lo legitima; el Otro solo puede existir dentro de la legalidad del Uno, de otra manera, es eliminado u olvidado. El Otro solo puede existir como esclavo, como base invisible del sistema que sustenta al Uno. La creación del Uno es un juego legal que solo se puede consumar a través de la explotación. El arte que nos propone el Uno, es un espacio obsceno y desvergonzado. Debemos ingresar al interior de su ley de representación, incluso a sus leyes de experimentación, para poder hablar, para que los códigos que generemos sean válidos. El Otro solo puede exponerse como un panfleto de sí mismo; el Otro tiene que gritar ¡Soy Otro! Para que pueda tener posibilidades. El Uno no tiene que gritar, solo habla de sí mismo como la realidad entera y los demás que busquen sus categorías especiales.
En el Uno habita solo el Uno, en el Otro, estamos todos. El Uno solo se ve a sí mismo, el Otro tiene el voluptuoso deseo de ver al Otro; El Uno cuando ve al panadero, se ve haciendo pan; cuando ve a su amante, se ve amándose; cuando opera el computador, se ve pensando; cuando observa las estrellas, mira su infinito territorio. En la habitación del Otro no hay espejos, hay Otras personas. El Otro no goza de hacer espejos, El Otro goza de encontrarse con Otras historias. Los Otros que se han liberado, viven en la deliciosa invisibilidad, en el olvido de la imagen, en el extenso campo de la Diferencia. El hogar del Otro es lo diferente, lo distinto, lo que a cada paso cambia y se transforma en Otro. El mirar del Otro es un acto astrológico, un proyectil y un tren que se adentra en el misterio sin miedo: aceptando su condición infinitamente válida como cualquier Otra. Fuera de El Uno no está la nada, está lo Otro; y es mucho más extenso y exquisito, lleno de colores, rostros, sabores, formas y voces, que el viajero que se adentró en lo Otro, no habría imaginado nunca.
En El Otro no hay Un esquema legal para la creación; El Otro es un festival de posibilidades legales. El Otro es sobre todo un explorador de procesos de creación, El Otro son exploradores que desgarran el lenguaje de El Uno y lo descuartizan en una fiesta pública; los lenguajes del Otro son el resultado de la masacre del Rey y de los Reyes, de las Monarquías, de los Feudos y de los Señores Propietarios de la ley y la verdad. La fiesta del Otro es una fiesta sobre ruinas, una orgía de pasiones que celebra sin tener que ser mediatizada, sin tener que estar al aire; la fiesta del Otro es un terremoto que lentamente va regenerándolo todo. Y que tiene una actividad, sostenida y continua.
La creación de El Otro no está en el ojo, la creación del Otro puede suceder sin ser vista; La pasión del Otro no es mostrarse a sí mismo, sino, CREAR CON EL OTRO. El Otro no trabaja para un producto, sino para un proceso; el proceso de crear rutas y senderos hacia los Otros. El Uno que vive en el Otro está harto de sí mismo y no quiere tener nombre, quiere olvidar su perversa patria y hace esfuerzos para destruirla. El Otro explora su hogar como un desesperado; mira las letras que van formando palabras desconocidas y sentidos que apenas se forman, desaparecen. Vive en el juego: semántico, filosófico, erótico y sobretodo poético.
Para ver el mundo, el mundo de Los Otros, es necesario abandonar la Razón del Uno. Eso equivale a cerrar los ojos, pues todo lo que vemos por ahora, funciona bajo la lógica perversa de la Unificación. Todas las cosas tienen que cantar el himno del Uno para estar bien echas, todo tiene que tener “unidad”. Todas las cosas suenan al unísono, todo suena igual. Y este no es un discurso que cree en la originalidad, solo cree que es posible adentrarse en las tenebrosas tierras de lo que nos genera molestia, asco, disgusto, miedo, exaltación, sobrecogimiento, temblor, ansiedad, angustia; porque solo de esta manera podremos ver, por ves primera, que lo que consideramos como cierto, y nuestra epistemología entera, no es más que una telaraña para alimentar a Una señora, viuda y triste; la filosofía idealista. La filosofía que nos hizo un Dios a palazos, la filosofía que desgarró la diversidad conceptual del mundo, la filosofía que nos hizo comer con los mismos cubiertos, todo. Que nos redujo el mundo a ideas, a impulsos racionales, donde lo real es simplemente un objeto representado por la subjetividad del que conoce. Donde lo real solo aparece como huella mental, más no como cicatriz. Absurdo e injusto.
