sábado, 17 de marzo de 2007

LA SOCIEDAD DE LOS ILEGALISMOS



Jorge Luis Gómez Rodríguez
Coordinador de Filosofía
Universidad San Francisco de Quito.


Sobre una mesa, casi una bandeja de depósito de cadáveres, el cuerpo inerte y sangrante del presidente yace mudo frente a la indiferencia de tres espectadores .Los tres sujetos muestran fastidio, indiferencia ,malestar, pero un extraño interés ,una extraña esperanza… La ansiedad de la espera se ve reflejada en la forma como los tres espectadores sostienen sus cabezas .Codos y manos empuñadas denotan un tiempo pasajero, una coyuntura ya conocida .Los tres espectadores son indiferentes al suceso .Su interés se concentra más allá de la escena .
De izquierda a derecha, el tercero de ellos, nos muestra hacia dónde apunta la espera .El mira de reojo al futuro, como haciéndonos ver que el cadáver no significa nada para él, que la institucionalidad que representa no es nada .El primero de ellos, observa al cadáver como quien observa una piedra, como quien observa algo que verdaderamente no le interesa.
La pintura “Forajidos”, de Carlos Echeverría Kossak , es desconcertante .Desconcierta por la frialdad de sus personajes, por su extrema indiferencia. Pero, más aún , desconcierta por el extraño interés que muestran en algo que no aparece inmediatamente en la pintura. Cómplices del desenvolvimiento futuro de la historia nacional, los personajes parecen esperar, sin remordimiento ni escrúpulo alguno, un lugar preciso en el próximo gobierno. Esta disposición de estar y no estar de los “forajidos” en la escena de la pintura es lo más desolador que hay en ella. La mirada de reojo del tercer personaje cala hondo en los observadores .Una extraña complicidad entre el ver interesado del tercer personaje de la pintura y nosotros los espectadores, se abre como un diálogo oculto, como un saber en el que estamos y no estamos , en el que vivimos y no queremos vivir.
Las imágenes que nos enseña la pintura, la crudeza que refleja, me recordó la fotografía que muestra al cadáver del presidente Gabriel García Moreno, postrado y sangrante frente a algunos soldados de la época, portando viejos uniformes y viejas bayonetas, con alpargatas de indígenas, indiferentes a la historia y a los acontecimientos, testigos mudos de una historia que, a pesar de las distancias y las diferencias de los sucesos, lamentablemente se repite .En ambas imágenes se refleja el resultado de un particular desarrollo social, de una lógica interna en la que es perentorio reflexionar .Quisiéramos desarrollar esa incomodidad, ese malestar de la cultura en la que vivimos, mediante una reflexión sobre el concepto de “ilegalismo” que Michel Foucault expone en “Vigilar Castigar .El nacimiento de la prisión”.Las conecciones entre el concepto mencionado y la realidad nacional son asuntos que , si bien obedecieron a los propósitos iniciales de esta investigación ,deberán ampliarse y profundizarse en futuros intentos.



