lunes, 19 de marzo de 2007

MUERTE DEL ENTUSIASMO

Siempre me ha llamado la atención esa particular actitud humana por tomar las cosas que conforman la realidad del momento presente como inmutables o indignas de preocupación; esto quiere decir que la gran mayoría de nosotros aceptamos a las instituciones, actitudes o costumbres, así como a la moral y la cultura sin habernos detenido a pensar un momento sobre sus porqués y sus cuándos, si son en realidad útiles u obsoletas, si la “verdad” no es tan sólo un invento del lenguaje que nos enfrasca dentro de un juego de roles al que no hemos sido invitados a participar pero forzosamente debemos jugar.
Uno, de los tantos, de estos temas en apariencia sencillos y que no necesitan ser muy pensados es el arte. Hace poco no pude evitar preguntarme porque esa caterva de locos (de la cual orgullosamente formo parte) dedican sus vidas, sus esfuerzos y pasiones, en suma: su Voluntad, a una actividad que ante la mirada inquisidora del “mundo real” no aporta en nada al desarrollo y progreso de la colectividad. Somos todos en cierta manera algo así como cartas sin destinatario, como jugar a perder, a perdernos.

Genealogía de “lo artístico”:

Pero ¿de dónde nació esto?, ¿es acaso todo una crisis evidente o tan sólo un discurso sin sentido, de un alma que tiene dificultad para calzar en el molde?, ¿es lo que todos creen ser real y concreto en verdad así?
Partamos de un punto; para esto es necesario hallar un principio, diríase establecer una “genealogía de lo artístico.
El arte al que somos lanzados ahora es, como todo, una construcción mental de grandes proporciones, que como todo sistema ha necesitado evolucionar en pos de una adaptación al marco de las circunstancias.
Para hallar este principio debemos remitirnos obligatoriamente a los griegos: nuestros padres como “civilización”.
Pido a los presentes en este punto usar su imaginación y ubicarse, digamos unos 400 años antes de Cristo, en Grecia: estamos todos vestidos con túnicas y calzado rudimentario, en medio de un tumulto cargado anécdotas que después serán consideradas historia, de personajes y olor a mar. De pronto todos nos exaltamos, tenemos delante a un loco al cual por su condición de locura envidiamos; de pronto dicho personaje “sale de sí” y actúa, literalmente, como poseído. De todo su ser se desprende una habilidad poco común en el resto de mortales, por ello es fácil considerar lo que hace como divino. No es de humanos poder realizar algo así; el sujeto ante nosotros: sea rápsoda, sátiro, músico, poeta o escultor tiene en sí el poder de un Dios: él es la encarnación en dicho momento de un Dios.
Ahora situémonos en un viernes rutinario de mi Quito: la pareja, Él y Ella, deciden ir a un conocido bar /espacio cultural /sala de conciertos y restaurante. Ésa noche en particular el concierto es muy bueno: el ostinato propuesto por el pianista es hábilmente contrapuesto rítmicamente por las líneas de guitarra y el patrón de batería, el saxofonista acaba de tocar con suma habilidad (fruto de unas cuantas muchas horas en un cuarto de ensayo) una frase en tresillos que resalta el paso de la tercera mayor a una novena bemol sobre el acorde Mayor Siete propuesto por la armonía, su dominio del uso de tensiones es extraordinario; en cristiano esto implica que se las supo arreglar para hacer oír a los comensales (de sushi, si es posible, por supuesto…) una serie de disonancias pavorosas pero manejadas con clase. El mismo recinto reúne también a muchos artistas aspirantes, críticos y empresarios; quienes podrán, si así lo quieren, jactarse de cultos ante la masa que no suele asistir a tal sitio a darse su “bañito de cultura”, probablemente desconozcan quien fue Andy Warhol, Jorge Luis Borges o John Coltrane aunque sus imágenes adornen las paredes que los acogen pero eso carece de importancia, a la salida se les dará una factura, avalúo indiscutible de su condición de cultos. Después del concierto Él invitará a Ella a una de las únicas discotecas que valen la pena en el momento, según lo decidido por ese tácito acuerdo entre toda la “gente bien” que la visita asiduamente cada fin de semana; no sólo porque se supone que éste sea su rol como macho alfa sino porque la invitación es el preludio ideal que facilitará la posterior cópula de turno. Los que no aguantan la música de fondo o quieren ampliar su necesario círculo social se ven casi obligados a consumir algo, justificando los ingresos de los dueños del local donde supuestamente se va a bailar cuando el negocio es vender licores con sobreprecio; no olvidemos para esto que el ambiente está infestado con los sonidos del bajo y bombo debidamente ecualizados en la canción para incitar al baile y bloquear los intentos de conversación que puedan obstruir su ansia de consumo. Mientras tanto Ella danza bastante bien según la norma que ha impuesto el ritmo: le da la espalda a Él y se agacha hasta lograr ese ángulo preciso en el cual sus nalgas logran el grado exacto de fricción sobre sus testículos, obediente siempre al coro que se canta el fondo: “Hasta abajo, muévete cabrona hasta abajo”. Loado sea el reggaeton.
En este punto no estaría de más recordarme la pregunta de fondo: ¿qué pasó?, ¿cuándo y porqué el arte dio ese brinco de ser un regalo de los dioses a convertirse en un producto más, asequible por un precio al igual que el papel higiénico?.