No quiero crear bajo las Formas Significativas de Kant, porque no es mi deseo encontrarme con una estética-universal, quiero encontrarme con miles de estéticas, no quiero ser un buscador de semejanzas para leer a todo el arte por igual, quiero ser un exaltador de diferencias y disfrutar a cada experiencia artística desde su discurso ético. No quiero crear objetos materiales o inmateriales que apunten a conocer o a hablar de “el conocimiento real de lo que es en verdad” de Hegel. Quiero creer en la “verdad” y en la “realidad” como una manifestación posible que no ocurre frente a los ojos del artista, sino que ocurre con el artista. Que el artista es un personaje políticamente activo de la realidad que representa, donde juega el papel de participar con sus intervenciones, donde se hace responsable de lo que dice y de lo que propone. No quiero el artista inmaculado de Greenberg, que pretende que el arte es una esfera aislada de los procesos que afectan a un grupo o a una sociedad. Quiero un artista que remueva las instituciones; un artista que escuche a Zaratustra decir: ¡No-querer-ya y no-estimar-ya y no-crear-ya! ¡Ay, que ese gran cansancio permanezca siempre alejado de mí!. Pues el mundo está por reinventarse, y porqué no, por destruirse; porque la vida está ansiosa de volver a ser importante, está ansiosa de volver a ser la realidad y no, una simulación. Quiero crear sin confiar en el Uno y sus narrativas maestras, en sus ciencias de la destrucción, en sus humanidades siniestras, tristes y desgastadas. Quiero que los juegos del lenguaje de Lyotard nos sirvan para reformular esas narrativas, para apropiarnos de ellas, para cagarlas, para dejarlas tan deformes que sean irreconocibles; para jugar con ellas y dejar, entre y palabra y palabra, una bomba. Quiero recorrer narrativas que sean como los Caminos de Bosque de Heidegger, caminos que se adentran entre la maleza: unos llegan a algún lado, otros no llegan a ninguna parte, no importa; lo importante es recorrerlos. Quiero llegar a la creación del Otro con la Hospitalidad de Derrida; sin pedir ninguna credencial al extranjero para que entre en mi hogar y me cuente su historia, sin ningún papeleo para entenderlo, sin ningún castigo previo para amarlo. Quiero que lo extranjero venga y me cuestione todos los días, me recuerde que la verdad irrefutable es fascista, que la experiencia de dejar entrar a los Otros reformula siempre nuestras percepciones y nuestras decisiones de aprehender la realidad.
Dejemos entrar a Los Otros de nosotros mismos. Los Otros que viven callados en el Uno de nosotros mismos. En el Yo Rey, en el Yo soy, en el Yo pienso para luego ser. En el aula irritante del Ser, en las ontologías y las fenomenologías de mejillas rosadas y rizos de oro. En el Ser erguido por la voz del tiempo lineal, por la voz eyaculadora, por la voz que cuando habla, escupe. Dejemos entrar a las bacterias para hacer una fiesta, dejemos entrar a todos los gérmenes porque no nos harán daño; pues estamos bien alimentados, alimentados con la Diferencia y la comprensión múltiple del mundo.
Como dice Bataille: “En general, la sinrazón de la filosofía es su alejamiento de la vida”. Si el Uno nos ha heredado esa sexualidad creativa que solo engendra ideas nebulosas y células cancerosas, El Otro será el juego erótico que explore los abismos que hay entre ser y ser, que hable de la fascinación mutua de compartir el vértigo por la muerte. Que piense en la actividad creativa como una suerte de exaltación de esa distancia que hay entre creadores y creados, jugando el juego de la transgresión y de lo prohibido, del horror y de la desvergüenza.
De esta manera, un proyecto creativo que apunte a detonar la unidad e ingresar al ilimitado territorio de lo Otro, no puede dejarse llevar por la voz del Uno; debe ingresar en un estado de “duda absoluta”. Debe darle hospitalidad a esa duda, al estado de dudar. Convivir con la duda es vivir en la resistencia, resistir a la violación y al ultraje teórico, vivir en la criticidad; detonar continuamente con la duda, la ley de representación del Uno. Si el territorio del Uno es el control operativo del lenguaje, donde cada imagen que brota le es funcional y cada significado está autorizado a significar; el territorio del Otro solo podría ser representado a través de una entrada poética y desde la poesía tolerar el misterioso lenguaje que se va manifestando. ¿Qué quiero decir con esto?
Siguiendo con la duda, la poesía es el lugar donde todo significado nunca logra gobernar con su sentido; en la poesía, hablando del romanticismo en adelante, el lenguaje no está echo para decir, no está echo para describir, no es una manifestación idealista de la palabra, no es la apuesta naturalista de pretender nombrar la realidad, no se constituye como un medio para; la poesía hace del lenguaje un tapete para jugar, para agujerear, para perforar y para reír. La poesía hace de la representación una experiencia de la experiencia; abre la puerta de “el afuera”, deja que lo ilegal: lo Otro, sea nombrado como una palabra maravillosa y viva. La imagen poética es la imagen que no discrimina un significado cuando quiere decir algo; la imagen poética es la puesta en escena que deja manifestar la multiplicidad y las posibilidades de leerla; la imagen poética es un territorio de representación donde cada signo puede cantar el himno que le plazca: es un bullicio, una selva que no está echa de palabras ni de lenguajes, un lenguaje que se escribe y se borra, una imagen silenciosa, donde cada sonido cobra un valor infinito y único. La Poesía es el arte de desmenuzar al Uno; es el sátiro que se burla del Rey, el cínico que se burla del Sabio, el niño que se orina en la cama del Padre, el niño que sale a jugar con todos sus vecinos y juega sin un objetivo, no juega para imponer su juego, solo sale a jugar con los Otros.
