“Hay que ser siempre absolutamente moderno”
Rimbaud
Jorge Luis Gómez Rodríguez
( Coordinador de Filosofía
Universidad San Francisco de Quito.)
Junto al anhelo emancipatorio de la Modernidad tardía, la sed de identidad viene a sumarse a un discurso contradictorio el que no deja por ello de constituir un rico horizonte para la explotación artística y creativa en un amplio sentido.
El vacío normativo y valórico que ataca como epidemia a la institucionalidad moderna, ofrece un contexto en litigio, una pugna fundamental, en donde no solo los discursos tradicionales ya no tienen lugar, sino donde se abre un clima de incertidumbre que impulsa la creatividad y la crítica.
Observar este semillero de emancipación y sed de identidad, como lo hace Alain Touraine, nos permitiría prestar atención a aquello que pocas veces parece observarse como verdadero motor no solo de las revoluciones científicas y sociales, sino también como eje de las revoluciones artísticas. En cierta medida, la incertidumbre y contradicción en una época de la historia, al parecer, constituye el motor de la construcción de nuevos significados. Sin embargo, no siempre la decadencia conceptual e institucional de la Modernidad, garantiza, si pudiéramos decir así, la voluntad de crear lo nuevo.
Según la opinión de Alain Touraine, la llamada contradicción interna del discurso de la Modernidad puede observarse en las vías y los impulsos que comprometen los propósitos sociales y artísticos de nuestro tiempo. Junto a la exigencia de un distanciamiento de la tradición y de todo aquello que se identifique con ella, no se deja esperar una sed de ser distintos en abierto combate al mundo en que vivimos. Pero, como ya dijimos, junto a la sed de emancipación, como si fuera poco, se manifiesta una pasión por la identidad que vive y se alimenta de los vacíos y crisis que la propia modernidad no acepta de sí misma, como esa voluntad de hartazgo y acedía que caracterizó a los monjes medievales disidentes. Sin embargo, esta misma pasión por la identidad no siempre es capaz de distanciarse de las estructuras y modelos vigentes, de las propuestas de identidad caídas en el descrédito y la secularización de la razón moderna.
Frente a esta atormentadora visión de la modernidad y sus contradicciones, el rol de los movimientos sociales y el arte parecen estar condenados a deambular como ciegos ante el inevitable cerco. No obstante esta aporía que la crítica filosófica de la modernidad a sabido poner con relativo éxito en el escenario de los cuestionamientos, son pocos los intentos de concebir el drama de la modernidad tardía ( de la que somos espectadores y actores al mismo tiempo) como vías de teatralización de sí misma .
Al menos Peter Sloterdijk en su libro sobre Nietzsche, que lleva el sugestivo título de “El pensador en el escenario”, intenta comprender el problema de lo contemporáneo desde una puesta en escena de lo que él llama “la estructura dramática” de nuestro tiempo. En su libro, Sloterdijk nos hace ver que la posibilidad de asumir la contradicción de la Modernidad no podría estar lejos de un evento entre teatral y representativo , entre judicial y forense del sujeto que se interroga a sí mismo y es capaz de observarse como en un espejo, mediante un “dramático auto esclarecimiento de la existencia”.
Indudablemente que en la propuesta de Sloterdijk hay un duro revés al romanticismo y la ilustración por su incapacidad de auto referencia o mejor, de “auto esclarecimiento”.Tener la valentía de “desnudarse a sí mismo” en la escena del pensamiento y del arte no solo es una tarea perentoria, sino, más aún, es una necesidad interna de un proceso cultural y social que exige, al menos como Modernidad, una síntesis entre voluntad de emancipación y construcción de identidad. Ciertamente que la neurosis resultante de este largo período transicional ( el que bien podríamos llamar “modernidad neurótica”) empuja al arte y a los movimientos sociales a crear de un modo inusual una capacidad de auto afirmación que por un lado, transforme el concepto tradicional y las antiguas y legendarias formas de pensar , como postule, por otro, una identidad asentada en el anverso de la razón instrumental.
La escenificación de sí en los límites de la representación tradicional no deja de ser un proyecto propio de la Modernidad, tanto en la filosofía como en el arte. Los héroes modernos, como el Quijote , Hamlet o Zaratustra, asentados en el modelo de una razón distinta, corresponden como fenómeno transicional a un proyecto emancipatorio e identitario al mismo tiempo, el que conlleva en sí mismo el estigma de lo otro , del otro, como tragedia y desgracia, del otro como enano y superhombre, burgués y proletariado, etc . La voluntad de emancipación se viste de loco o superhombre, se disfraza de aquello que es un postulado de trascendencia, que acrecienta la imagen caduca de una sociedad cansada de sí misma como de sus valores. La ironía y el cinismo, el sarcasmo son instrumentos que la voluntad de identidad, como la fuerza emancipatoria producen en su intento de hacer manifiesta la otra orilla y lo imposible.