Enthusiasmos

Como con casi todas las cosas, el origen del valor metafísico o filosófico del arte lo encontramos en los griegos. Nietzsche lo sentenció desde hace rato, en “el nacimiento de la tragedia” para ser preciso: “cada uno de los pueblos que se creen grandes deberán en algún momento someterse a la inevitable labor de verse postrados y empequeñecidos ante semejante civilización, tan grande que para ellos era bárbaro todo aquello concebido fuera de sus límites”.
Los griegos son lo máximo, no fueron, son; aún los llevamos presentes en todo lado, empezando por las paredes de este edificio, que son construidas gracias al teorema de Pitágoras; el nacimiento de la medicina y sus implicaciones morales que nos legó Hipócrates; por ejemplo el realismo de los efectos especiales de las películas también tiene su origen en los griegos: en el naturalismo en la escultura, recordemos a Praxiteles y Fidias; los guiones de las películas o las obras de teatro fueron planteados en forma muy parecida desde Safo, Aristófanes, Sófocles y Eurípides; A Pitágoras le debemos también el estudio de los números y las formas (sin ello chao tecnología…); Demócrito predijo que existían los átomos (se imaginan un mundo sin Física ni Química???); y por supuesto el nacimiento de la filosofía en manos de Tales, Anaximandro, Heráclito, los Sofistas, Sócrates y todo el club de fans… En serio, fíjense en cualquier cosa que vean a su alrededor y lo más probable es que, con un pequeño análisis, ésta le deba algo a los griegos para existir.
La mejor muestra del rol del arte en el mundo antiguo la tenemos en Ión de Platón: allí en el diálogo entre Sócrates e Ión queda claro que el arte no es una capacidad sino mas bien un don divino, dado por seres intermedios o mensajeros entre los dioses y los hombres, llamados daimons, para que puedan comunicarse estas dos dimensiones. Si han oído hablar de musas, éstas son un tipo de Daimons.
Dicho de otra forma: el arte es un acto divino y el verdadero artista actúa como “poseído” por una fuerza exógena que lo incentiva a crear. A este estado se le llama entusiasmo o enthusiasmos. Un artista, por más virtuoso que sea, por más técnica o techné que posea (OJO con este término, que los trataremos más adelante) no es absolutamente nadie, así como sus obras, si no es debidamente “enthusiasmado”.
A su vez este entusiasmo tiene la particularidad de darle al poseído por él una concepción pura; sin ningún concepto, juicio o prejuicio antepuesto sobre lo que es en verdad la realidad (Husserl llamará a esto después epojé o hacer epojé). Es sumamente interesante comparar esta visión de ver las cosas tal cual son con los pensamientos de artistas y filósofos como Van Gogh, Hegel, Kant, el movimiento cubista (Picasso y Cezanne) o con comentarios como “Velázquez es el pintor de la realidad” (Picasso). Esta es una forma de ver el mundo que ha permanecido presente en forma muy sutil pero constante a través del tiempo.
Saliéndome un poco del tema quiero recalcar que nosotros, en nuestra condición de primates, somos los únicos monos que juegan a la religión y crean cosas porque sí. Digo esto porque de manera coincidencial el arte y la religión nacieron casi simultáneamente en la historia humana, es como si el hombre empieza a hacer arte al tomar una conciencia de un Dios y de un alma. ¿será por tanto que el arte es tan sólo una nimiedad típica de un caso atípico de monos sin pelo?
A partir de los griegos el arte tuvo siempre como objeto algo más, era una especie de esclavo al servicio del poder, es decir de la religión del gobierno de turno. La música en especial era usada como un instrumento poderoso de llegar a las masas y calmar los ánimos, de allí los cánticos de guerra y todas las alabanzas en forma de música presentes a lo largo del antiguo testamento; para nosotros no es raro entrar por ejemplo a una iglesia y verla plagada de obras de arte de distintos tamaños, es parte del paquete de las cosas grandes que ha hecho el hombre. Pero así mismo ahora no es raro ver a la gente absorta en música que no dura en sus mentes sino un par de semanas y comprobar cómo se suceden los “artistas” como fichas de dominó en un juego implacable de gustos impuestos (ya hablaré sobre esto).
Estamos inundados hasta las narices en un maldito negocio.