El cine puede ser una manifestación poética. El cine no tiene que ser nada, no tiene el deber de ser, no tiene porque aprender el lenguaje del Uno para poder existir; el Cine, hijo favorito del Uno, no tiene porque cumplir los sueños que su padre tiene para él; el cine puede ser el Robot que se vuelve contra su creador; el Cine puede ser, una máquina en descontrol. Una máquina en descontrol es un organismo que no sigue las órdenes de sus estatutos; que juega con sus posibilidades en otro marco; en un espacio donde no tiene que responder a las ordenes de nadie. Una máquina poética y ante todo una máquina cínica. Un arma que opera con desobediencia y con malacrianza, que toma la “forma” y el “contenido” y los hace explotar en un estallido de partículas insignificantes. Hacer un cine que sea pura manifestación, manifestación de lo que nos concierne: en nuestras relaciones, en nuestros líos, en nuestra imaginación que se va desasiendo finalmente de tanto apaleamiento moral.
El cine, como un arte de los Otros, es un soporte fértil. La imagen en movimiento tiene posibilidades inherentes que pueden descontrolar muchos esquemas que parecen imperecederos. ¿En qué sentido entonces el cine puede ayudar a la separación definitiva de las identificaciones del YO es decir del UNO con el TODO? ¿En qué puede ayudar el cine para que nosotros, como sujetos, podamos abordar al Otro como tal, sin tener que buscar un lugar en nosotros para comprenderlo? Intento decir que el Cine puede, de alguna forma, romper la cadena de la identidad fantasmagórica, del reino amurallado del YO, del UNO. Quiero decir que la actividad de registrar sobre un soporte visual y sonoro, puede ser una experiencia que desgarre las fronteras demarcadas por el observador positivista; el que busca medir fenómenos en el objeto que puedan ser traducidos a su sistema de valores racionales. Desgarrar mediante la mirada silenciosa, del que logra ver sin aniquilar, del que permite al Otro ser visto y ser admitido por esa mirada. Del que logra captar, en esa sucesión violenta de imágenes, la crisis y el dolor que representa vivir en la ilusión del que cree conocer a otra persona. El registro se vuelve una lucha autodestructiva por salir de ese velo, de ese sistema simbólico patético que se llama “personalidad”, “yo”, o cualquier cosa de esas. El Uno hastiado de sí mismo, busca dinamitarse en su mirada, quiere ver sin ver, quiere escuchar sin percibir nada, quiere dejar que el Otro llegue y lo embargue con su tacto. Quiere colocar “la linterna mágica” y darse cuenta que lo único que puede animar, son sus colecciones de objetos muertos; son sus muertos con arneses y clavos, para que puedan moverse a su disposición, a su tiempo y a su orden. El Otro que hace cine, no tiene una linterna que proyecta, sino, que retrae. Separa lo que registra de sí. Conoce sin traducir, entiende. Retrocede, se retira del Otro, lo deja a su suerte, o simplemente, lo deja ser. El Otro mira de frente hacia la linterna y no se queda ciego, es una linterna sin luz, sin ilustración, sin fuente. Es una linterna que permite que el Uno, sea Otro, y que el Otro, vea al Otro. Esta linterna, esta cámara mágica, misteriosa, permite tejer un puente entre dos entes que quieren y sienten el deseo de encontrarse, de contarse algo.
Y, claro, si tomamos un punto de partida cínico, poético, donde cada cosa que decimos es un circo de payasos que siempre están hablando en falso, que siempre realizan actividades sin un fin práctico para uno de ellos, que siempre están buscando el juego y la emboscada para reír. Esa es la mirada que no ostenta gobernar y que no ostenta buscar al Amo en la imagen, al Amo en la relación que se crea cuando se hace Cine. Que sabe que cada proceso de creación está infinitamente filtrado por fugas de autoría, y que el autor, El Uno, no es más que una piltrafa, vaga y asquerosa que pretende retener en su castillo, lo poco que le queda de propiedad.
Muchos procesos filosóficos ya nos han advertido sobre la peligrosidad del idealismo en la vida y en las instituciones; parece que olvidamos como hablaba Nietzsche de ellos y los llamaba ¡filósofos con sotana! Parece que después de casi siglo y medio de crítica y de lucha se ha logrado poco; pues como asegura Slavoj Zizek en la introducción de su libro: “¡Goza tu Síntoma!” mucho se dice y se critica en público y en discursos, incluso, se nos invita y estamos autorizados a hacerlo; pero en el territorio de lo privado: en tu sitio, en tu familia, es decir, como una pieza de la máquina social; obedece a la autoridad. Para nosotros, ¡obedece al Uno!
No pensemos en el cine como un territorio sagrado, entremos a su historia para hacer de él, lo que nos de la gana.
Juan Carlos Donoso Gómez
13-03-07
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