I. El concepto del Ilegalismo en Foucault.

Por lo general, el sujeto ilegal y las prácticas ilegales se ven refutadas por la ley y lo jurídico .Lo ilegal siempre es comprendido desde su contrario. En el caso del uso del término “ilegalismo” en “Vigilar y Castigar “( 1975) de Michel Foucault, sucede lo contrario. Foucault borra los contornos de la pareja legal-ilegal, para darle con el “ismo” un contenido real y positivo en la dinámica del poder, una sustancia de hecho histórico que no responde a un sujeto determinado, sino a un hecho social anónimo pero constituyente de la sociedad como de la dinámica del poder. La pareja legal-ilegal queda superada con el término ilegalismo de Foucault, Con la creación de este “ismo” , el autor intenta darle no solo una elasticidad más amplia a la realidad social que designa, sino también elimina la relativización para sacar de él el contenido moral y el desprecio conceptual en el que el término vive.
Si creemos a Francois Boullant el término “ilegalisme” es “un neologismo inventado por Foucault” (“ M.Foucault y las prisiones” Ed. Nueva Visión.Buenos Aires 2004.pag 73 ).Toda sociedad es generadora de ilegalismos como conductas desviadas de las normas y al margen de la ley. Los ilegalismos son prácticas intersticiales que evitan el control y las normas de la ley y que son, en cierta medida, generadoras de utilidad como también son factores de la dinámica legislativa que intenta controlarlas o extirparlas. El problema surge cuando se intenta desde lo legal y el ejercicio de la ley, acabar con los ilegalismos. Trascendiendo esta contraposición, situándonos más allá de ella y dándole a los ilegalismos un contenido interticial positivo, el ilegalismo puede incluso ser factor de progreso y motor de la reforma. En sentido estricto, no se puede acabar con los ilegalismos, en la medida que ellos son factores determinantes de la dinámica del poder en la sociedad.
Como hecho positivo, el ilegalismo también puede crecer e instalarse de por vida en la sociedad. En cierta medida, los ilegalismos triunfan cuando la sociedad no puede controlarlos mediante la reforma. Por eso, el límite de los ilegalismos es la propia reforma .Sin embargo, la reforma no erradica a los ilegalismos, sino solo los controla.
Desde este peculiar punto de vista, el juego entre tolerancia e intolerancia de los ilegalismos constituye el motor de la legislación. Mediante los vacíos irracionales que se le escapan a la ley ,mediante los juegos del poder que siempre viven de los ilegalismos, el espacio intersticial construye sus posibilidades y desarrolla así un margen o umbral que le permite prolongar un beneficio que sobrevive, siempre y cuando la legislación no lo declare intolerable .El juego de la tolerancia –intolerancia de los ilegalismos, termina por controlarlos cuando los degrada en la ilegalidad frente a la ley.
La idea foucaultiana de una sociedad estructurada sobre la base de los ilegalismos, una sociedad y una ciudadanía que interpreta a su modo a la ley producto de la total desconfianza en el Estado y el gobierno, una sociedad en donde el paro y la rebelión popular no sean más que funciones útiles al secuestro del poder por vía ilegal, una sociedad en la que cambiar al presidente de la república una vez al año es una verdadera fiesta popular, el verdadero Inti Raymi del ilegalismo, en fin, una sociedad en la que el gobierno ilegal busca asentarse en el poder mediante la acusación pública de las ilegalidades cometidas por el gobierno anterior ( también ilegal), me llevaron a pensar en lo fructífero que sería esta vía en la que piensa el autor de “Vigilar y Castigar”, para reflexionar desde la filosofía en el proceso político y social del Ecuador en las dos últimas décadas.
Pero no solo bastaría con denunciar esta situación y los peligros evidentes que entraña. También sería necesario, en la medida de lo posible, intentar mostrar que a falta de poder y de gobierno, la constante teatralización de los ilegalismos no solo vuelve obsolescente a la ley ( y en última instancia a todo orden ), sino conlleva un ejercicio que concientemente beneficia a los grupos de poder y a la dinámica del poder que ellos promueven en la sociedad. De algún modo, la sociedad de los ilegalismos más que interesarse verdaderamente en transformar los ilegalismos mediante su degradación en lo ilegal y fuera de la ley, produce más ilegalismo a través de la punición generalizada con la que ,aparentemente, busca frenar la dinámica interna del poder y de los grupos de poder .En cierta medida, la teatralización de los ilegalismos como acusación y reacusación pública, con la que supuestamente se busca frenar la reproducción de los ilegalismos ,solo logra afianzar aún más el clima de inseguridad jurídica, tanto como compromete a la reforma política mediante su poder de transformar la misma legalidad en el más concreto y efectivo “más allá de la ley”.