El arte ahora:

El rol del arte hoy en día es diferente: los artistas son bichos raros que gozan de una extremada fama o tratan de sobrevivir en su medio por medio de la imitación de los grandes íconos; para aquellos que no tienen acceso a las obras originales hay siempre un mercado muy bien estructurado de copias fieles, pirateadas, para que todos tengan un pedazo de cielo en sus casas. En los estratos cultos el arte es un juego cerebral (gracias a Duchamp) al que pocos tienen acceso y donde para poder a entender aquello que se piensa bonito es necesaria cierta investigación o estudio. Para acceder a una obra de arte se hace preciso invertir una suma de dinero.
De aquí que los artistas vivan sometidos ya no a sus musas sino a las reglas de mercado: si eres un pintor es preferible hacer un cuadrito de 30cm x 50cm a la imagen que impactó tu sueño el otro día (como de dos metros de largo…) porque ése cuadrito lo venden más rápido en la galería; como músico si tienes una idea para una canción debes asegurarte de que ésta dure menos de 3 min y de llegar a el coro antes de 59 segundos para que las radios te regalen su beneplácito, sino no nadie irá a tus conciertos…; si lo tuyo es escribir mejor no pongas palabras rebuscadas, evita al máximo un tema que les haga pensar a tus lectores un poco más de lo normal y ponle un final como para que pueda eventualmente tu libro hacerse película... ahhhh, si logras convencer a tus lectores de que los reyes de Francia son emparentados en forma directa con los hijos de Jesucristo te apuntas unos ceros extra al saldo de tu Mastercard; los poetas prudentes no escriben sobre el dolor de la existencia como Hölderlin, sino que apuntan versos llenos de inconformidad o en su defecto escriben rimas de amor con las que puedan identificarse las quinceañeras que juegan al amor; como arquitecto si planeas construir una casa por favor asegúrate de que tenga un porsche ostentoso porque así tu cliente vivirá en un sitio más parecido a la casa de su amigo el de la linda familia o a la del catálogo que miró de reojo, esa casita con patio grande, perro en la puerta y gente sonriente, con la estupenda familia feliz y socialmente envidiada.
Les pregunto ahora: ¿creen uds. que con estas condiciones Wagner tendría trabajo hoy?, ¿que se deben demoler las casas de Gaudí porque no hay como poner ni un cuadro adentro?, ¿Que ya no vale la pena leer “el Conde de Montecristi” porque te viste la película (que por cierto se inventa casi toda la trama…)?, ¿Que mejor es comprarse nomás el nuevo de Coelho para poder hablar con los conocidos, antes que la comedia humana de Balzac (total, quién también será ese man si o nooooo?)?, o que el torero alucinógeno de Dalí no es tan bonito ¿pues no cabría sobre la cabecera de tu cama?
También se puede tomar otra actitud respecto a la cultura y el arte en estos días: coleccionar discos que no te gustan pero que son interpretados por “los duros”, hablar de Existencialismo con soltura pues te leíste ya el “Sartre para Principiantes”; colarte en todo concierto y manifestación de arte importante que venga a la ciudad no por gusto propio sino para poder ser visto en dichos círculos (nada mejor que dormir con la Sinfónica Nacional de fondo); criticar a Niemeyer con saña después del episodio que viste sobre él el Discovery Channel; considerar tu casa como superior a la de aquellos desafortunados quienes no pueden tener los típicos cuadros de la puerta de iglesia quiteña y las flores que Van Gogh no quiso incluir en sus estudios sobre Margaritas colgados en sus paredes, no importa que te guste realmente el cuadro, lo que vale (literalmente) es la firma de Almeida y de Katasse en la esquina inferior izquierda. Hacer lo que sea por llevar encima el rótulo de intelectual que tanto ansías. Los “sabios” posmodernos que nos describía Lyotard no están únicamente en el lejano Tokio sino aquí entre nosotros.
Definitivamente todo este negocio no nació gratis, fue necesaria una propuesta que legitime o le dé validez a todo este asunto. Tras nuestro nuevo Mozart: Ricardo Arjona debe haber necesariamente un cerebro que apadrine sus esfuerzos y se los lance en paquetitos bien decorados al mundo.


Sobre la exquisita razón:

Todo aquello que llamamos “nuestro mundo” es tan sólo un juego de palabras que nos han creado una idea y que la hemos adoptado como nuestra (aquellos que estén interesados pueden consultar el trabajo de Saussure, Levi Strauss, Wittgenstein, Husserl, Lacan, Lyotard, Foucault o Derrida, entre otros), el gran músico y guitarrista Steve Vai diría que “vivimos dentro de una ilusión; pero en una ilusión muy, muy real”. Y si tenemos que dividir nuestra historia entre el salvajismo de antaño y el presente tan políticamente correcto en que nos toca vivir, es imperativo nombrar al racionalismo: el período consentido de antaño, la razón para el hombre, la razón como el centro del mundo.
Este nuevo período, modernidad para algunos, es patrocinado por Descartes como su mentor y tutor principal. Nos embutió de un raciocinio tan poderoso que se creía capaz de abarcar todo, a él le debemos mucho del sistema en que vivimos, desde los satélites… hasta el reggaeton.
Cogito ergo sum, pienso luego existo, dividir todo en sus partes minúsculas, para cualquier cosa se necesita un método, se debe desechar lo que no es claro y preciso, hay que ordenar las cosas por secuencias: de lo más sencillo a lo más complejo, surgen las taxonomías y en consecuencia la segregación, se facilitan las dicotomizaciones para sentar bases sólidas a la existencia racional. La sociedad vigila y castiga, el erudito se regocija y el progreso avanza con fervor. Si alguien tiene dudas al respecto pueden discutírselo a Michel Foucault (Vigilar y Castigar).
No mucho después Comte en su “Curso de Filosofía Positivista” corregirá la propuesta racionalista cartesiana al extremo al introducir el pragmatismo por sobre todo, es decir darle una utilidad tangible a toda acción y toda obra, lo que no se puede justificar es rotulado automáticamente como absurdo. Muere el enthusiasmos y se llena de flores a la ciencia. El arte se convierte en vasallo del absurdo.