Como decíamos, lo medular de la puesta en escena de la Modernidad es esa voluntad de transgresión de lo vigente, mediante eso que Sloterdijk llama el “dramático auto esclarecimiento de la existencia”.Sabias y proféticas parecen ser, a esta luz, las palabras de Schakespeare en su Hamlet, cuando nos propone nada menos que el verdadero manifiesto del arte moderno. El destino del arte moderno no puede ser otro que “la representación de una representación” o la teatralización de la vida moderna como denuncia de sus contenidos, auto referencia de la existencia moderna como espejo de sus contradicciones fundamentales, contradicción de los individuos y de la identidad individual como substratum de la realidad o como garantía de la verdad. Sin duda que todo lo que ocurre en el escenario artístico y dramático de la Modernidad es la introducción del conflicto interior que sufre el sujeto que se busca a sí mismo, pues , al parecer, mientras más se busca a sí mismo, más tiene que luchar contra todas aquellas fuerzas que al interior como al exterior de sí mismo y en la cultura de su tiempo, lo impulsan y amenazan con perder su verdadero camino. Pérdida y reencuentro, emancipación e identidad, huida y retorno parecen enmarcar la tragedia de este héroe transicional como un espejo en el que tarde o temprano se reflejan las luchas sociales y existenciales de autores y de lectores, de actores y espectadores, de escenario y de observador del mismo.
Pero en las palabras de Touraine, éste afirma que junto a la sed de emancipación y distanciamiento de lo tradicional y vigente de la Modernidad, la pulsión del yo como búsqueda no puede evitar al desencuentro , a la pérdida y al fracaso. En cierta medida, la voluntad de emancipación al no tener un norte que la guíe, corre el riego de perderse en la construcción de la identidad. Pero en este dramático itinerario de nuestro tiempo, el héroe no solo alcanza a ser conciente de los impedimentos que dificultan la tarea que se propone. Al mismo tiempo que adquiere cierto grado de maestría con respecto a su capacidad de sobrellevar la búsqueda, se educa inconcientemente en una astucia e inteligencia del error. En este caso, el fenómeno del arte en tanto representa, según Nietzsche, la actividad despierta de la energía mentirosa, creadora, fingidora y mítica, ofrece una posibilidad atrayente a la auto objetivación de una vida que permanece bajo la tragedia de la búsqueda . En este sentido, las palabras de Sloterdijk son elocuentes:
…”aunque para los individuos con profundas heridas y de gran vehemencia no haya posibilidades de aceptarse en una definida figura del ensimismamiento y de tranquilizarse con una máscara determinada, ellos serán, al menos, siempre libres de hacer el esfuerzo de una experiencia estética consigo mismos y decirse: en la medida que pueda expresarme como artista, puedo hacerla pasar por mi verdad----- por mucho que ella también pueda pronto ser olvidada y superada; ya no necesito dudar de aquello que ,al menos, ha surgido del tempestuoso curso tomado por mi auto producción; incluso si fuera verdad que yo, como toda vida individualizada, no soy más que la caída de lo insoportable a lo insoportable------ aquí, en este momento de la caída, yo me soporto a mí mismo lo mejor que puedo, estoy cerca de mí y no tengo que seguir socavando con dudas mi ser real como máscara despierta: FINGO ERGO SUM “.
Como podemos apreciar en esta larga cita que tomamos del texto de Sloterdijk, la propensión a solventar la mascarada de sí mismo al interior de la búsqueda de una identidad definitiva no es ajena a la teatralización del sujeto moderno .El héroe moderno conoce de la mascarada en tanto conoce de la insolvencia de la búsqueda, en el contexto de una razón que, en abierta polémica con las aparentes conquistas instrumentales y tecnológicas de la Modernidad, llega a comprenderse como incapaz de eliminar el error, como lucha y seducción de las apariencias, como aproximación y lujuria de una alteridad tanto más necesaria cuanto más acentuada sea la capacidad de aquello que se resiste al nacimiento del verdadero y definitivo yo. Es claro, por lo que venimos diciendo, que la puesta en escena de la Modernidad nos impulsa a la creación y recreación de nosotros mismos para, en el aparente encuentro definitivo, capacitarnos a una representación siempre distinta como atormentadora .
En este sentido, se trata de poner en el tapete la voluntad de autoafirmación de la razón triunfante a través del arte como intento de solventar la contradicción de la modernidad, pero no como justificación de la razón, sino como justificación del error y el fingimiento.
lunes, 19 de marzo de 2007
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