La preocupación que nos amenaza se presenta hoy, como sugieren algunas opiniones, del lado de la refundación del Estado, de un Estado sobre el Estado o de un gobierno fuerte que le de al Estado Nacional ( o le devuelva ) el verdadero lugar que le corresponde. Tanto en el orden jurídico como en el orden económico, aumentan a diario las ideas del viejo Estado monopólico. Pero no importa esta amenaza por lo viejo de sus ideas, sino más bien, por la amenaza que representan a las libertades individuales.
Sin embargo, el fantasma del totalitarismo está a la vuelta de la esquina. Ya el gobierno recientemente expulsado, nos presentó un esquema “dictócrata” ( sic veniat verbo ¡) no por ello, ajeno en sus funciones al modelo de una refoma radical de los ilegalismos .El problema, en este caso, no reside en la capacidad del totalitarismo para erradicar los ilegalismos. Más bien , no se trata de radicalidad ninguna, ni de extremismo en el freno a la corrupción generalizada. La corrupción no se la puede erradicar por decreto, ni de un día para otro. Se trata del poder de controlar los ilegalismos . El juego entre ingenuidad y radicalidad frente a los ilegalismos hace las veces de catalizador de la futura reforma política. No solo sería ingenuo erradicar la corrupción en el Ecuador, sino también de nada serviría el traducirla en la utilidad de los intereses particulares .En ambos casos, el remedio siempre es peor que la enfermedad!
Algo de este paso infructuoso entre ilegalismos y reforma nos narra Foucault en el libro mencionado. La visión que nos presenta cuando describe el nacimiento de la prisión en el siglo XIX francés, nos muestra que la reforma no logra regular los ilegalismos, Si la reforma busca administrar el juego de la tolerancia-intolerancia de los ilegalismos, no logra más que imprimir un falso sello de diferenciación y administración, una economía general de los mismos pero no su control.
Sin duda que la formulación de Foucault es desconcertante a todas luces. La idea del filósofo es mostrarnos que la lógica interna del poder en la modernidad occidental, hace de la instrumentalización de los ilegalismos su principio de reproducción. A la falta de control de los instrumentos que utiliza el poder, debido a que éste hace uso de un horizonte que encubre con el juego de la legalidad-ilegalidad sus verdaderos propósitos, la reforma política solo puede ser concebida como “ cierto campo de libertad a algunos, haciendo presión a otros, excluyendo a una parte para hacer útil a la otra, neutralizando a éstos, para sacar provecho de aquellos” ( 277 ).Si la reforma política no es más que un sutil “control diferencial de los ilegalismos”( 288 ), no podremos esperar de ella más que un reformismo cosmético .
¿Quedará un resquicio de salvación de lo legal y la legalidad en el Ecuador? ¿Será posible reparar en la legalidad de los ilegalismos para allí, reconfigurar un proyecto de reordenación y readministración de los mismos?
Por lo pronto, nada sacaríamos con buscar el origen de los ilegalismos en el Ecuador .Sin embargo, la burguesía ecuatoriana es y será un factor detonante en la multiplicación de los mismos, pues, como dice Foucault, “la delincuencia propia de la riqueza se halla tolerada por las leyes y cuando cae bajo sus golpes está segura de la indulgencia de los tribunales y de la discreción de la prensa”. ( 294 )
Pero las vías de erradicación de los ilegalismos no deben ser en sí mismas productoras de su difusión en el cuerpo social. Este es el sentido oculto, como la mala comprensión, de la última arenga social que se hizo popular en el levantamiento de Quito: “Que se vayan todos’’! Con ella no se hace otra cosa que reproducir los ilegalismos, pues la sociedad sin sujeto representa, en toda la diversidad de sus querellas y conflictos, una vía radical que no expresa otra cosa que nuevos lenguajes y perspectivas, nuevas reconstrucciones coyunturales de las mismas estrategias del ilegalismo que intenta trascender.
A buen entendedor sobran las palabras: no se puede erradicar la corrupción. Sólo se necesita controlarla.