Una maravilla la razón. Que lindo!!!
Pero ¿será en realidad la razón un monstruo tan terriblemente eficaz y asfixiante que no pueda dejar fuera de sus tentáculos absolutamente nada?. ¿Hay acaso otro tipo de realidad que exista fuera de los límites de la razón?
Siguiendo la misma línea, “deconstruyendo” esta aparente verdad, ¿no es acaso la existencia misma algo tan complejo que la racionalidad sólo ahonda su dificultad, cavando aún más profundo el hueco aquél en que nos enterró Descartes?, ¿los sistemas, pensamientos y corrientes bajo los cuales nos cobijamos (del neoliberalismo al Feng Shui, de Bush a Chávez, del jazz al punk, de Buda al Marxismo), son en realidad una voz de esa verdad que tanto nos impera la razón?, ¿el pensamiento mismo, supuestamente la célula del racionalismo, no es acaso un títere de esta misma razón?


El sistema educativo que nos ampara

Como hemos visto la nueva concepción de la realidad vino de la mano del racionalismo y la consecuencia del silogismo fue que el concepto de arte también se coló en esta vorágine, se salpicó de racionalidad.
En efecto es a partir del humanismo (siglo XVII) que el arte empieza a desarrollarse “porque sí”, o al menos no necesariamente bajo el amparo de la iglesia. La pasión según San Mateo de Bach tendría su equivalente en las Bodas de Fígaro de Mozart, Rafael ocupó mucho tiempo pintando los frescos de las grandes catedrales (la escuela de Atenas) mientras Velásquez si tuvo tiempo para pintar a una vieja cociendo huevos e insertar más de un significado a sus obras, el elogio de la locura o el príncipe de Erasmo y Maquiavelo, respectivamente, difieren mucho del Discurso del Método de Descartes o el Tractatus Políticus de Spinoza.
Pero lo grave no está allí, pues con esta revolución también vino una reforma al sistema educativo; si bien el humanismo contribuyó notablemente al desarrollo de la educación para todos, fue precisamente el método cartesiano el impulsor de la nueva ola de “los cultos”, cadena que sólo se amplió después con el positivismo maduro de Comte y su consecuencia: el Pragmatismo de Pierce y James.
El aparato educativo, del kinder a la universidad, genera gente útil y comprometida a su rol, mata los mitos y cucos de los niños con el pesticida cartesiano, le quita a cualquiera sus dudas con una secuencia lógica de eventos y consecuencias, los teoremas y reglas de la naturaleza son verdades a medias que están destinadas a caducar hasta la llegada del siguiente gran genio (sino pensemos un momento la opinión que tendría Newton de Einstein). Todo funciona aparentemente bien.
¿O no?

Los tontos útiles

En “la Condición Posmoderna”, Jean Francois Lyotard nos explica con claridad magistral que nuestra condición actual, posterior al modernismo, se caracteriza por un problema de legitimación; es decir que lo que se acepta como verdad, cualquier cosa, no es sino un discurso dentro de un juego generalizado de lenguaje. Las palabras construyen nuestra realidad y detrás de todas estas grandes tesis: Neoliberalismo, Democracia, Falocracia, Psicoanálisis, Anarquía, Positivismo, y la favorita del momento: Partidocracia etc, etc. se esconde siempre un gran discurso o relato, un Metarrelato, que le da un valor de auténtica a esta realidad y sirve a su vez de garante ante los achaques por parte de grupos no conformes.
Es decir que todos esos “ismos”, vivos o enterrados, son sólo juegos de palabras, de sentidos e interpretaciones que nos pusieron con un rótulo de “ésta es la realidad”. Si bien Lyotard encierra en éste, su discurso, a grandes ideas, vox populi, los metarrelatos no son en mi opinión necesariamente conocidos por todos. Sino pregúntenle a cualquier niño sobre esto y les responderá con su bendita simpleza tautológica que sólo prefiere jugar.
Por ello para mí estamos envueltos en un saber incompleto, tibio e insolente, pues está legitimizado como verdadero, con el aval del sistema racionalista.
Pero ¿cómo?, supongo que se dirán “este muchacho debe estar medio zafado… ¿no se supone que la razón es lo que le hace a la gente inteligenteeeee?”
Y es allí precisamente donde me baso, esa es la conclusión de mi epojé (ver las cosas sin prejuicio, tal cual son, ¿se acuerdan?).
Así como “las prisiones funcionan precisamente porque no funcionan, porque generan al delincuente” (Michel Foucault en “Vigilar y Castigar”); la razón funciona precisamente porque no funciona (en apariencia), o porque no está al alcance de todos. El sistema es eficaz precisamente porque genera con gran regularidad un número suficiente de idiotas. El racionalismo funciona correctamente en manera directamente proporcional a la cantidad de gente que nubla en un saber aparente. El saber necesita que nadie, o muy pocos, realmente estén en capacidad de pensar para poder existir. Se alimenta de lo la estupidez.
Detrás de esto no hay que olvidar un término clave: El Poder; pues es en verdad éste y no la razón el motor del mundo, desde siempre. Un poder que se extiende en forma brutal sobre todo, un poder generalizado sobre las masas y que actúa como víctima y verdugo de todo individuo, toda idea y toda institución, un poder que mueve como peones a todos sobre quienes actúa: las personas y las cosas, las ideas y los metarrelatos, los ismos y la razón.
La dicotomía estupidez-razón (implicando con esto que ambas cosas son en realidad dos caras de lo mismo), debe ser entonces útil a este sistema. No olvidemos que el pragmatismo, como corriente no sólo filosófica sino de vida, es también otro metarrelato… esto sucede así de las siguientes formas:

1. La estupidez instaurada como mal genérico de la especie humana asegura una globalización eficaz de productos e ideas, o ideas vendidas como productos (el saber es ahora un material de consumo, como la Coca-Cola, una cena que garantiza la calidad y refinamiento de su sabor laboral según la tarifa que pagaste por ella en un “templo del saber”).
2. Una caterva de tontos es en realidad una manada de individuos dóciles al consumismo, si no lo quieren creer les invito tan sólo un momento a analizar el verdadero mensaje tras el bombardeo de propagandas, cuidadosamente estudiadas, que abundan en los “medios” de comunicación.
3. La facilidad para insertar un nuevo relato en el aparato social es directamente proporcional al grado de estupidez de sus habitantes.
4. De la misma manera a un individuo le será más difícil cuestionar al sistema en la medida en que su imbecilidad sea progresivamente crónica (no olvidemos que la imbecilidad es un falso saber, más adelante ahondaré en el tema de nuevo).
5. La estupidez es progresiva, mientras más estúpido es el individuo, más fácil es aumentar en él esa condición y por ende más vulnerable será a las consecuencias pragmáticas del poder.
6. El tonto bien entrenado parirá una hueste de tontos igualmente aptos de continuar con la tradición, encerrados en sus cárceles de pensamiento racional, felices por lo que pueden seguir consumiendo o etiquetar como bien de consumo.
7. Pero esta estupidez es necesaria sobre todo porque ayuda a mantener el equilibrio. Para aquellos que pueden ver un poco más allá del velo de las apariencias les es necesaria también la idiotez como el camino a no seguir, como el otro lado de la alteridad cuya simple existencia les garantiza no estar “del otro lado”. Los tontos son como el fondo negro necesario para poder ver las estrellas.


El rol del Loco y del olvido como requisitos para saber

Si considero que tantas quimeras y falencias han sido creadas por el racionalismo; me veo en la urgencia de buscar el valor de su antítesis, hallar el valor de la sinrazón. Fundamentar mi razón en la ausencia de la razón, paradójico juego de palabras iguales con significados varios.
Siempre al margen, viviendo lejos la razón, se han hallado los locos. Individuos en un principio admirados pero considerados ahora un mal social: la espinilla en el bello rostro esculpido por la razón y la moral de la modernidad.
Gente que existe libre del apego al qué dirán, consecuentes sólo a su voluntad y sus dictados, grandes ignorantes de la voluntad general. Distintos y por tanto juzgados, castigados en público y temidos en secreto por el inconsciente popular. En lo personal considero que una de las mejores formas de conocerme y juzgar mi relación con el mundo es mi imagen personal de los locos.
En su diálogo citado anteriormente, Ión, Platón sentencia por boca de Sócrates que “la locura ha derramado los mayores beneficios sobre Grecia”. El enthusiasmos se presenta exclusivamente a los locos, quienes sólo así pueden desarrollar su arte a plenitud, me imagino a los locos como un grupo extenso de antenas parabólicas esperando a ser tocadas por un Dios. En la antigüedad no fue la razón y su desarrollo el sinónimo de progreso y triunfo, mas bien todo lo contrario: era la carencia de razón el requisito sine qua non para superarse.
En su búsqueda de una moral y de individuos superiores, Nietzsche nos dice en su libro Aurora que “casi siempre ha sido la locura quine ha abierto el camino a las nuevas ideas, quien ha roto el cerco de una costumbre o de una superstición venerada”. Al analizar esto más a fondo surge para mí no sólo un elogio a la “condición loca” sino también una necesidad de entregarse al olvido como condición para saber y para poder crear, ambos bloques de pensamiento tan presentes a lo largo de toda su obra.
Zaratustra, que no fue sino el otro nombre que se dio a si mismo don Nietzsche, al ser un convaleciente que estaba cerca de su “gran victoria” (de las tablas viejas y nuevas, Así Habló Zaratustra tercera parte), nos grita a todos y a sí mismo “¡borra de tus ojos el sueño y toda imbecilidad, toda ceguera! Óyeme también con tus ojos: mi voz es una medicina incluso para ciegos de nacimiento” (el Convaleciente, Así Habló Zaratustra tercera parte), está implícito que considera a la razón como un mal a ser superado, para entender esto tengamos presente que por definición de diccionario la imbecilidad es la ausencia de razón y el sueño es el dominio del inconciente, irracional, que duerme durante el día en nosotros.
Ese borrar que nos recomienda Zaratustra es una invitación al olvido, Nietzsche es EL pensador del olvido; el patrón filósofo de los estudiantes aquí presentes: Jorge Luis Gómez nos la puso clara en su “Modernidad y Nostalgia”: sin olvido NO hay creación.
A grandes rasgos, desde Schopenhauer al existencialismo, pasando una vez más por Nietzsche y Wagner; se puede dividir a la historia del mundo y la historia de sus cosas en un antes y después de ciertos individuos (la lista aquí se puede llenar a discreción de cada uno con Einstein, Shakespeare, Freud, Buda, Bach, Darwin, Picasso, Artaud, Kant, Fidias, Da Vinci y el largo etcétera de puntos de quiebre y referencia necesarios en cada rama del saber). Todos ellos llevan como patrón común su descaro ante el mundo por haberse atrevido a ver las cosas de un modo distinto y actuar consecuentemente con esto, por lo general en contra de la sociedad o mejor dicho “lo social”; son todos en su manera artistas, creadores compulsivos de una verdad: Su verdad que será después derramada ante los muchos para ser imitada, seguida y provocar ser refutada. Voluntad creadora de poder.
Para poder crear algo verdaderamente, para poder realizar lo genuinamente nuevo, es necesario olvidar; borrar de nuestros ojos el patrón conocido como realidad y enfrentarnos a nosotros mismos. Ignorar para crear, regalarse el título de ignorante, el que ignora, con dignidad.
Ser por esto locos, locos lúcidos de su locura, ignorantes a voluntad del saber.


Los templos del saber

Aparentemente hay una contradicción en este punto: por un lado mi charla suena a odio fundamentalista, dogmático, contra la racionalidad y su consecuente estupidez; contra el saber tibio e insolente que es legitimizado a diario por un título académico. Mientras por otro lado también he propuesto la ignorancia como camino a seguir, ignorar como el camino a un saber honesto, el antídoto contra esa tibieza. Ser ignorante pero no tonto, ignorar a voluntad.
Pero no olvidemos que he planteado la ignorancia como olvido, no como estupidez.
Me explico: si el saber racional es transmitido a través de un sistema educativo basado en métodos y técnicas en esencia cartesianas, abanderado por el positivismo; decir que la estupidez es el saber tibio e insolente implica directamente a todo el sistema educativo: a cada escuelita y universidad, implica incluso a los hogares, laboratorios y medios de comunicación.
¿Suena a un complot gigantesco? Pues quizá no me he explicado aún del todo bien.
Por saber tibio me refiero a una pretensión de saber, a aceptar como verdad absoluta una cosa si ésta es demostrada con fundamentos racionales suficientes. Es un saber tibio por cuanto al llegar a este punto de aceptación se queda allí inmóvil y “se enfría” hasta solidificarse en la concepción racional.
Es un saber insolente en la medida que una vez amparado por la razón, legitimizado; se torna como verdad superior por sobre las demás; aplastando bajo su falso trono a cualquier otra idea diferente si es que ésta no lleva impresa en su formulación una buena cantidad de pruebas y demostraciones.
Es un saber incompleto pues no tolera con tanta facilidad el cambio si éste es radical, incluso si eso es necesario.
Lo grave es que ésta es la actitud que mata al arte, que asesina al mito y aniquila al enthusiasmos. Como estudiante de arte puedo dar fe de ello.
Para toda esta revolución racional no existen herramientas más eficaces que los medios globalizados de comunicación, pues ellos tienen la facultad de manipular a su gusto y discreción lo que es moral y verdadero, lo que es bueno o no (y por tanto que valga la pena consumir o hacer o no…); por ello no extraña que el poder invierta tanto en mantenernos cada vez más “informados” y que las maravillas modernas de comunicación se tornen en bienes muy preciados a poseer.
El sistema educativo actual, en cualquier institución, se basa generalmente en números: desde el código de estudiante a las notas y promedios, muere el sujeto; por tanto debe hallar en su crecimiento constante una forma de impartir por lo menos un nivel mínimo tolerable de conocimientos en sus clientes o educandos, así como una forma de poder medir esto para llevar el control.
De ahí que esa apatía tan actual ante aprender e investigar no sea sino un añadido del sistema, que a su vez trata en vano exorcizar los demonios que él mismo invocó. Los profesionales serán en su mayoría nuevos números que engrosen las listas de puestos dentro de la industria. Son como el alimento de las estadísticas, así no lo quieran.
Nunca voy a hablar mal de mi universidad, pues de pocas cosas le estoy tan agradecido a Dios, pero incluso dentro de las artes liberales se ha insertado esta actitud.
La institución educativa, en un afán pragmático, no puede perder el tiempo en incentivar a la creación y la propuesta, en cultivar la imaginación y la creatividad, es más práctico a la carrera que brinda a sus pupilos que éstos aprendan principios y leyes fundamentales que ya han sido probadas y utilizadas, el razonamiento es casi nulo en este sentido. Incluso en las artes. Todo se basa en una técnica, techné ¿recuerdan?, la conciencia crítica es asfixiada por el sistema. En mi caso por ejemplo, no importa tanto que la composición que se nos envió nos suene bien, pues el profesor que recibe su sueldo de nuestras pensiones es pagado justamente para enseñarnos que una oncena natural sobre un acorde de séptima mayor es disonante y que esto incluso puede crear problemas al producir un disco porque hay un cruce de frecuencias… la idea originalmente “bonita” de nuestra cabeza se comprobó como inválida y aprender eso nos es necesario. Hasta ahora me hallo en una contradicción interna impresionante al respecto, pues lo que se debe aprender no necesariamente es lo más válido y al mismo tiempo necesito saber de esos errores para evitar equivocaciones fatales en “el mundo real”.
La educación no tiene la culpa tampoco por esto, si pensamos desde su ángulo no puede hacer más de lo que ya está haciendo (según este punto de vista); de todas formas está aportando al mundo su número requerido de profesionales, que tontos o no tendrán un título.
En mi opinión personal es preocupante, por ejemplo, que el futuro médico que vele por la vida de los seres queridos por mí, sea el compañero sumamente popular que pasó tanto tiempo de su educación universitaria jugando ping pong o tomando cerveza con ahínco cada viernes en la tienda de al frente… así como de igual manera me preocuparía si veo que la gente que ahora posee una mente que sirve en forma casi exclusiva a dedicar todos sus mejores esfuerzos en decorar un auto o combinar la ropa según la nueva tendencia ocupe los nuevos puestos de abogados, cocineros, directores de empresas, políticos, cineastas y arquitectos.
Lo grave es que incluso no habrá como quejarse, pues el ministerio les pondrá un sello sobre un cartón que los certifica como “profesionales”.
Me pregunto ahora ¿Será que el mundo puede progresar con tanta gente así?


Entre un Sócrates mejorado y un superhombre….

Por supuesto que sí !!!
Fito Paez nos diría que “es sólo una cuestión de actitud”, lo importante no es la realidad que se vive sino cómo decidimos afrontar esa realidad. Toda esta propuesta, esta diatriba, tiene como único objeto “picar” un poco la conciencia de ustedes y proponerles una alternativa.
Si estamos en un mar de idiotas será necesario aprender a nadar y rápido. La cuestión es como hacerlo.
Así como me he dedicado a criticar al pobre Descartes, quien muy probablemente no tenía ni idea de todas las consecuencias de su pensamiento, porque apadrinó un nuevo concepto de razón (el otro gran racionalista es Sócrates, pero a él le vamos a dar un trato distinto…), fue entonces lógico en mí buscar refugio en el otro lado: en la sinrazón, el irracionalismo.
Adecuadamente Friedrich Nietzsche anticipó todo esto: el ocaso de los ídolos (las ideas, en este caso el racionalismo) y la consecuente búsqueda en el pasado por un futuro mejor (el enthusiasmos griego); así como hallar una genealogía de lo que en apariencia ha funcionado bien desde siempre.
Con seguridad la máquina de tontos útiles, y profesionales, esta fábrica de hamburguesas cerebrales ofrece cierto amparo a quienes se cobijan en su seno. Ante la brutalidad de una existencia conciente sólo se presenta un subterfugio de la voluntad de vivir, la apariencia (llámese falso saber, moda, banalidad, imbecilidad) es el techo de amparo ante el miedo.
Vivir es sufrir, eso parece estar claro para el antiguo mundo griego, para los budistas y para los seguidores de Schopenhauer (como Wagner, Borges y el Nietzsche temprano).
Plantearse la existencia como un eterno sinsentido donde sólo cobra sentido el sufrimiento no es una actitud pesimista, eso es para los débiles, sino una forma de aceptar la vida con coraje y enthusiasmos.
Ama tu destino, ésa es la nueva gran máxima de vida, el impulso vital que repele la apariencia, minimiza las flaquezas y fortalece el espíritu. “La Filosofía hace más fuertes a los fuertes y más débiles a los débiles” dice Nietzsche.
En lo muy personal considero que vivir en el dolor, aceptándolo, es la única manera de conocer la verdadera felicidad, de trasgredir el miedo que no puede esconder más su fetidez por más religión, baratijas, ropajes y libros de autoayuda cortesía de Cuauhtémoc Sánchez. Sólo entendiendo el dolor y el miedo se puede comprar el boleto de salida de la rueda, del Samsára.
Pero ¿por qué el miedo?
Hay dos actitudes que podemos tomar frente al miedo: mentirnos o ser valientes. Vivir con el miedo a nuestro lado, ya no como la peste a evitar sino como la gasolina misma de la existencia.
Se puede intentar vivir así bajo una concepción dionisíaca del mundo, no la del dios de las orgías sino como el dios de la pérdida de individuación, de la represión olvidada, el dios más allá de la razón y que nos regala el sueño y embriaguez como única alternativa para reafirmar la existencia.
Pero ese camino es sólo eso, sueño y embriaguez, no toma cartas concientes en el asunto, es un olvido tibio, digno de débiles.
Por ello ahora me permito invitarles a tomar a la ignorancia, a ese mismo miedo que nos aqueja, como el anticuerpo necesario ante la condición idiota, ante el reinado del horror.
Aquí necesito volver a otro de los padres de la razón, tradicionalmente interpretado como aquél que empezó todo: Sócrates. Pero no voy a hacerlo desde el marco antiguo de un Sócrates serio que tuvo un alumnito por ahí que se llamó Platón. Vamos más bien a centrarnos en el Sócrates maduro, el que se suicidó con dignidad, el Sócrates cultivador de la música, el Sócrates enviado por Apolo pero que terminó viviendo bajo el amparo de Dionisio.
Así como Jesús, el personaje más parecido de la historia por toda su vida y obra a Sócrates, nos resumió todo su mensaje en “Ama al prójimo como a ti mismo”; Socratito nos dijo “sólo sé que no sé nada”, era totalmente conciente de que era el más ignorante, porque estaba lúcido. Y el oráculo de Delfos en su ignorancia lo confirmó como el más sabio.
Detrás de un olvido conciente, de un ignorar; no saber nada, vivir en la incertidumbre y la locura, se esconde una eterna fuente de conocimiento. Es como subir una montaña, mientras más alto escalamos más paisaje se nos asoma por ver y el verdadero explorador encuentra en esta inmensidad un recurso de exploración infinita.
Abrazar al miedo con valentía, saberme ignorante, ése es mi camino para ser menos idiota cada día. Es cuestión de opciones: se puede ser un borrego o un pastor; los borregos tienen todo arreglado, sólo pastan y son sacrificados mientras el pastor vela en medio de los campos de la nada por sus ovejas y es dueño de sus vidas, y de la suya.
No planteo aquí el ideal de un superhombre, planteo la necesidad humana por la locura y la ignorancia. Aquél que nunca lleva un saber tibio, necesita que su búsqueda sea constante, que sea un saber “caliente”.
El saber racionalista es un saber insolente, que tras una aparente calma y pretensión esconde su verdadero testaferro. Aquél que sabe que no sabe adopta con esto una bandera más sublime, la humildad real y pura, el alma desnuda ante el mundo y ante sí mismo. Su sapiencia preponte se trasmutó en aceptación de un destino, en sencillez y nulidad de la soberbia; en locura lúcida. Se replantea un nuevo código moral ajeno a los estatutos de la manada, se goza de la extrema libertad, la verdadera paz de vivir honestamente con uno mismo.
Si bien ahora el arte viene con código de barras, los cds traen tácitamente fecha de caducidad y las instituciones de educación educan a medias; ésto no quiere decir que el arte ha muerto, que ya no hay gente enferma de curiosidad y que el enthusiasmos apesta a cadáver.
En su Hiperión, Hölderlin dice “el arte existe para ayudar a la gente a vivir”, a pesar de todo el racionalismo que le salpique el arte es necesario, la locura, como entusiasmo, es necesaria. No sólo por su aporte estético sino porque el arte es tan vital para existir como el aire.
Busquemos entonces hacer de nuestras vidas una obra de arte, vivir con ese ímpetu tan exquisito de los niños cuando encuentran algo nuevo, olvidar para poder encontrar siempre algo nuevo.
Mientras haya gente dispuesta a vivir con arrojo ante el sufrimiento, locos concientes, locos que ven, discípulos de Hamlet, el arte no morirá. La estupidez se esquiva por quienes saben por donde pisar.
Si el concepto griego del mundo, aparentemente tan sublime y perfecto sucedió en los albores de la humanidad, y la modernidad, posmodernidad y racionalismo son el símbolo inequívoco del ahora. Creo yo que es hora ya de asumir un rol activo, militante ante la estulticia, no es matar al tonto sino tolerarlo en el marco de nuestra empatía ignorante para con su estado.


“La madurez del hombre consiste en volver hallar la seriedad con la que jugaba cuando era un niño”

- Nietzsche -.

Muchas Gracias

David Villarreal

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