II La sociedad sin sujeto.

Con el crecimiento indiscriminado del umbral entre legalidad e ilegalidad nace la sociedad de los ilegalismos. En ella los instrumentos del poder, para poder vivir y sobrevivir, necesitan de un margen de tolerancia, una coherencia o lógica interna, como una economía propia. Frente al consentimiento inconciente, a la negligencia o a la imposibilidad efectiva de imponer la ley, el ilegalismo es capaz de generar su propia tolerancia. Esta tolerancia es de lo más singular.
Al buscar el beneficio en el umbral de la ley y de la ilegalidad, conquista mediante la imposición, la fuerza y la obstinación su espacio de desenvolvimiento. Este espacio vital es defendido con la misma obstinación con la que se luchó para conquistarlo. El ilegalismo vive de la obstinación-imposición como un recurso eficaz para prolongar su permanencia . En la medida que es capaz de imponerse en el tiempo, triunfa cuando distribuye la obstinación-imposición en todo el cuerpo social . Por eso acapara todo los rencores y venganzas, todas las insatisfacciones y marginalidades, todos los abandonos y delincuencias , toda la voluntad creadora degradada en el “quemeimportismo” social, hasta provocar la desaparición del sujeto social. Mientras más ilegalismo, más crece la obstinación-imposición en el cuerpo social ,tanto como más tiende a distribuirse la obsolescencia del sujeto social .El amparo de estas prácticas no solo se distribuye desde el gobierno nacional, sino de la Cámara de Diputados, de los partidos políticos que lucran con el descontento social, en los medios de comunicación, en la opinión ciudadana.
La multiplicación de la justicia, la diversidad hermenéutica de justicias que crecen como paliativo al descontento generalizado, nacen del seno mismo de la sociedad sin sujeto. La legislación parcializada le cierra el paso a la efectividad de la ley. Gran parte de las reformas a la ley se la obtiene mediante infracciones a la misma . Las 17 Constituciones del Ecuador no pueden ser pensadas como diversas formas de reformas a la ley, sino más bien, como 17 formas históricas de quebrantamiento de la legalidad . Los ocho meses sin Corte Suprema de Justicia, son tiempo suficiente para alimentar el proceso de obstinación-imposición en toda la república.
Como decimos, el ilegalismo se alimenta mediante la solidaridad de la obstinación-imposición en todos los órdenes . El juego recíproco de los ilegalismos mantiene el apoyo, distribuyendo su fuerza para vivir en cada individuo como en cada organización social . El umbral entre legalidad e ilegalidad se transforma en el modus vivendi de la sociedad.
Pero la solidaridad entre los ilegalismos no solo crece día a día en la sociedad sin sujeto, también es capaz de desvanecer toda pretensión de gobernabilidad y representatividad política . En cierta medida, todos los conceptos tradicionales, tales como democracia , Estado, política , familia, huelga etc, tienden a perder su estatuto y configuración clásica, para orientarse en el umbral de la legalidad-ilegalidad .El verdadero gobierno de la sociedad de los ilegalismos es la obstinación-imposición con la que las prácticas del ilegalismo, en la distribución solidaria de sus conductas cotidianas, es capaz de producir en el cuerpo social.
En la sociedad sin sujeto, el ilegalismo consigue reemplazar a la ley. La transforma en una fría e inútil formulación decantada en mera positividad . Sin relación alguna a los sujetos y sus conductas diarias, independientes de nuestro juicio y de nuestra razón . La ley se presenta como una muerta objetividad, al igual que los animales disecados de los gabinetes de historia natural .Por un lado está la actividad autónoma del sujeto social y, por otro, la muerta objetividad y positividad de la ley. Esta disolución de la ley en mera positividad, representa no solo la total enajenación y extrañamiento del sujeto social y su libertad, sino también , como dice Hegel, “la subjetividad absorvida por la sustancia”.
Pero no sería suficiente observar este tipo de prácticas en las conductas familiares, en las formas y estilos argumentales de las reuniones políticas y barriales, en el periodismo nacional, en el tránsito vehicular, en el diálogo con los vecinos, en las relaciones profesor-alumno , en las relaciones de pareja, en el libre opinar de la calle .Bastaría con señalar los niveles de complejidad en los que se distribuye el ilegalismo, para abandonar de inmediato el intento de atrapar su racionalidad omniabarcadora.
Por lo pronto, el ejemplo que nos ofreció Octavio Paz en su “Laberinto de la soledad”, con el “valemadrismo” mexicano, nos debería servir para considerar al “valeverguismo” ecuatoriano ( sic veniat verbo ¡) como uno más de los canales de distribución del ilegalismo en las prácticas y conductas diarias de la sociedad.



III Del espectáculo al espectador de los ilegalismos.

El espectáculo público de la corrupción, su articulación mediática, su representación como triunfo de la denuncia y la “justicia”, su manipulación desde el gobierno, expresa también una glorificación y una enseñanza de la viabilidad astuta de la corrupción y de la injusticia : “La proclamación póstuma de los crímenes justifica la justicia, pero glorifica también al criminal”( 81 )
La mejor forma de evitar esta publicidad de la corrupción, como paliativo a la reproducción de los ilegalismos , sería suprimiendo la expresión pública de la denuncia, canalizarla por las vías de la expresión del derecho, como asunto judicial y administrativo, más como pudor administrativo que como publicidad y acicate de los derechos ciudadanos. Si bien el derecho y la ley necesitan de esta expresión pública, al mismo tiempo que son capaces de proclamar la necesidad de la ley y su cumplimiento, producen el descontento popular como la fuerza desarticuladora de los ilegalismos .
En cierta medida, en la sociedad sin sujeto, la ineficacia de la ley, su obsolescencia, conduce a la justicia al sitio del espectáculo público. Esta teatralización constante de las conductas del ilegalismo, del juicio y del aparente ejercicio de la justicia, sobre todo en manos de los medios de comunicación, no representan un remedio a la crisis, sino son una expresión más de la verdadera enfermedad que aqueja al paciente. Mientras más publicidad se hace a las instituciones que resguardan el orden público, más aumenta y se despierta el descontento popular frente a su pretendida eficacia.
En este tipo de sociedad, el ciudadano es llevado al rango de espectador y de testigo, degradado en el personaje que no logra satisfacer su sed de justicia más que como espectáculo punitivo. En él no triunfa el verdadero ejercicio de la ley, sino, por el contrario, el resplandor de la ley queda degradado solo en el goce del descuartizamiento público del condenado, en la intriga familiar y en la deshonra pública de la acusación.
Pero la acusación y recriminación pública del delito no elimina el delito, sino lo promueve indiscriminadamente . Al salir la ley del Palacio de Justicia y prostituirse en la acusación pública , se degrada en una constante teatralización . Por un lado, sirve para justificar a la ley, pero, por otro, invita a transgredirla.
El motor de la rebelión popular en la sociedad de los ilegalismos es esta teatralización de la acusación pública . Cada cierto tiempo, las alforjas de la tolerancia ciudadana se llenan de actos luctuosos, de conductas delincuenciales, de acusaciones y reacusaciones, de malas administraciones y administradores, de transgresiones flagrantes a la ley . Condenados por la misma sociedad a ser espectadores de este teatro de la ambigüedad, soportan este proceso acumulativo hasta explotar en la rebelión popular.
Pero la rebelión popular no expresa en la sociedad de los ilegalismos una verdadera reivindicación de las libertades individuales y grupales. Ni siquiera es capaz de ser una expresión mitológica del descontento generalizado .Más bien, la rebelión popular en la sociedad de los ilegalismos al no estar sustentada en la libre disposición del sujeto del descontento social, solo sirve para que los espectadores se vuelvan parte del espectáculo. Como actores que reconocen su actuación en la misma pantalla de la impunidad de la ley, no son capaces de reconocer su actuación en la gran telenovela de los ilegalismos.
El pueblo levantado en armas, en la extrema venganza contra el poder y contra todos, no hace otra cosa que satisfacer su sed de ilegalismos cuando intenta erradicarlos . Como coejecutores del ilegalismo, la gran masa que practica la estampida popular buscando ingresar en la ley por la puerta de la rebelión, no consigue más que refundar y ampliar en múltiples brazos al ilegalismo. Cuando el poder se vuelve cómplice y acicateador del espectáculo punitivo, no queda otro camino que responderle con otro espectáculo.
Al esclavizar al ciudadano como espectador de los ilegalismos, la sociedad sin sujeto priva al ciudadano de una libre relación con su mundo externo .Al transformarlo no en testigo eficaz de los ilegalismos, sino en generador de los mismos, desvía y prostituye sus intenciones reformistas en más ilegalismo del que necesita. No le ofrece la posibilidad de ser el motor de una reforma, sino solo le ofrece el espectáculo como paliativo a su descontento.
El papel de espectador del ciudadano en la sociedad de los ilegalismos, queda retratado plenamente en esta imagen que Foucault nos comunica del suplicio público en el siglo XVIII:

“( al pueblo)…se le convoca para que asista a las exposiciones, a las retracciones públicas; las picotas, las horcas y los patíbulos se elevan en las plazas públicas y al borde de los caminos; se deposita en ocasiones durante varios días los cadáveres de los supliciados bien en evidencia cerca de los lugares de sus crímenes .Es preciso no sólo que la gente sepa, sino que vea por sus propios ojos. Porque es preciso que se atemorice; pero también porque el pueblo debe ser testigo, como el fiador del castigo, y porque debe hasta cierto punto tomar parte en él .Ser testigo es un derecho que el pueblo reivindica; un suplicio oculto es un suplicio de privilegiado” ( 63 )

La sociedad de los ilegalismos desarticula la dinámica del poder y contrapoder, en el teatro del espectáculo punitivo. El juego del poder sucumbe en la venganza múltiple, en el rencor total .Al tomar parte en la venganza, ciudadano y poder se identifican con la realización del ritual punitivo .Mediante la teatralización de la punición , el pueblo entra a viva fuerza en el mecanismo punitivo, pero redistribuye sus efectos en otro sentido, para continuar impulsando “ la violencia de los rituales punitivos”(66 )


IV La reforma de los ilegalismos .

La justicia tradicional se ha desnaturalizado por los privilegios sociales que ampara, por la venta de la sentencia al mejor postor, por la confusión “entre dos tipos de poder : el que administra la justicia y formula una sentencia aplicando la ley y el que hace la ley misma” (82 ).
La justicia es irregular pues depende de una multiplicidad de estructuras encargadas de su cumplimiento .Hay diversidad de justicias en la sociedad de los ilegalismos, tantas como para desnaturalizarla por completo .Al existir esta multiplicidad , se multiplican las instancias que velan por su cumplimiento neutralizándose hasta volverse “incapaces de cubrir el cuerpo social en toda su extensión” ( 83 ).
La desorganización total de la sociedad de los ilegalismos, también se manifiesta como exceso de poder .Todos tienen poder .Miles de juridicciones inferiores, poder local, poder y arbitrio en cada segmento de la sociedad, barrio ,municipio , provincia, partido, familia, consejería, ventanilla .Se multiplica sin control la arbitrariedad, del mismo modo que se ejerce el poder con severidad cuando no se lo necesita o se es excesivamente indulgente .Cada ciudadano interpreta la ley a su antojo, cada barrio, cada familia toma resoluciones que no le competen .Se identifica el poder de castigar y los derechos particulares como poderes personales al infinito. El panorama lo define Foucault de la siguiente manera : “La parálisis de la justicia se debe menos a un debilitamiento que a una distribución mal ordenada del poder, a su concentración en cierto número de puntos, a los conflictos y a las discontinuidades resultantes” ( 84 ). Se trata más bien de “ asegurar una mejor distribución de este poder, hacer que no esté ni demasiado concentrado en algunos puntos privilegiados, ni demasiado dividido entre unas instancias que se oponen” ( 85 ).
---------------------------------------
Como en la pintura de Carlos Echeverría, donde observamos y no observamos una indiferencia, una opción oculta, una vía desoladora y desconcertante de los personajes de la escena, nuestras reflexiones intentan, por su lado, el adentrarnos en esa conciencia cómplice que se replica misteriosamente en el espectador de la pintura. Estar implícitamente evocados en la pintura es ya una exhortación, un incentivo para intentar resolver la encrucijada en la que vivimos.

Cumbayá, 15 de Octubre del 2005.

No hay comentarios: